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domingo, 14 de abril de 2019

ELROSTRO HUMANO DE LA TRAGEDIA Y SUS RESPONSABLES


El incendio de la mina El Bordo

Yuri Herrera

Editorial Periférica, Cáceres, 2018, 113 páginas



   


   Tanto la sinopsis argumental de Periférica como las palabras del autor, Yuri Herrera  (“Este libro es…una reticencia frente a la verdad jurídica que convirtió la historia en un episodio archivado” (página10) insisten en  el hecho de que este relato es una reconstrucción histórica (sin ficción) alguna). El relato que nos ofrece Yuri Herrera (Actopán, México, 1970) está por consiguiente marcado por la irrupción sin cortapisas de la realidad en la narrativa, penetración que, en gran medida, está ampliando el concepto de novela hasta desembocar en la novela-verdad. Hoy, en no pocos sistemas literarios, decir novela no quiere decir exclusivamente ficción. Con la peculiaridad de que Yuri Herrera no fusiona datos reales con ciertas dosis de ficción, y que se adentra y escudriña, a modo de reportaje de investigación lo que realmente pasó el 10 de marzo de 1920 en la mina El Bordo en el estado mexicano de Hidalgo, haciendo una  minuciosa reconstrucción histórica de lo ocurrido.

   El resultado es un relato tan trágico como fascinante en el que un escritor experto y capaz sabe urdir una trama intensa, emplear un lenguaje original, y sobre todo hacer que llegue a la conciencia de los lectores el rostro humano de la tragedia, así como la culpable complicidad de las autoridades y de la prensa servil, plagada de mentiras. El silencio que en ciertas secuencias mantiene de Yuri Herreras no es la ausencia de la historia, sino una historia oculta bajo una forma que es preciso descifrar.

   Este libro tiene ese propósito: desvelas la historia oculta de lo que aconteció en El Bordo y que casi todos los días sigue sucediendo en muchas partes del mundo. Una historia olvidada que Yuri Herrera rescata de las hondonadas de la memoria siguiendo el rastro de los hechos a través del expediente judicial Pachuca 1920-66, notas de periódicos de la época, el expediente administrativo y lo sucedido en las horas, días e incluso años posteriores a la tragedia. Su gran fuente es además la tradición oral emanada de los supervivientes que, en condiciones infrahumanos, resistieron en el interior de la mina, apartados de la historia y obligados a guardar silencio.

   Todo ocurrió el 10 de marzo de 1920 en la mina El Bordo, estado de Hidalgo. Una mina de diez niveles acogía en su seno entre trescientos o cuatrocientos mineros. Se declaró un incendio. Muchos de los mineros pudieron salir al exterior y salvar sus vidas. Seis días después fueron capaces de inspeccionar el sitio y encontraron a ochenta y siete cadáveres y siete supervivientes. La investigación oficial sobre causas y responsabilidades en seguida archivó el caso, relegándolo al olvido. Pero hubo un hecho crucial: los responsables cerraron herméticamente los tiros para que se apagara el incendio y quedara a salvo la infraestructura de la mina.

   Cundo seis días después la volvieron abrir, se encontraron con los cadáveres y siete trabajadores vivos. Las bocas de la mina habían sido tapadas  cuando había gente dirigiéndose a la salida. Frente  a los que pensaron que la Compañía era la responsable de la tragedia, los periodistas enviados descalificaron de inmediato esas sospechas, señalando más bien a los mineros que sentían indiferencia por la vida propia. Eran indios, al fin y al cabo. El papel de la prensa fue bochornosos: defensa de los poderosos, de la Compañía que ofreció a los reporteros un trato exquisito. Algo semejante ocurrió con la actuación de las autoridades judiciales: de inmediato descartaron la idea de que la Compañía podía ser la responsable del incendio.

   Muy dura y real es la versión de Yuri Herrera sobre las mujeres de los mineros: el expediente de la investigación las muestra como seres incompletos, callados, sin voluntad ni fortaleza, seres necesitados de la caridad, muchas de ellas en “amasiato”   En el expediente judicial nunca se pueden leer sus declaraciones. Aparecen siempre traducidas por la voz de los funcionarios del juzgado que “interpreta, recorta, oficializa” (página 51).

   Todo concluyó con el sobreseimiento de la causa pues resultaba imposible determinar el origen del incendio y, por lo tanto, no había habido delito ni nadie imputable.

   Quizás lo más trágico del relato es la secuencia titulada “La fosa”. “La fosa había sido dispuesta aún antes de que hubiera con quienes llenarla” (página 87). Se suprimieron las autopsias. Los muertos no fueron tratados como personas que merecen ser despedidas por sus familiares y  por la gente. Inhumados anónimamente.

   Pasados los días, los panfletos propagandísticos ofrecen una descripción de la mima como espacio de concordia, y enfatiza la generosidad de la administración estadounidense. Para los muertos no hubo monumentos ni placas. Su historia sobrevivió en la memoria oral de las familias. Yuri Herrera concluye su reportaje haciendo constar que es de esa zona y sigue sin saber quién cometió esa infamia; las que les precedieron y siguieron..

   

                                                  
Yuri Herrera

 El autor, en una narración precisa e implacable lo cuestiona todo. Pone en duda las decisiones tomadas y su pertinencia. Todos son interrogantes si resolver. Todo está archivado y el único relato que subsiste en los expedientes judiciales es el de los verdugos, el de los mandamases de la Compañía. El papel de las víctimas es el silencio. Con un estilo que le acerca al periodístico y al reportaje histórico y una prosa seca y sencilla – “prosa huesuda, ritmo vibrante”, Yuri Herrera ofrece una visión completa de todo lo que ocurrió y también de sus causas: la mina tenía gas grisú, accidentes, pero la Compañía que la gestionaba, fue la gran responsable: “una entidad más peligrosa que la propia mina”. Así se fraguó la riqueza imperialista de algunos países y así se sigue fraguando.



Francisco Martínez Bouzas

jueves, 5 de abril de 2018

VIVIR LA MUERTE DESDE DENTRO


Cuatro mendrugos de pan

Magda Hollander-Lafon

Traducción de Laura Salas Rodríguez

Editorial Periférica, Cáceres, 2017, 151 páginas.



    

   Magda Hollander-Lafon (Záhoney, Hungría, 1927) no rozó la muerte, la vivió desde dentro, como escribió Jorge Semprún sobre las experiencias en Büchenwald. En ella, esa experiencia terrible y pavorosa la experimentó a la edad de dieciséis años cuando fue llevada a Auschiwitz-Birkeneau. Hasta el final de la guerra en 1945, su cuerpo y su mente pasarán por otros cuatro campos de exterminio, dentro de la solución final del genocidio de millones de judíos de toda Europa. Pero el instinto de supervivencia la rescató de la muerte, empujándola incluso a cambiar de la fila que iba a la cámara de gas, a otra donde la gente estaba en mejor estado. En cambio, su madre y su hermana, por mucho que rezaron a Dios, se convirtieron en humo y cenizas de las chimeneas de Auschwitz.

   De sus impresiones en los campos de exterminio surge este libro estructurado en dos partes: “Los caminos del tiempo” y “De las tinieblas a la alegría”. El libro recibe su título de una dramática escena que la autora recuerda en todo su realismo: un día, salía del barracón y vio tumbada a una mujer ya casi sin vida. la llamó y, para que siguiera viva y le contara al mundo lo que estaba pasando, le dio unos mendrugos de pan mohoso.

   La obra,  para los editores franceses no es un testimonio sobre el Holocausto, sino una meditación sobre la vida. La autora que no es escritora profesional, sino una superviviente de la muerte, tardó más de treinta años en poder contar sus recuerdos que se concentran, sobre todo, en la primera parte del volumen, publicada en 1997. Ella es la niña húngara que revive después de tres décadas para testimoniar, como tantos otros, la ofensa que se le hizo no solo al pueblo judío, sino a toda la humanidad.

   El libro, como anotan los prologuistas del original francés, pretende que no sea la muerte, a pesar de haberla vivido tan de cerca la autora, quien diga la última palabra, “para que el crimen no mate dos veces a todos los que perdieron allí la vida y no deje prisioneros de una manera mortífera a quienes sobrevivieron”.

   En la gestación de la primera parte, “Los caminos del tiempo”, hay una exploración de la “tinieblas fugitivas” que la autora recupera al salir de un hospital, recobrando la memoria petrificada por el silencio y el miedo. Su contenido son unos breves esbozos e impresiones sobre los campos, los hechos que allí acaecían, la mirada de las víctimas -la de una compañera con los colmillos de un perro hundidos en su carne, o la de otra que muere apaleada-, las humillaciones a las que son sometidas, el hambre y la sed extremas, el abatimiento, el crepitar de las chimeneas que expulsan las cenizas de los que están siendo quemados. Recuerda la partida, junto con su madre y hermana, olisqueando el peligro con los ojos cerrados, el ladrido de hombres y perros que los reciben en Auschwitz. El día a día picando piedras; el cazo de sopa gris y transparente como toda comida; el desplome tras la entrada en el block, al mismo tiempo que la puesta de sol. El apetito insaciable de los piojos, presentes día y noche; la batalla diaria por un pellizco de pan; la cotidiana rutina de correr para demostrar que todavía son aptas para el trabajo; el milagro de unas gotas de agua que unas compañeras le proporcionan y que le salvan la vida.  La crueldad de una antigua deportada ascendida a jefe de block, que insulta, abofetea y reprocha a los ancianos por no morirse y robarle el pan a los jóvenes; los recuentos a golpe de latigazos.

   Y, entre tanta maldad, el gesto de un buen guardián que le frota los pies congelados con un periódico, un gesto que le permite recuperar la creencia en la bondad humana. La usurpación de toda identidad: recuerdos, vestimenta, pelo y dientes si tienen fundas de oro. Y como estos, otras muchas evocaciones que afloran en la memoria de Magda Hollander-Lafon. Pero también múltiples interrogantes que cuestionan el hecho de haber sido las olvidadas de la humanidad. Y finalmente, el regreso a la vida con una maleta agujereada, pero, a falta de ropa, llena de esperanzas, sueños y temores.

   La segunda parte, “De las tinieblas a la alegría”, es un texto meditativo, surgido del reencuentro del gusto por la existencia. Recordando a todas y todos los que entraron en las cámaras de gas, la autora intenta hacer de Auschwitz, no un lugar de la muerte, sino un territorio de apelación al porvenir. Brota la memoria de la infancia, la herida húngara, con el olvido incluso de la lengua materna. El remordimiento que la carcome al regresar viva de los campos de exterminio. “¿Por qué yo sí y los demás no?”. Y la vergüenza de ser una judía sin rostro, no creyente, que no sabe con quién identificarse. ¿En ser menos que nada, como le respondían los nazis?

   El texto de Magda Hollander-Lafon no aparta una nueva visión sobre los campos, ni alcanza la profundidad de los escritos de Primo Levi, Imre Kertész o Danilo Kiš, pero nos entrega, como tantos otros, un nuevo testimonio, extraído de la propia experiencia, sobre la “banalidad del mal”: la muerte de millones de seres humanos y el proceso de deshumanización que el nazismo implantó en los campos. Sus secuencias breves, unas veces narrativas, otras en forma de sentencias o poesías, reflejan la perniciosa lógica de los campos de concentración: el hambre, la violencia de los campos, los robos, los interminables recuentros bajo el sol o el frío, los cuerpos que se derrumbaban agotados. Ella fue testigos de los peores horrores y los relata sin frialdad, pero tampoco sin desgarradoras y exageradas gesticulaciones escriturales.







 
Magda Hollander-Lafon

Fragmentos



“Hay unos robots congelados a cada lado de la puerta, armados con látigos, perros y bastones. Corremos, entumecidas por el miedo. Para aligerar la carrera, para evitar mejor los golpes y los mordiscos, nos deshacemos de los zapatos o los zuecos. Frenar, dar un paso en falso, significa que te enganchen de inmediato con un bastón y te aparten: selección fatal. Las últimas de la larga fila en llegar chocan contra los cuerpos sin vida, tropiezan con obstáculos esparcidos.

Con paso alterado seguimos corriendo más allá del portón, jadeantes, por instinto, con el rostro crispado por el miedo.

Nuestra vida depende de nuestros pies. Están doloridos y agitan nuestras cortas noches. Cada amanecer nos preguntamos si nuestros pies maltrechos, que llevan el peso excesivo de las almas  desnudas, atravesarán un mañana más.”



…..



“En Birkeneau, una moribunda me hizo un gesto: abriendo la mano, que contenía cuatro mendrugos de pan mohoso, me dijo con voz apenas audible: «Coge. Eres joven, debes vivir para dar testimonio de los que ocurre aquí. Debes contarlo para que no vuelva a ocurrir nunca más en el mundo». Cogí los cuatro mendrugos de pan y me los comí delante de ella. En su mirada leí a la vez la bondad y el abandono. Yo era muy joven, me sentí abrumada por el gesto y por la carga que suponía.

Este acontecimiento ha pasado mucho tiempo olvidado.

En 1978, Darquier de Pellepox dijo: «En Auschwitz sólo se gasearon piojos». La perversión de tales palabras me sublevó e hizo que se alzara en mí el recuerdo del gesto de aquella mujer. Volví a ver su rostro. Ya no podía callarme.

Tomar la palabra es un desafío para mí, pero no puedo rehuirlo; obedezco, no a un «deber de memoria», sino a una fidelidad a la memoria de aquellas y aquellos que desaparecieron ante mis ojos.”



…..



“Mi vida se detuvo a los dieciséis años, en plena crisis de la adolescencia, en plena crisis con mis padres. En Auschwitz me separé de mi madre y de mi hermana sin una mirada, sin un gesto y cuando me pregunté sobre su paradero, una kapo polaca me dijo en tono indiferente: «¿Ves la chimenea que arde? Pues ya están todos dentro». Mi vida se detuvo por segunda vez.

Quedé petrificada por el horror de aquella visión, por el remordimiento de no haber podido decirle adiós a los míos, pedirles perdón. Me sumí en una tristeza espesa, en una desesperación sin fondo. Si no hubiese ahogado de inmediato tal desesperanza, creo que habría perdido la razón.”



(Magda Hollader-Lafon, Cuatro mendrugos de pan, páginas 31-32, 75-76, 84)

jueves, 14 de septiembre de 2017

LENIN Y EL DESCLASADO


El enfermero de Lenin
Valentín Roma
Editorial Periférica, Cáceres, 2017, 267 páginas

   La novela, proteica y abierta por naturaleza, es el reino de la libertad tanto de contenido como de forma, como en su día subrayó un reputado estudioso de la narratología, Darío Villanueva, actual director de la Real Academia Española. Valentín Roma (Ripollet, 1970) lo sabía o presentía al delinear la fórmula de su primera novela, El enfermero de Lenin, una pieza narrativa en la que el autor hace uso de múltiples herramientas y de una trama fragmentada que se levanta sobre múltiples imputs, puertas, referencias, imágenes o incluso lagunas como el escritor las llama en alguna ocasión. Mas todo ello alrededor de un núcleo diegético no oculto sino visible. El protagonista y voz narrativa que lo hace en primera persona, nos introduce en su propia historia de trasterrado y desclasado y en la de su padre, obrero e hijo de agricultores inmigrantes desde La Mancha a Cataluña. El padre, tras una operación rutinaria, se volvió loco durante veintiún días, en agosto de 2011. Y en ese estado demente, aseguraba ser Lenin y exigía que, como tal, lo trataran en la clínica de la localidad manchega donde se recupera. Entre otras excentricidades requería que las medicinas que le suministraban llevasen escrito el nombre de Vladímir Ilich Uliánov.
   La novela, una fábula moral, estética y política, relata en el formato de diario las peripecias y circunstancias de la estancia del padre en el centro hospitalario hasta que, en una de las últimas tardes de agosto, recobró la cordura, volvió a ser él mismo y la ofuscación de su cambio identitario desapareció de su mente. Padre e hijo, Lenin y su “enfermero”, llenan con sus historias buena parte del contenido de la novela, y a través de ellos el lector percibe el contraste entre el mundo culto y académico del hijo -al final de la narración el hijo confiesa que acaban de comunicarle que ha ganado una plaza de profesor universitario en Barcelona- y el de los padres inmigrantes poseedores de una cultura rudimentaria (“…parecemos el trofeo del sistema educativo burgués. Sin embargo, aunque no lo decimos, en nuestras casas nadie tiene libros ni bibliotecas familiares, es más, nuestros padres siguen firmando con la misma letra del parvulario”, página 14).
   Los delirios del padre arrastran al hijo al que llama Velodia, diminutivo del niño Lenin antes de su bautizo. Y el hijo, prácticamente prisionero de los pasillos interminables y de la habitación de la clínica, considera su situación como un destierro de verano en el que no obstante reparará la biografía de un ser humano acompañándole durante tres semanas en sus  alucinadas quimeras, aunque no carentes a veces de coherencia. Y algo más: reparación de los errores de la propia ideología de un desclasado. Subsana así mismo el pasado con nuevos diagnósticos y delirios postales con preguntas grotescas a los vecinos del pueblo. Y repara también la utopía revolucionaria cuando el tiempo de las revoluciones parece otro tiempo y de otra gente. Los desvaríos paternos los aprovecha el autor para desacralizar la política y la lucha de clases, reducida por ciertos políticos a eslóganes. Y lo hace al margen de cualquier épica ideológica, contando simplemente una historia.
   Valentín Roma yergue y sustenta la novela alternando capítulos en los que el hijo se encuentra en la clínica y reproduce los ensueños del padre y acontecimientos en los que el progenitor es sujeto pasivo o activo, con otros en los que rescata experiencias del pueblo, una “exhumación del tótem de la melancolía”, las relaciones paterno-filiales, el desclasamiento, teorías políticas, escenas que suceden fuera de la clínica, y momentos puntuales, decisivos algunos, otros anecdóticos de la revolución bolchevique: las migrañas de Lenin que le inspiraron dos de sus obras más lúcidas: Tesis de abril y El Estado y la Revolución, lo que provoca en el narrador este interrogante: ¿qué habría sido de la Historia sin las jaquecas de Lenin?; la reconstrucción del viaje en tren de Lenin junto con su esposa Nadia Krúskaya y una treintena de bolcheviques desde Zurich hasta Petrogrado; el empeño de Vladímir Ilich Uliánov en diseñar desde su lecho hospitalario el organigrama y andamiaje de la revolución. Y otros episodios de la historia bolchevique  como el debate sobre pintura entre Diego Rivera y Varvara Stepánova en la cena de gala en el Palacio de Invierno, el 13 de enero de 1927 con motivo del décimo aniversario de la revolución. O el juicio celebrado por los bolcheviques acusando a Dios de crímenes contra la humanidad; en el fondo un impensado reconocimiento de la existencia divina.
   No faltan en esta novela fragmentada, producto legítimo de la dispersión, analepsis que recuperan episodios de la adolescencia del hijo, curiosas fantasías infantiles como la de estar preso; sus primeros trabajos en los que mostró una “encomiable” y tolerable ineptitud. Referencias así mismo a lo que ocurría en España fuera de la clínica como la celebración de La Jornada Mundial de la Juventud de 2011. Y sobre todo, juicios, teorías y opiniones sobre arte contemporáneo, comentarios sobre música, cine y autores y libros que dotan a la novela de un cierto carácter intertextual en sentido ampliado y una clara tonalidad didáctica.
   Literatura de “hijos de emigrantes” como ha señalado el editor de Periférica, Julián Rodríguez, que no abunda precisamente en la narrativa española; levantada con una arquitectura original, aunque cada día más frecuentada, y un estilo de prosa que, con naturalidad, aborda desde cuestiones filosóficas hasta rutinas hospitalarias, rotas y aderezadas por el humor y los delirios de un loco transitorio.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Valentín Roma


Fragmentos

“Algunas tardes, cuando me libero varias horas de la clínica, paseo con mi prima por las calles ahora asfaltadas de nuestra niñez que suelen desembocar en terrenos baldíos. Las ruinas del capitalismo también han llegado hasta aquí, de modo que vemos viviendas demasiado ambiciosas que nunca se terminaron, cuya estructura parece la osamenta de un animal picoteada por el viento y el calor. Pronto se celebrarán las fiestas de verano y hay señores sacándole brillo a los coches ante las puertas de sus casas. La mayoría viste solo un pantalón, pero en lugar de una azada o una manguera con la que regar sus huertos urbanos tienen entre los dedos un botellín de cerveza.”

…..

“Esto pasa en las novelas y también pasa aquí. Lenin me pidió ir al lavabo porque tiene la barriga revuelta. Se sienta en la taza y tras unos minutos entro y lo veo intentando limpiarse. Cojo la esponja que nos dejan cada mañana y abro sus piernas para ayudar, «qué apuro que tengas que hacer esto», me dice. ¿Cuántas veces tuviste que hacerlo tú, cuando yo era pequeño?, le respondo. Y mira qué bien hiciste de vientre, es la primera vez en mi vida que digo esta expresión suya. «Tengo ganas de irme a casa, Volodia. Tengo muchas ganas de ver a tu madre.»

…..

“Lenin considera que el sistema jerárquico del hospital reproduce, a pequeña escala, las purgas, los vicios y las desigualdades del capitalismo. Dice que los becarios latinoamericanos que hacen prácticas en el mes de agosto son una prueba palpable de hasta dónde pervive, hoy, la explotación colonial.
Respondo que estoy absolutamente de acuerdo y con ello me gano el segundo gesto desdeñoso del día, «el acuerdo es una figura expresiva propia de los discursos totalitarios, la discrepancia es el único procedimiento que el pueblo tiene para automodelarse.»


(Valentín Roma, El enfermero de Lenin, páginas 49-50, 167, 226)

lunes, 5 de octubre de 2015

"EL ARTE DE LA FUGA": LAS HUIDAS DE TRES GRANDES POETAS



El arte de la fuga
Vicente Valero
Editorial Periférica, Cáceres, 2015, 101 páginas.

   La condición de poeta, reconocido no solo por premios, sino sobre todo por la alta calidad de sus destellos líricos, del autor de  El arte de la fuga  es una fiel garantía de acierto, al menos emocional, a la hora de calar en tres momentos, tres fugas de la tríade de poetas formada por San Juan del Cruz, Friedrich Hölderlin y Fernando Pessoa. Tres instantes capaces de marcar nuevos rumbos en las existencias de los tres personajes recreados en los tres textos de Vicente Valero.
   No es la primera vez, ni será la última, en la que la narrativa contemporánea se deleita en convertir  a literatos reales en personajes de ficción. Julian Barnes, Alan Hollinghurst, Jacques-Pierre Amette, Raymond Carver, J. M. Coetzee, y más cercano a nosotros Juan Tallón, entre otros, han tratado como “dramatis personae” a importantes escritores, sobre todo poetas. Un excelente poeta, transformado en esta ocasión en un envidiable y refulgente prosista,  nos ofrece, en páginas breves, tres fugas de la obtusa realidad cotidiana  de tres grandes poetas que, separados por el espacio y el tiempo, comparten, no obstante, “el mismo impulso vital y poético, hacia una plenitud que sólo parece poder alcanzarse en territorios extremos (la muerte, la locura o el desdoblamiento)”, como con gran acierto se escribe en la presentación editorial.
   Vicente Valero, en efecto se interna, a través de un recorrido personalísimo, en tres episodios históricos de otros tantos poetas en los que la mística, sagrada o profana, afloraba con frecuencia en sus versos. Tres episodios en esas difícilmente comunicables antesalas de la fuga, de ese traspasar fronteras (la muerte, el viaje que cambia la vida, el desdoblamiento) que actuaron como experiencias radicales en los tres seres humanos, convertidos brillantemente en personajes de ficción. Con esas huidas, evasiones, desdoblamientos, tres grandes poetas escaparon a su manera de la obtusa realidad monolítica en la que suele convertirse la existencia humana.
   El primer relato bellamente rotulado (“Ven, hermana mía esposa”) tiene como protagonista a San Juan de la Cruz en los días postreros de su vida, cuando corroído por la enfermedad, llega moribundo al convento de Úbeda. Desde la ficción, Vicente Valero reconstruye esos últimos momentos, la humanidad sufriente de Juan de la Cruz, aquel fraile un poco loco y distraído, que se consume entre los estertores de sus carnes podridas, con la oposición del prior del convento que rechazaba que le vinieran con monsergas de milagros y versos. El santo y poeta percibe la muerte y, superando sus dolores con alegría, busca que le guíen por el sendero último de la obscura noche del alma. Porque toda su vida no había sido otra cosa que una celebración anticipada de esta fuga definitiva. El cuerpo de Juan siente la impaciencia de la ceniza que le unirá al Amado. Será el morir en verso de Juan de la Cruz, el triunfo de la amada, reproducido con extremada sensibilidad estilística, por las prosas de Vicente Valero, una prosa luminosa, profundamente evocadora.
   El segundo relato, la segunda huida (”Parece que vivimos en una edad de plomo”) persigue las huellas de Friedrich Hölderlin en sus huida y viaje  a pie desde Burdeos hasta Stuttgart, en un momento crucial de su existencia. Un recorrido de más de mil kilómetros, que tiene su motivación en razones sentimentales: ver de nuevo a su amada Sussete, la mujer casada con la que vivió una apasionada historia amorosa, y que termina en un dramático periplo, sin vuelta atrás, hacia la locura, en la que solamente importa el camino pisado por unos pies que desoyen los dictados de la razón. Una vez más la pasión, eso que también somos, se alza vencedora frente a la razón. Es la fuga del relámpago enamorado en una edad de plomo, cuando lo que se ama no sea quizás más que una sombra.
   Finalmente Vicente Valero fantasea en la última secuencia (“No sé quién soy ni qué alma tengo”) sobre otro momento igualmente crucial de Fernando Pessoa: la larga noche insomne del 8 de marzo de 1914, noche de febril inspiración. El poeta se siente arrebatado por el don de una musa distinta de la suya y percibe cómo se le presenta Alberto Caeiro, que se convertirá para él en el poeta de la experiencia, de la naturaleza, ante el que se siente fascinado. Bajo su inspiración celebra Pessoa la plenitud de la vida, escribiendo sin parar, y como al dictado, varios poemas que poco tenían que ver con sus anteriores versos oscuros y nebulosos (“lector de sombras y mareas”, página 80). Una alucinada autodestrucción de sus ansias metafísicas -el mundo no debía ser pensado, bastaba con mirarlo y estar conforme con él, página 92)-, tras la cual surgen otros heterónimos, seres desmedidos, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, que emergen de forma paralela a los numerosos extravíos en los laberintos interiores del poeta y a un frenesí de días sombríos, desgarros, autodestrucciones, excesos, desasosiegos.
   Tres viajes, tres huidas, tres disociaciones, recogidas en tres breves e iluminadas instantáneas literarias. Tres pequeñas joyas escriturales, tres nuevas delicatesen, prosas fragantes, perfumadas, iluminadas, pero a la vez sencillas, desnudas de colorismos tropicales; preñadas sin embargo de fertilidad léxica y de un estilo de prosa harmonioso, acompasado, que está a la altura de la riqueza interior de los personajes  en cuyos momentos cruciales se cala y que nos adentran en la ilimitada riqueza estética del español. Es el arte de Vicente Valero, un poeta y narrador para grabarlo en las brasas de la memoria y no perder su andadura.

Francisco Martínez Bouzas

Vicente Valero
                                                      
Fragmentos

“No le era extraño el morir, su impulso de fuga y destierro, su abandono y su concierto de nadas, su silencio enamorado. En la mazmorra de Toledo había sentido aquel aire helado en soledad y la poesía brotó entonces como amistad profunda, como lenguaje que, al hundir sur raíces en lo más oscuro, podía ofrecer vida verdadera, la semilla de la luz. ¿Era verdad que ahora se moría? Morir es unirse a lo más claro, transformarse en serena claridad. Todavía hacía calor en Úbeda aquellos primeros días de otoño. El dolor era insoportable, la fiebre aumentaba y no tenía apetito. Los hermanos ya sabían también que Juan se moría y el tono de sus voces se había vuelto compasivo y dulce. Se acercaban a él y lo besaban. Una y otra vez acudían al Cantar de los Cantares, se diría que ya residían en él, que habían puesto su tienda entre aquellos versos mágicos, y el enfermo lo celebraba repitiendo con ellos susurrándolo. En aquel poema antiguo había encontrado Juan, cuando apenas era un adolescente, la fuente verdadera: todo estaba dicho y cantado en aquellas estrofas llenas de amor, de verdades profundas.”

…..

“En aquel andar enardecido y salvaje, ni siquiera sabía ya si Sussete lo había olvidado o continuaba amándolo, ni siquiera sabía si él la amaba aún como la había amado, pues lo que amamos no es más que una sombra, y de esta sombra nadie puede responder, no sabemos qué contiene ni cuál es la razón de su existencia. Hasta llegar a Nevers durmió al raso todos los días y se alimentó de garbanzos crudos y semillas, de hierbas y de flores silvestres, su aspecto era cada vez más el de un mendigo o un borracho del que todos se apartan al cruzarse con él, y ni siquiera se detuvo al pasar por la ciudad, continuó caminando por la misma vía lemosina que había tomado en Périgueux hacía ya casi dos  semanas, descansando aquí y allí, en campo abierto o en recónditos meandros bajo sauces o chopos, en la hiedra sombría…”

…..

“Reparó al principio solamente en las palabras: aquel que tiene las flores no necesita a Dios. Esta vez no se tumbó sobre la cama sino que se sentó en uno de sus lados y se puso a pensar en ellas, mientras bebía de nuevo un trago de aguardiente, y sólo después de haberse repetido varias veces aquel verso, porque ya estaba seguro de que lo era, reparó entonces en la voz que se lo había susurrado y volvió a reírse, como cuando minutos antes le habían venido a la cabeza, tumbado y con los ojos cerrados, aquellos paisajes pastoriles, aunque ahora notaba también, mientras se reía, que estaba un poco nervioso, sin saber el motivo (…)
Continuó sentado a un lado de la cama, con los pies descalzos en el suelo, durante un tiempo más, pensando en las palabras y en la voz, hasta que se levantó y se acercó a la cómoda, donde esperaban siempre sus cuadernos cerrados y otros muchos papeles de la noche anterior, y fue allí mismo entonces cuando, al abrir uno de aquellos cuadernos por una de sus páginas en blanco y tomar al mismo tiempo la pluma con la otra mano, seguramente para anotar aquellas ocho palabras, tuvo una sensación de vértigo o mareo, por un momento se le nubló la vista, y todavía sin haber salido de aquel estado y, por tanto sin poder pensar en nada, allí mismo de pie, se puso a escribir, pero no le salieron aquellas palabras sino estas otras también nuevas: nunca guardé rebaños pero es como si los guardara. Lo que vino después fue un temblor y un chorro inspirado, una combustión, una alegría indecible, una música desconocida, una muy larga noche, en fin, de versos sorprendentes, un saber extraño, ajeno a su temperamento, las palabras fluían de tal modo, con tal necesidad o urgencia, que ni siquiera había tiempo para preguntarse qué era lo que estaba ocurriendo exactamente en aquella habitación…”

(Vicente Valero, El arte de la fuga, páginas 27, 66, 87-88)