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sábado, 12 de enero de 2019

HISTORIA DE DOMINACIÓN Y DE AMORES


Amores
Leonor de Recondo
Traducción de Palmira Feixas
Editorial Minúscula, Barcelona, 2018, 201 páginas

    

   Amores, un título en plural que lo dice todo. Adelanta en buena medida todas las variaciones del amor. Así rotula Leonor de Recondo (París, 1976) su penúltima entrega narrativa, publicada en Francia en el año 2015, y que Editorial Minúscula le ofrece a los lectores españoles en traducción de Palmira Feixas. El título, en efecto, revela sin ambigüedades  ni cortapisas una historia de amores, y a la vez una historia de dominación, de estratificación social, de clases sociales, de amos y servidores, de ricos y pobres. Y de todo lo que se oculta bajo los oropeles y alfombras de los poderosos. Pero es  sobre todo una historia de mujeres: sobre su silencio y sometimiento e los que estaban condenadas a vivir a comienzos del siglo XX. Enfrentando a la señora y a la criada, Leonor de Recondo hace palpable que, encerradas en el espacio de una casa burguesa, sus libertades no se podían medir con el mismo metro. Amores es por eso una novela que hurga y escudriña en las miserias de una familia burguesa, miserias finalmente sublimadas por los amores: no solo por los amores carnales entre mujeres, sino también por el amor maternal: el niño parido por la criada violada repetidamente por el señor de la casa, suscitará el amor de las dos mujeres: señora y criada.
   Un hilo conductor y u tema central: la obligación de ser madres que la sociedad impone a las mujeres a lo largo de los siglos como forma de su realización personal. Y un doble tema fundamental: una historia de amor entre mujeres y la comprensión del cuerpo femenino como requisito imprescindible para la liberación femenina.
   El íncipit de la novela es la violación de la criada Céleste por Anselme de Boisvaillant, un notario en una población de provincias, cercana a París. Todo sucede según las pautas sociales de dominación de la época, en un momento en el que dos mundos, el antiguo del siglo XIX y el nuevo del XX, se enfrentan. En los hogares burgueses conviven señores y sirvientes. Céleste tiene el convencimiento de que ha sido contratada para todo, y por consiguiente que no puede decir no al señor. La criada, en cada violación, se da cuenta de que no hay nada que hacer. Solamente esperar a que pase el tiempo. Anselme está casado con Victoire que cree que el amor a su marido consiste en llevar bien la casa, en retomar las riendas del hogar. Para ella el sexo es un “enredo inmundo” un muro de palabras, de sonidos para postergar la copulación.
   A medida que pasan los días, la vida se hace un lugar en el vientre de Céleste, y Anselme experimenta una satisfacción absoluta por el hecho de que va a ser padre y demostrar así que no es estéril. Además la abortista no logra llevar a buen término su trabajo clandestino. Y el niño nace para que la esposa, que oscila entre la melancolía y la histeria, lo asuma como propio. A partir de ese momento se produce el encuentro de dos cuerpos femeninos. La salud del bebé será el pretexto para que la señora y la criada rindan culto al monoteísmo del amor carnal.
   La novela es un fiel reflejo de toda una época: secretos inconfesables que se repiten generación tras generación, barreras sociales que existen de día pero no de noche: cuando el señor se cruza con la criada, no la saluda; ella no existe. Solamente cobra vida cuando un deseo irreprimible le empuja a subir las escaleras hasta el pequeño cuarto de la criada para agarrarla por el moño y tirar de él hasta que consuma su orgasmo. Porque una empleada de hogar es una mujer a la que se le puede ordenar acostarse con el señor de la casa, o con sus hijos como forma de iniciación en el sexo seguro, sin darle posibilidades a negarse ante tamaño abuso.
   Leonor de Recondo no obvia  algunas escenas de sexo perfectamente descritas: sexo de iniciación, de descubrimiento, de amor y también de sexo impuesto y forzado, de desahogo varonil, sexo en definitiva de poder. En el relato cobran vida otros personajes: la cocinera y ama de llaves y su marido sordomudo. Sus existencias están extrañamente imbricadas, Dependen los unos de los otros, cada cual a su manera. Y sobre todo están atados a su rango social
   La novela, bien estructurada, ofrece una lectura fácil, gracias en buena medida a sus capítulos muy breves. Un lenguaje claro y diáfano, sin complicaciones formales, traslada a los lectores una historia de dominación y de amores, en la que si algo sobra es una cierta tonalidad sentimentalista y un desenlace melodramático.

Francisco Martínez Bouzas


Leonor de Recondo


Fragmentos

“Anselme empuja a Céleste sobre el colchón, siempre con el mismo gesto que la arroja sobre el vientre, con la cabeza hundida en la almohada y el pelo al alcance de su mano. Le sube la falda a toda prisa. Ella no se resiste. Él se agarra al moño, tirándole con fuerza de la cabellera. Luego se coloca, plantado entre sus muslos, y empieza. Las patas de la cama de hierro chirrían. Ni Anselme ni Céleste oyen el quejido de la cama que aguanta el amor forzado. Siempre es laborioso. Y largo. Ella se pregunta por qué esos instantes transcurren tan despacio. Por qué no se desmaya para no sentir nada.
En una ocasión, intentó contárselo a Hueguette en la escalera de servicio. Temblando de pies a cabeza, balbució:
-El señor de Boisvaillant…
Las rodillas empezaron a castañearle. Hueguette lo comprendió enseguida. Le mandó callarse, repitiendo varias veces:
-¡Cállate, cállate, y ni se te ocurra decírselo a la señora.”

…..

“Le tiende la mano. Al levantarse, ella vuelca el pequeño taburete de caoba. Lo recoge con un gesto nervioso. Anselme la mira. Bajo la bata de seda rosa anudada a la cintura, lleva un camisón adornado con encaje y, debajo, una prenda con tirantes cuyo nombre se le escapa. Conoce esas espesuras. No le queda más remedio que lidiar con ellas. Su mujer nunca se desviste por completo. Jamás la ha visto desnuda, jamás la ha tocado entera. Se encoge de hombros. Ira al grano, como siempre. Como el grano se sitúa entre los muslos, que ella solo abre a regañadientes, siempre tiene que forzarla un poco. Y cuando, al fin, en medio de las sábanas, de la seda, del encaje, de las florituras y de la pequeña prenda sin nombre levantada hasta el ombligo, logra entrar en ella, todo sucede muy deprisa. Goza enseguida como si quisiera excusarse por esa intrusión, para que termine el silencio en el que se ha encerrado ella de repente, para que retorne a su reconfortante parloteo.”

…..

“Al penetrar a Céleste, Victoire deja entrar, tras ella, el tiempo, las noches y los días: el cortejo de la eternidad.
Las dos mujeres se zambullen la una en la otra, maravilladas de amar. Ese lazo que ahora une sus cuerpos rompe en un instante el tabú de su amor y de las convenciones sociales. Todas esas consideraciones inútiles que, cuando están desnudas, se quedan cosidas a la ropa.
A Victoire le turba la suavidad de Céleste. Una suavidad húmeda en la que puede entrar y salir a su antojo.
-Jamás había tocado ni visto nada tan suave…Te amo, Céleste.
Al declararse, todo el cuerpo de Victoire tiembla, como si esa verdad la hubiera fulminado. El amor está allí, aquí, con ellas.
Y la belleza de esas palabras, susurradas al abrigo del sueño e la casa burguesa, insufla a Céleste la audacia de erguirse, de mover delicadamente a Victoire y de sumergir la boca en el sexo de la otra hasta colmar su sed, hasta oírla gritar de placer.”

(Leonor de Recondo, Amores, páginas 11, 36,115)

miércoles, 7 de marzo de 2018

EL ESPÍRITU DE LA COLMENA



El apicultor de Bonaparte

José Luis de Juan

Editorial Minúscula, Barcelona, 2017, 161 páginas.



    

   El hecho de que esta novela reviva después de más de veinte años desde su primera edición en el sello Bitzoc, es una prueba de su calidad. Y si además lo hace con un trabajo de revisión, de pulido del estilo, con la mejora del desenlace, no cabe duda de que nos hallamos ante una buena novela breve, que ya en su día ganó el Premio Juan March Cencillo; y que por consiguiente merece ser leída para poder disfrutar de una trama que mezcla hábilmente historia y ficción y que estilísticamente provoca una lectura que deleita y permite comprobar todas las potencialidades de la lengua, a la vez que, por su sutil calidad, nos empuja a seguir leyendo.

   Bonaparte acaba de llegar a Elba tras la abdicación de Fontainebleau. Renuncia todo, excepto al título de emperador. Sus dominios se reducen a la isla de Elba, de los que toma posesión, inspecciona, “se concentró en el reinado de la isla con la misma entrega y minuciosidad que cuando tenía sesenta millones de súbitos” (página 34). Hace reparar puentes, reglamenta la limpieza de las calles y nombra guardianes que alejen a las cabras de las fincas rústicas. Y sobre todo se interesa por la miel, por la industria apícola de Elba.

   Andrea Pasolini es un agricultor ilustrado de la isla, con un destino ligado a las abejas. Instruido en latín, griego y francés por el párroco, el padre Anselmo, también desterrado en Elba debido a su desmedido afán de conocimientos y de acción. Escribe observaciones, con frecuencia en frases enigmáticas, sobre lo que le acontece a él y a sus abejas. También es conocedor de la relación secreta que Bonaparte tiene con las abejas desde que leyó la crónica de la batalla de Marengo que Napoleón había planeado observando un enjambre de abejas. El emperador le va a visitar, ya que ambos están obsesionados por la común afición por el  mundo de las abejas, hasta el punto de que Pasolini, en un debate con el padre Anselmo, también bonapartista, llega a manifestar que si alguien o algo puede convencer a Napoleón para hacer resurgir la idea imperial de Roma son las abejas.

   Bonaparte visita finalmente la granja del apicultor, pero Pasolini se ha embarcado rumbo a Esmirna o Cochín, donde quiere empezar una nueva vida. Deserta así de ser el peón que le había de mostrar al emperador de Elba un nuevo camino. Sin embargo, en una carta le aconseja unificar Italia tomando como modelo el espíritu de la colmena. Y a continuación, Europa. Huir de la ciudad perfecta para fundar otra como hacen ciertas reinas que abandonan la tranquilidad de la colmena para crear nuevos enjambres.

   En la novela no hay más argumento, pero la narración avanza en varios frentes, con dos protagonistas principales y otro secundario, el padre Anselmo en sus conversaciones con Pasolini y con el obispo que le destierra a Elba. Lo que verdaderamente importa son los sueños de ambos personajes, Bonaparte y Pasolini, incluso sus autoacusaciones. Late también en la novela el deseo de ser otro, la posibilidad de que un personaje habite en el otro. El apicultor desearía ser Bonaparte para conocerse a sí mismo y comprender aspectos de la personalidad del emperador que jamás había entendido.

   Mas si algo es nuclear en este libro es el mundo de las abejas, el espíritu de la colmena, la disciplinada organización de las abejas, su sacrificio hasta la muerte para defender el bien común. Y especialmente la influencia de las abejas en las victorias napoleónicas, un hecho incuestionable para Pasolini.

   Descripciones de espacios como la del caserío donde vive Pasolini, que son a la vez relación de los instintos y pulsiones humanas, en este caso de la turbia relación entre vecinos; epístolas en las que el apicultor desnuda sus intereses; imágenes muy sugestivas: el emperador se masturba estimulado por la redondez y curvaturas de la luna y su semen cae “sobre las hojas de un filodendro, cuyos agujeros semejan las cuencas vacías de unos ojos sorprendidos” (página 61). Una prosa a la vez lujosa y contenida que envolverá a aquellos lectores que gustan al menos tanto de la forma escritural como de la trama argumental.






                                                  
José Luis de Juan


Fragmentos



“Mañana desearía ser vos cuando encontrareis a ese apicultor al que habéis anunciado vuestra visita como si firmarais una ejecución. Ese apicultor soy yo. Pasado mañana porque reflexionaría sobre el día anterior, llegando a alguna conclusión y por tanto determinación. Siendo vos podría verme a mí mismo como vos me vierais, es decir, un apicultor de Elba que en apariencia (no sin duda alguna) es ferviente bonapartista, ya que de lo contrario ¿habría escrito al emperador interesándose por sus abejas? Es cierto que os escribí hace quince años y que desde entonces han pasado ciertas cosas en nuestras vidas, quizá nada de veras crucial, ya que sabemos que los isleños son conservadores. Siendo vos podría saber rasgos de mí que me pasan desapercibidos y que sin duda conforman mi ser. Al mismo tiempo comprendería aspectos de vos que nunca nadie ha comprendido. Pero esto me interesa menos.

Siendo vos en vuestra visita a mí mismo, yo ya no sería ese apicultor a quien ibais a visitar para aquietar el tedio de un día de agosto, quizá picado por una ligera curiosidad. Es decir, sería otro apicultor, tal vez uno de verdad, orgulloso de su oficio, razonablemente satisfecho de su vida, ignorante y primitivo. Pues, tal como lo veo, siendo vos algún otro tendría que hacer de mi.”



…..



“Bonaparte pasea por el patio interior del Palazzino. Acaba de masturbarse mirando la estimulante redondez de la luna, de pie con las piernas separadas, en el centro del patio ajardinado. Así cree domeñar sus insomnios, y a veces lo consigue. El semen ha caído sobre las hojas de un filodendro, cuyos agujeros semejan las cuencas vacías de unos ojos sorprendidos. Desde arriba, en lo alto del antiguo molino, un centinela le ha visto hacerlo.

Dos abejas confundidas por el claror de la luna revolotean en torno a un rosal de flores blancas. Bonaparte, sin saber por qué, evoca de pronto la frustración que lo embargó tras la derrota de San Juan de Arce. Si hubiera tomado esa plaza de Israel a los turcos, si ese tramposo de Smith no hubiese llegado a tiempo para socorrerlos, él habría podido cambiar la faz de  Oriente, habría llevado la revolución a las Indias. Si…”



(José Luis de Juan, El apicultor de Bonaparte, páginas 50-51, 61-62)

sábado, 2 de diciembre de 2017

"QUEMADURAS": BARRERAS QUE ENJAULAN UNA VIDA

Quemaduras
Dolores  Prato
Traducción de César Palma
Posfacio de Elena Frontaloni
Editorial Minúscula, Barcelona, 2017, 71 páginas.

   

   Dolores Prato (Roma 1892-Anzio 1983) es una extraña figura literaria que atraviesa buena parte del siglo XX, porque en su existencia no hizo otra cosa que escribir, acumulando originales que jamás vio publicados. Antes de su fallecimiento pudo dar a la imprenta Quemaduras que obtuvo el premio Stradanova de Venecia, pero no halló editor. La escritora lo publicó en autoedición  en el año 1967, asumiendo todos los gastos. Es a partir de  entonces cuando Dolores Prato encuentra su verdadera vocación como escritora: escritos autobiográficos extraídos de sus notas, breves fragmentos escritos en primera persona en los que amalgama descripciones, reflexiones y narraciones en un estilo a la vez sencillo y furioso, como hace notar en el posfacio Elena Frontaloni.
   Dolores Prato había proyectado escribir y publicar cinco volúmenes, pero solamente logró componer dos: el ya mencionado Scottature (Quemaduras) y Sagiocondo (1963). Su libro más conocido Giù la Piazza non c’è nessuno, una larga narración autobiográfica, vio la luz en 1980 en Einaudi en un versión mutilada por Natalia Ginzburg con la que la autora nuca estuvo de acuerdo.
   Las circunstancias del nacimiento, infancia y adolescencia de la escritora condicionaron toda su vida y el contenido de este relato: hija de padre desconocido, su madre viuda con cinco hijos a su cargo la cedió a dos familiares ancianos que vivían en Treia, una pequeña población de la provincia de Macerata, donde Dolores pasa toda su infancia y la adolescencia. Primero con los familiares (el párroco del pueblo y su hermana soltera) y posteriormente en el convento salesiano de Santa Chiara dirigido por monjas de clausura.
   Quemaduras es pues un relato autobiográfico en el que Dolores Prato sabe conjugar acertadamente la realidad con la ficción. Por no tener una verdadera familia se considera una especie de tierra de nadie. A un lado, un viejo tío cura que se trasladó a vivir a Argentina; al otro las monjas del convento de Treia que actuaban con relación a la adolescente como con una especie de derecho adquirido, por el uso que habían hecho de ella.
   En el relato, Dolores Prato habla del dolor que siente por no haber sido reconocida por sus padres biológicos; del tiempo transcurrido en la casa del tío sacerdote, de la partida de este para América, un alejamiento cargado de promesas que nunca se cumplieron y cuyo único es un anillo; de la vida en el convento en el que le vetaban el surgimiento de nuevos sueños excepto el de “una sublime renuncia”, y donde constantemente la previenen contra los peligros mortales del mundo, la quemaduras que el mundo provocaba a quien intimaba con él; de la propuesta del tío para que viaje a América y se case con un candidato que él mismo le había buscado, a lo que se oponen las monjas excepto la más anciana. El miedo a la culpa le impide irse. Se sentía atada al convento, considera que debe quedarse para pagar por la educación y la comida, la caridad que el convento había invertido en ella. Pero le permitirán ir a la universidad porque las monjas piensan que retornará al convento con un título universitario muy útil. La alegre ilusión que le produce descubrir el mar que, sin embargo, la quema; las dificultades en su relación con las otras chicas del internado que la pretenden rescatar y, en todo caso, esperarla en el camino de Damasco. La participación, poco menos que forzada, en los misterios conventuales, herméticamente cerrados. Hasta que finalmente se libera de la clausura monjil y simultáneamente de la clausura que se había impuesto a si misma.
   Un relato tan breve como intenso en el que Dolores Prato nos permite visualizar las fotografías que retratan parte de su pasado y del tránsito de una inconsciencia dolorosa a un estado de conciencia igualmente doloroso pero libre. Y, a través de esos fotogramas, una reflexión sobre aquello que nos retiene o nos ata, metaforizado  en la cadena que impide volar a sus anchas a la lechuza del tío cura.
   Los principales ingredientes de este relato autobiográfico son la  reacción  de una joven que se niega  a dejarse enjaular por las reglas de un convento; el descubrimiento del mundo de afuera, a veces amargo y doloroso, pero siempre rebosante de vida; y en definitiva,  la búsqueda de la libertad plena. Todo ello delineado con una escritura ágil, repleta de lirismo que brota desde dentro, desde la verdad que habita en la escritora que es a la vez su propio personaje.





Dolores Prato


Fragmentos

“¡No, no podía irme!
Estaba atada a la alcándara, como la lechuza de mi tío. En el convento me habían dado de comer, como mi tío a la lechuza, pero yo, para demostrar mi gratitud, no podía hacer reverencias como ella; lo único que podía hacer era quedarme, porque eso era lo que se esperaba de mí.
Solo era parcialmente deudora de la educación y de la comida; pero, de todos modos, tenía que pagar.
Siempre había intuido que mi tío no se acordaba de mandar con regularidad el dinero de la pensión. ¿De qué? De todo: de los libros escolares, que siempre me tocaban ajados; de la suerte en las rifas, donde siempre me caían bagatelas, mientras que a las otras les correspondían objetos que me acostumbré a considerar prohibidos para mí. ¡No, no! No podía marcharme; primero tenía que pagar.”

…..

“Pero yo había comprendido únicamente que Dios era mi acreedor, no las monjas. (Aún no sabía que el titular de las letras de cambio religiosas también era Él, pero que ellas, para cobrarlas, las endosaban a su propio nombre.) Así pues, si Dios era mi acreedor, podía suspender en el acto el pago, pues tenía con Él la confianza que me faltaba con sus criaturas humanas. No tuve miedo de la testarudez ni de los celos que le atribuía la superiora, sino que más bien me gustó la relación que esa cuenta pendiente creaba entre Él y yo.
Si renunciaba a América ganaría tiempo con las monjas, pero iría a la universidad.”

…..

“En el mundo estudiantil había un pequeño mundo femenino, cerrado y abierto como una iglesia: cerrado a las ideas, abierto a las personas. Todas sus integrantes tenían vocación apostólica y predicaban, refutaban, alardeaban de estigmas y de fe, decían que su mayor deseo era el martirio.
El grupo reparó en mí y me cercó. Por la calle, dejarme en medio, unas cuantas aun lado, otras tantas al otro, era una de sus misiones; decían que era un pájaro de reclamo, al que había que rescatar y volver inocuo.”


(Dolores Prato, Quemaduras, páginas 16-17, 20-21, 29-30)

miércoles, 1 de noviembre de 2017

REVIVIENDO EL SILENCIO DE LOS LABIOS MUERTOS

Te me moriste
José Luís Peixoto
Traducción de Antonio Sáez Delgado,
Editorial Minúscla,Barcelona, 2017, 57 páginas.

   
   Morreste-me (año 2000) fue la primera incursión en la narrativa de José Luís Peixoto (Galveais, Portugal, 1974), uno de los escritores actuales más reconocidos e interesantes de Portugal. Con numerosas ediciones en lengua portuguesa y traducido a otros idiomas, el español entre ellas. Vuelve a ser reeditado este año por Editorial Minúscula en esa colección Micra, en la que la editora barcelonesa nos está ofreciendo breves pero brillantes joyas literarias. José Luís Peixoto tardó un año en escribir un libro de apenas 57 páginas, en la edición de Minúscula y él mismo lo publicó por primera vez en edición de autor ya que Morreste-me iba a ser su primer libro. Sin embargo, ese mismo año publicó su primera novela, Nadie nos mira que se hizo con el Premio José Saramago.
   Te me moriste es un texto plurigenérico, un libro que “vive en la orilla de los géneros” como reconoce su traductor, Antonio Sáez Delgado. En sus páginas se dan cita narración, autobiografía y poesía. Un poema en prosa escrito con una carga de profundidad tan fuerte y sentida que hipnotiza al lector. Su escritura se originó en una experiencia a la vez dolorosa y transformadora: la muerte del padre. Y esa experiencia de la muerte del ser querido contamina el resto de la obra de José Luís Peixoto, en la que siempre está presente esa certeza: saber que un día moriremos. La muerte, un tema tabú en las sociedades actuales, aunque es ella no solo la que marca el tiempo, sino la que le da sentido a la vida.
   Te me moriste es un libro vivencial, que reproduce las difíciles vivencias que se suceden en el período de duelo por la muerte del ser amado. Por consiguiente, en sus páginas, no se juega con la ficción. Fue algo que aconteció, algo real. El relato de la muerte del padre, el relato del duelo y a la vez un homenaje a su figura; rescatar la figura paterna a través de la memoria.
   En apenas 57 páginas, el hijo describe la tragedia vital del progenitor que muere. La agonía paterna en una habitación cualquiera de un hospital, respirando sofocado. Y sin poderlo evitar, surgen los recuerdos de la infancia cuando el padre le entrenaba en la vida adulta. Rememora al padre sentado en la mesa, la felicidad familiar humilde y sencilla. El padre que lo construyó y edificó esperanzas en todo lo que tocaba. Pero ahora el padre ha entrado en la muerte y ya no puede volver para protegerlo. Y el hijo siente el dolor insular, a la vez que recuerda el rostro paterno alejado ya para siempre, en el país que habita. Lo busca en los rincones de la noche, inútilmente porque en la noche solo halla la negrura de la ausencia, en la casa helada, en el silencio y en la penumbra, donde crecen los recuerdos y los fantasmas. La figura del cuerpo paterno, frío, sin aliento, reviviendo el silencio de los labios muertos.
   Y en las páginas finales, la promesa hecha al padre desaparecido de que será fuerte, de que el tiempo y la vida serán de nuevo vida porque el padre ha quedado entero en todo el ser y en la existencia del hijo.
   José Luís Peixoto hace rezumar en su prosa todo el dolor del duelo, el sentimiento privado de la muerte. Todo ello, en una escritura estremecedora e intensamente íntima, sin caer, no obstante, en vanos artificios, en afectaciones y sentimentalismos.
   Canto de pérdida y de dolor en prosas penetrantes, prosas elegíacas, con el tema de dolor por la muerte del ser querido, articuladas por distintos tonos: apelativo, dramático, exclamativo. No está ausente así mismo una cierta tonalidad panegírica, cimentada no en las grandes heroicidades, sino en la vida sencilla del padre que enseña los caminos de la vida al hijo: conducir la camioneta, regar las plantas sedientas de la huerta familiar…
   Descripciones intensas pero muy breves y punzantes del pasado feliz que ya no retorna, del acompañamiento  a alguien querido que muere cada día en un hospital, provocando sin pretenderlo que la familia sangre por dentro. Esa sangre dolorosa fructificará al poco tiempo en estas prosas de culto, capaces de expresar en palabras sentimientos que se vuelven difíciles de verbalizar.


 
José Luís Peixoto

Fragmentos

“Hoy he regresado a esta tierra ahora cruel. Nuestra tierra, padre. Y todo como si continuase. Ante mí, las calles barridas, el sol ennegrecido de luz limpiando las casas, blanqueando la cal; y el tiempo entristecido, el tiempo parado, el tiempo entristecido y mucho más triste que cuando tus ojos, claros de niebla y marejada lejana fresca, devoraban esta luz ahora cruel, cuando tus ojos hablaban alto y el mundo no quería ser más que existir. Y, sin embargo, todo como si continuase. El silencio fluvial, la vida cruel por ser vida. Como en el hospital. Decía nunca te olvidaré, y hoy lo recuerdo. Rostros que se vuelven desconocidos, desfigurados en mi certeza de perderte, en mi desesperación, desesperación. Como en el hospital. No creo que puedas haberlo olvidado. Mientras esperaba a mi madre y mi hermana, las personas pasaban ante mí como si el dolor que me llenaba no fuese oceánico y no las abarcase también.”

…..

“Desde la habitación, el olor oscuro, podrido de la enfermedad. El olor que aún hoy he sentido en la habitación abandonada sola. He abierto los cajones de la cómoda, te he buscado, he abierto las puertas del armario. He tocado las ropas que no te vas aponer más y que te ponías, que recuerdo en tu pecho de carne, en tus brazos fuertes, en las piernas blancas, delgadas que enseñabas en la playa y con las que bromeábamos por ser tan delgadas y blancas, por ser piernas de hombre que nunca habían tomado el sol. He visto las corbatas de colores que te ponías antes de que yo naciera o que te pusiste cuando fuiste  a verme a la maternidad, contento, tan contento como me cuenta la gente, hablándome con tu voz tierna de hablar a los niños, haciéndome suavemente caricias con tus manos gastadas por lo incansable de construir, trabajar por nosotros. Y me he puesto tu ropa.”

…..

“¿Dónde estás, padre, que me has dejado solo gritando, dónde estás? En la angustia, necesito oírte, necesito que me tiendas la mano. Y nunca más, nunca más. Padre. Duerme, mi niño, que has sido tanto. Y se me clava en el pecho no poderte oír, ver, tocar nunca más. Padre, donde estés, duerme ahora. Niño. Eras un poco mucho de mí. Descansa, padre. Ha quedado tu sonrisa en lo que no olvido, te has quedado entero en mí. Padre. Nunca te olvidaré.”


(José Luís Peixoto, Te me moriste, páginas 9-10, 36-37, 56-57)

martes, 26 de septiembre de 2017

DOS NUEVAS JOYAS LITERARIAS DE EDITORIAL MINÚSCULA

La barcelonesa Editorial Minúscula nació hace dieciocho años, en 1999, aunque su primera publicación apareció en el año 2000.Minúscula es uno de los sellos editoriales independientes que han enriquecido el escenario cultural frente a la voracidad de los megagrupos, a las tiranías del ultracapitalismo también en el negocio de los libros. Creada y dirigida por Valeria Bergalli, inició su catálogo centrándose en la literatura del siglo XX, especialmente en la narrativa de tradición germánica e italiana. Y con el firme propósito de editar determinados libros con pasión, entusiasmo y curiosidad intelectual.
   Los primeros autores editados por Minúscula fueron Marisa Madieri, Josph Roth, Klaus Mann e Irmgard Keun. Formaron parte de un catálogo que se irá ampliando, con el paso de los años, con libros de otros ambientes geográficos y temporales. Verde agua de Marisa Madieri, con posfacio de Claudio Magris, explicita el interés de esta editorial independiente por el imaginario urbano y el imaginario cultural de los espacios, la cuestión de la identidad, el papel de la frontera, el exilio o el peso de la infancia.
   Tiene el mérito Valeria Bergalli de dar a conocer la faceta como cronista de Joseph Roth, puesto que en España solamente era conocido como autor de novelas. Además en Minúscula hay voluntad de no diferenciar entre géneros, entre novela, ensayo y periodismo, lo cual casa perfectamente con el momento de la narrativa actual en la que la novela se está haciendo cada vez más autoficcional, más digresiva y ensayística.
   Son seis las colecciones de Minúscula: “Alexanderplatz”, “Paisajes narrados”, “Con vuelta de hoja”, “Tour de forcé”, “Microclimes” (libros en catalán” y “Micra”. Es mi interés resaltar el acierto de esta última, una colección en la que Minúscula edita textos breves pero muy singulares; y en la que han visto luz pequeñas joyas narrativas como Jugaban con sapientes de Francisco Solano, Casa ajena de Silvio D’Arzo, El libro de los bolsillos de Gonzalo Maeir u Obra muerta de José Luis de Juan. Las últimas incorporaciones al catálogo de “Micra” son Te me moriste del escritor portugués José Luís Peixoto y Quemaduras de Dolores Prato. Sobre ellos y con una propósito meramente informativo adelanto las respectivas presentaciones editoriales, con la intención de volver, en los próximos días o semanas, con mi valoración personal.

Francisco Martínez Bouzas



Te me moriste
José Luís Peixoto
Traducción de Antonio Sáez Delgado
Editorial Minúscula, Barcelona, 2017, 57 páginas.

El libro:

«Hoy he regresado a esta tierra ahora cruel. Nuestra tierra, padre. Y todo como si continuase. Ante mí, las calles barridas, el sol ennegrecido de luz limpiando las casas, blanqueando la cal; y el tiempo entristecido, el tiempo parado, el tiempo entristecido y mucho más triste que cuando tus ojos, claros de niebla y marejada lejana fresca, devoraban esta luz ahora cruel, cuando tus ojos hablaban alto y el mundo no quería ser más que existir. Y, sin embargo, todo como si continuase. El silencio fluvial, la vida cruel por ser vida. Como en el hospital. Decía nunca te olvidaré, y hoy lo recuerdo.» Un libro extraordinario de uno de los escritores actuales más sobresalientes.

El autor:

José Luís Peixoto (Galveias, Portugal, 1974) es uno de los escritores portugueses más destacados. Su obra, que incluye tanto narrativa como poesía, ha sido traducida a más de veinte idiomas. Distinguido con numerosos premios, como el Prémio Oceanos, el Premio Libro de Europa, el Prémio da Sociedade Portuguesa de Autores y el Prémio Literario José Saramago, sus libros han sido finalistas a distintos galardones internacionales como el Femina y el Impac Dublin. En castellano han aparecido, además de Te me moriste, Nadie nos mira, Una casa en la oscuridad, Cementerio de pianos, Libro, Dentro del secreto, Galveias y En tu vientre.



Quemaduras
Dolores Prato
Traducción de César Palma
Posfaccio de Elena Frontaloni
Editorial Minúscula, Barcelona, 2017, 71 páginas.

El libro:

«Con frecuencia se mencionaban ciertas “quemaduras” [...] que el “mundo” solía causar a quien intimaba más de la cuenta con él. [...] No sé por qué, pero cuando se hablaba de las quemaduras, las miradas y las voces solían dirigirse más a mí, como si una inteligente e iluminada previsión avisara que yo estaba más expuesta que las otras a esos percances.» Intenso y deslumbrante, Quemaduras condensa el riquísimo universo poético de Dolores Prato, una escritora cuyo material primigenio fue siempre autobiográfico. Este relato no exento de ironía sobre una adolescencia pasada entre los muros de un colegio de monjas nos conduce, gracias a la poderosa mirada de Prato, a tiempos pasados en los que personas y objetos adquieren una impresionante densidad mítica.

La autora:


Dolores Prato (Roma 1892-Anzio 1983) creció en Treia, en la región italiana de las Marcas. Aquí residió hasta 1912, instruida primero por sus tíos, a quienes su madre la había confiado, y luego por las monjas salesianas. En 1918 obtuvo en Roma el título de magisterio; opuesta al fascismo, hasta 1927 enseñó letras en la escuela pública y posteriormente dio clases particulares. Una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, colabora con diferentes publicaciones, como Paese Sera, y publica dos libros,Sangiocondo (1963) y Quemaduras (1967), ambos autoeditados. En 1980, la editorial Einaudi publica una versión parcial (que ella consideraba amputada) de la novela Giù la piazza non c’è nessuno; la edición íntegra no apareció hasta 1997.