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martes, 23 de octubre de 2018

LAS AMANTES BOREALES


Las amantes boreales

Irene Gracia

Ediciones Siruela, Nuevos Tiempos, Madrid, 2018, 268 páginas.

(Avance editorial)



La autora:

  

   Irene Gracia (Madrid, 1956) cursó estudios de pintura y escultura en la facultad de Bellas Artes de Barcelona. Ha publicado las novelas Fiebre para siempre (premio Ojo Crítico 1994), Hijas de la noche en llamas (1999), Mordake o la condición infame (2001) y El coleccionista de almas perdidas (Siruela, 2006, finalista del premio de novela Fundación J. M. Lara a la mejor novela publicada en ese año). Es también autora de varios cuentos, aparecidos en diferentes antologías, y de una abundante obra pictórica.

   «Irene Gracia es nuestra escritora más secreta. Son extraños esos seres heridos y lunáticos que pueblan sus obras, siempre llenos de una oscura y melancólica belleza. Esas muñecas que fingen ser humanas, esas bellas ahogadas, esos ángeles perdidos, esas muchachas que pierden su voz... La lectura de sus novelas es como visitar aquellos prados de la verdad de los que hablaban los griegos” .
GUSTAVO MARTÍN GARZO, El Mundo



Sinopsis:



Las amantes boreales es la historia de la amistad profunda y abismal de Roxana y Fedora, dos jóvenes de la alta burguesía de San Petersburgo, durante el periodo más convulso y definitivo de la Rusia de la Revolución de Octubre. Tras ser expulsadas de la Escuela Imperial de Danza, ambas ingresan en Palastnovo, un internado con doble fondo y doble moral, situado en una remota isla del lago Ladoga.
Sus voces, a la manera de un concierto contrapunteado, irán llegando hasta el lector como una serie de relatos que se oponen y se complementan, y cuya tensión lírica y existencial acaba convirtiendo el texto en una sutil indagación sobre las fronteras difusas del amor, la intimidad, el aprendizaje y las trampas que a menudo se ocultan tras aquello que hemos dado en llamar destino.

   Un texto con tintes góticos sobre el amor, la intimidad, el aprendizaje, los abusos y las trampas que se ocultan en aquello que llamamos destino.” (Presentación editorial)




Irene Gracia


Fragmento


Lobas de Ladoga



“En las noches blancas no puedes huir aunque lo desees- En esas noches sin noche solo los infieles miran los relojes para convencerse de que pasa el tiempo, ignorando que el tiempo se detiene, que solo transcurre en su mente y en el vientre del reloj, mientras el cielo permanece fiel a su contrato con la eternidad, emitiendo siempre luz irreal que puede volverse loca.

Fedora y yo éramos la loba roja y la loba negra., y ya nos habían condenado a vivir una vida al margen de la vida y sufrir en noches ajenas a la noche. Nuestro viaje a la otredad estaba punto de comenzar y nuestra suerte estaba echada desde que nos expulsaron de la Escuela Imperial de Ballet. Y ahora íbamos abandonar San Petersburgo como dos delincuentes.

Mi padre se pasó su afilada mano derecha bajo la cabeza haciendo el ademán de segarse el cuello, indicando que mi partida y la de mi amiga eran la única salida a nuestros delitos y que en San Petersburgo nos aguardaba algo peor que la guillotina. ¿Lo decía por la guerra? No parecía que a ellos la guerra les importase demasiado. Muy al contrario, la veían como una solución a las revueltas que habían convertido la ciudad en un auténtico polvorín. En realidad, lo único que querían mis progenitores y los de Fedora era liberarse de nuestra presencia, así que organizaron nuestra marcha con precipitada perfección, como de costumbre.”



(Irene Gracia, Las amantes boreales, páginas 13-14)

sábado, 13 de octubre de 2018

¿MONOS POR PARTE DE PADRE O DE MADRE?


Hijos de Darwin
Dario Fo
Traducción de Carlos Gumpert
Ediciones Siruela, Madrid, 2018, 98 páginas.

   

    Dario Fo (1916-2016), Premio Nobel en 1997 por haber defendido la dignidad de los oprimidos y emular a los bufones medievales en sus numerosas sátiras políticas en las que arremete contra el poder político, la mafia, el Vaticano, extendió su actividad en los últimos años de su vida al género de la narrativa con base histórica. En 2014 publicaba su primera novela, Lucrecia Borgia, la hija del Papa, a la que siguieron Hay un rey loco en Dinamarca, La reina Cristina de Suecia y El campeón prohibido. Y hace dos años, Darwin. Ma siamo sciummie da parte di padre o di madre?, traducido y editado por Ediciones Siruela.
   El libro es una aproximación a la figura de Darwin, a sus viajes, a la persona y al personaje que se propuso descifrar de dónde venimos, por qué somos como somos, cómo está hecho el mundo. Todo ello como respuesta más sencilla y didáctica que científica, aunque nunca de espaldas a la ciencia, a aquellos que aún en nuestros días siguen defendiendo las teorías creacionistas.
   Un libro de divulgación científica, una biografía muy personal del naturalista, repleta de vivencias personales, escritos y episodios biográficos de Darwin, en el que Dario Fo admiraba sobre todo la curiosidad. Teorías y fantasía, modulado todo con grandes dosis de humor. Por eso mismo, más que semblanza biográfica del naturalista o ensayo sobre el evolucionismo, la obra de Dario Fo es la historia de un hombre inflamado de ideas totalmente modernas, inaceptables en su mayoría para su tiempo.
   La obra se inicia con la consternación que provocaron en el joven Darwin ideas tan peregrinas como las de James Ussher, un erudito obispo irlandés que, en el siglo XVII, calculó que el mundo había sido creado el 22 de octubre del año 4004 antes de Cristo. Ávido de conocimiento, Darwin se propuso, desde muy joven, explicar el mundo, empresa que inicia a bordo del buque Beagle como investigador científico. Sin embargo, el objetivo primero y prioritario de Darwin no era poner en entredicho la credibilidad de la Biblia, sino luchar contra el racismo y el tráfico de esclavos. Darwin decidió remover la teoría de que los nativos de las tribus africanas no formaban parte de la raza humana, sino que constituían una raza seudoanimal, carente de alma y de inteligencia, teorías en las que se basaba el esclavismo, y demostrar que todas las especies humanas tienen un origen común. El resultado fueron dos libros con los que se inició una de las grandes revoluciones científicas: El origen de las especies (1859) y El origen del hombre y la selección en relación al sexo (1871), cuyo eje fue el e mecanismo evolutivo.
   Las ideas de Darwin se vieron muy pronto combatidas bajo el fuego cruzado de católicos y conservadores. Obtendrá sin embargo la aprobación y el beneplácito de los científicos libres y alejados de las cofradías. El gran mensaje de Darwin, en opinión de Dario Fo, es que nunca nos podemos detener a disfrutar de las mieles del propio éxito, siempre hay que seguir adelante, así como que el investigador nunca debe hacerlo con la idea de recoger consensos.
   En el libro abundan ejemplos personales y familiares y también anécdotas. Sus verdaderos protagonistas no son los seres humanos, sino los animales y sus comportamientos evolutivos que les han permitido sobrevivir.
    
                                              
Charles Darwin

    Dario Fo no oculta los aspectos criticables del pensamiento de Darwin, al menos desde los esquemas mentales de nuestros días: una cierta misoginia, el desprecio hacia las mujeres de algunas comunidades salvajes y la afirmación de que los machos, debido a sus responsabilidades de procurar alimento, luchar y defender al grupo, habrían desarrollado mayores capacidades mentales que las hembras.
   En resumen, un acercamiento a la figura de Darwin, una aproximación a ciencia de una forma sencilla y divertida, documentada no obstante, en la que el nobel italiano hace gala de buena dosis de ironía frente a aquellos que siguen defendiendo las teorías creacionistas.

viernes, 22 de junio de 2018

LE EFÍMERA BÚSQUEDA DE LA NATURALEZA EN UNA CIUDAD INDUSTRIAL


Marcovaldo, o sea Las estaciones en la ciudad

Italo Calvino

Traducción de Dulce María Zúñiga

Ediciones Siruela (Biblioteca Calvino), Madrid, 164 páginas.

(Libros de siempre)

  



   Reedita Ediciones Siruela los veinte relatos que, en traducción de Dulce María Zúñiga, escribió y publicó el escritor cubano- italiano, Italo Calvino (1923-1985), Marcovaldo, ovvero le stagioni in città. El autor es un brillante experimentador que salta de una forma literaria a otra. Es por esta razón que en su producción sea posible diferenciar varios períodos. Posiblemente el más conocido es aquel en el que se adentra en la invención fantástica, especialmente en el terreno de las fábulas y de la fabulación que permite lecturas alegóricas y simbólicas, repletas de pequeños pizcos históricos y filosóficos, tanto privados como públicos. Un período que abarcaría la trilogía I nostri antenati (El vizconde demediado, El barón rampante, El caballero inexistente).

   No obstante, Italo Calvino también es autor de una narrativa que, a pesar de una cierta contaminación derivada del mundo de la fábula y del absurdo, se acerca y escudriña e la realidad social en la que vivimos. Pertenecen a esta línea el libro que me ocupa y La giornata d’uno scrutatore, también traducido y editado por Ediciones Siruela. Marcovalo, ovvero le stagioni in città vio su publicación en dos fechas distintas: 1958 y 1963, lo que abre las puertas para permitirnos captar la evolución del autor: mucho más fabulosos y fantásticos los relatos de la primera serie, y a pesar de que trate los mismos temas -los problemas de las sociedades urbanas-, los relatos escritos en 1963 están mucho más preñados de ironía e incluso de guiños al absurdo.

   El núcleo argumental de esta colección de relatos tiene mucho que ver con el neorrealismo italiano. A leer las andanzas y reflexiones de Marcovaldo, vienen inevitablemente a la cabeza ciertos personajes de Visconti o de Vittorio De Sica. Marcovaldo, el personaje principal, es un proletario urbanita, padre de familia numerosa que sueña y busca sin descanso pequeños rayos y chispas de la naturaleza en el paisaje urbano, incluso aunque sea en forma de setas venenosas, tábanos, castaños de Indias o en el vuelo de las arceas otoñales.

   El autor dedica a cada una de las estaciones del año un ciclo de cuatro cuentos. Son los períodos en los que se desenvuelve la vida de este domesticado y a la vez irónico personaje que persigue inútilmente la naturaleza en una ciudad industrial. Una búsqueda efímera y candorosa, mas Marcovaldo jamás siente el desaliento, por mucho que se engañe y confunda, como le ocurre ya en el primer relato, “Setas en la ciudad”. Los primeros cuentos de Marcovaldo son cortos, rebosantes de chispa, y están definidos por un desenlace imprevisto en lo que prácticamente todo sale mal. Un conjunto de relatos con un carácter realista, que fusionan humor e ironía con la desabrida situación que viven Marcovaldo y su familia. Son, por supuesto, narraciones tristes y abiertamente dolientes y bruscas, ya que ponen al descubierto la paupérrima y a veces pavorosa situación en la que viven los marginados del mundo.

   Un libro sin duda de gran actualidad en estos momentos y en este mundo donde solamente manda la racionalidad instrumental y la búsqueda del beneficio económico utilitarista que tantos males está causando entre la “especie de los hombres y de las mujeres sabios y sabias”, pero esclavos y esclavas de un progreso en el que, como escribe Italo Calvino, las pérdidas son absolutas y las ganancias inciertas. Incluso aunque sea de forma indirecta, porque Marcovaldo no acostumbra emitir juicios acerca de la destrucción de la naturaleza y los desmanes de las sociedades capitalistas, rechaza Italo Calvino las concepciones finalistas de la Historia y del progreso que provocan más calamidades que beneficios. El cándido y poco menos que infantil Marcovaldo proyecta, sin embargo, en estos cuentos una honda crítica, alejada de cualquier moralismo, tanto de los estragos ecológicos como de las sociedades consumistas y del absoluto imperio del dinero.

   Y no nos equivoquemos: lo que Italo Calvino ponía en evidencia en las décadas de los cincuenta y sesenta en sus escritos, ha crecido en el momento actual de una forma exponencial. Así pues, muy oportuna la reedición de una de las obras emblemáticas de Italo Calvino.







                                                    
Italo Calvino


Fragmento



  
“Marcovaldo se esforzaba en no dejar rastro, recorría un camino en zigzag por las secciones, siguiendo ora a atareadas criaditas, ora a damas emperifolladas. Y conforme una u otra alargaba la mano para tomar una calabaza amarilla y olorosa o una caja de queso en porciones, él las imitaba. Los altavoces difundían musiquillas alegres: los consumidores se movían o paraban siguiendo el ritmo, y en el momento preciso tendían el brazo, se hacían con un artículo y lo metían en su cesta, siempre al compás de la música.
El carrito de Marcovaldo estaba ahora repleto de mercancía; sus pasos lo llevaban a adentrarse en secciones menos frecuentadas; los productos de nombre cada vez menos descifrable venían en cajas con figuras que no aclaraban si se trataba de abono para lechuga o de semilla de lechuga o de lechuga propiamente dicha o de veneno para la oruga de la lechuga o de cebo para atraer a los pájaros que se comen esos gusanos o quizá de condimento para la ensalada o para los pajaritos fritos. Por si acaso, Marcovaldo se llevaba dos o tres cajas.
De esta suerte andaba entre dos altos setos de mostradores. De pronto, el pasillo se acababa y venía un largo espacio vacío y desierto con luces de neón que hacían brillar los azulejos.
Marcovaldo se encontraba allí, solo con su carro de productos, y al fondo de aquel espacio vacío estaba la salida, con la caja. Su primer impulso fue lanzarse de cabeza empujando el carrito como un tanque y escapar del supermercado con el botín antes de que la cajera pudiese dar la alarma. Pero en aquel momento por otro pasillo próximo asomó un carrito más cargado aún que el suyo, y quien lo empujaba era su mujer, Domitila. Y, por otra parte, asomaba un tercero y Filippetto que empujaba sacando fuerzas de flaqueza.
Era aquel un punto en que los pasillos de muchas secciones convergían, y de cada embocadura salía un hijo de Marcovaldo, todos empujando sus carricoches cargados como buques mercantes. Todos habían tenido la misma idea y ahora, al volverse a encontrar, advertían que habían reunido un completo muestrario de las existencias del supermercado.
-Papá, ¿entonces somos ricos? -preguntó Michelino-. ¿Habrá como para comer un año?
-¡Atrás! ¡Aprisa! ¡Alejaos de la caja! –exclamó Marcovaldo dando media vuelta y escondiéndose, él y su carga, detrás de los mostradores; y emprendió una carrera doblado en dos como bajo el fuego del enemigo, volviendo a perderse por las secciones. Un estruendo resonaba a sus espaldas, se dio la vuelta y vio a toda la familia que, empujando sus vagones como un tren, galopaba pisándole los talones.
-¡Nos va a costar una millonada!
El supermercado era espacioso e intrincado como un laberinto: había para dar vueltas horas y horas. Con todas esas provisiones, Marcovaldo y los suyos habrían tenido para pasar todo el invierno sin salir de allí. Pero los altavoces ya habían interrumpido su musiquilla y decían:
-¡Atención! ¡Dentro de un cuarto de hora cierra el supermercado! ¡Sírvanse pasar por caja!
Había llegado la hora de deshacerse de la carga: ahora o nunca. A la llamada del altavoz el tropel de clientes caía preso de una furia frenética, como si se tratase de los últimos minutos del último supermercado en el mundo entero, una furia no se sabe si de llevarse todo lo que había o de dejarlo todo, en fin, una de empujones en torno a los mostradores y Marcovaldo, con Domitila y sus hijos, aprovechaba para reponer la mercancía en los anaqueles o para deslizarla en los carritos de otras personas. Las restituciones se hacían un tanto al buen tuntún: el papel matamoscas en el mostrador del jamón, un repollo entre las tartas. No se dieron cuenta de que una señora en lugar del carrito empujaba un cochecito con un bebé: le endosaron una botella de vino.
Eso de privarse de las cosas sin haberla ni siquiera catado era un sufrimiento como para que se saltaran las lágrimas. No es de extrañar que, justo cuando dejaban un tarro de mayonesa, les viniera a la mano un racimo de plátanos y se lo quedaran; o un pollo asado en lugar de un escobón de nailon; con ese sistema sus carritos, al compás que se vaciaban, se volvían a llenar.
La familia con sus provisiones subía y bajaba por las escaleras mecánicas y en cada piso, en cualquier parte, desembocaba en pasillos obligatorios, donde una cajera centinela apuntaba con una máquina calculadora crepitante como una ametralladora contra los que hacían ademán de salir. El deambular de Marcovaldo y familia se parecía cada vez más al de animales enjaulados o al de reclusos en una luminosa prisión de muros con paneles de colores.
Arribaron a un lugar en el que los paneles de la pared estaban desmontados, donde había una escalera de mano apoyada, martillos, herramientas de carpintero y de albañil. Una empresa estaba construyendo una ampliación del supermercado. Cumplido su horario de trabajo, los obreros se habían marchado dejando las cosas de cualquier modo. Marcovaldo, provisiones al frente, se coló por el agujero de la pared. Al otro lado reinaba la oscuridad; él siguió adelante. Y la familia, con los carritos, detrás de él.
Las ruedas de los carritos rebotaban por un suelo como desempedrado, a trechos arenoso, luego por un piso de tablas mal ajustadas. Marcovaldo avanzaba balanceándose por una tabla, los otros seguían. De pronto vieron delante y detrás y arriba y abajo un montón de luces sembradas a lo lejos y alrededor el vacío.
Se hallaban en el armazón de tablones de un andamiaje, a la altura de una casa de siete pisos. La ciudad se extendía a sus pies con un centellear luminoso de ventanas y rótulos y chispazos eléctricos de los troles de los tranvías; más arriba aparecía el cielo tachonado de estrellas y de luces rojas de antenas de las emisoras de radio. El andamiaje temblaba bajo el peso de tamaña cantidad de mercancía en equilibrio. Michelino dijo:
-¡Tengo miedo!
De la oscuridad salió una sombra. Era una boca enorme, sin dientes, que se abría avanzando sobre un interminable cuello metálico: una grúa. Bajaba hacia ellos, se detenía a su altura, la quijada inferior sobre el borde del andamio. Marcovaldo inclinó el carrito, vació su mercancía en las fauces del hierro, y siguió adelante. Domitilla hizo lo mismo. Los chicos imitaron a sus padres. La grúa cerró sus fauces sobre todo aquel botín del supermercado y con un graznador movimiento de poleas echó la cabeza atrás, alejándose. Abajo se encendían y giraban los letreros luminosos de mil colores que invitaban a comprar los productos en venta en el gran supermercado.”



(Italo Calvino, Marcovaldo, o sea Las estaciones en la ciudad, segunda parte)

sábado, 2 de junio de 2018

LAS CIUDADES METÁFORA: UN ZODÍACO DE FANTASMAS DE LA MENTE


Las ciudades invisibles

Italo Calvino

Traducción de Aurora Bernárdez

Ediciones Siruela, Madrid, 2018, 3ª edición, 172 páginas.



   

    Italo Calvino (Santiago de las Vegas, la Habana, 1923 – Siena, 1985) fue un brillante experimentador en el terreno escritural que salta de una forma literaria a otra. Tras la trilogía I nostri antenati  (El vizconde demediadoEl barón rampante, El caballero inexistente), una representación alegórica del hombre contemporáneo, se han ido traduciendo a las distintas lenguas, incluidas las periféricas y minoritarias como el gallego, otras de sus obras más importantes, como Las ciudades invisibles, con la que obtuvo en 1972 el Premio Feltrinellli.

   Italo Calvino es un escritor polifacético, de evolución variada y muy rica. A su inicial neorrealismo le sucedió un tipo de escritura, por una parte fantasiosa: los relatos de Último viene il cervo (1949) y la ya apuntada trilogía de seres imposibles. Y por otra, su trilogía urbana, modulada en clave política y de denuncia social. Posteriormente Italo Calvino se entregó al experimentalismo vanguardista  escribiendo una novela de la novela Se una notte d’inverno un viaggiatore,  a la “fanta-ciencia” (La cosmicomiche) a la “fanta-historia”, un subgénero narrativo en el que se puede incluir Las ciudades invisibles.

   En efecto, Las ciudades invisibles es plenamente fantasía histórica y recreación de mitos, si bien el libro esconde otros presentes hábilmente enmascarados. El núcleo argumental de la obra no es otro que las conversaciones entre el emperador mongol Kublai Kahn y Marco Polo, en las que este le describe al Gran Kahn las ciudades de su imperio. Sin embargo, no se trata de una reinterpretación literaria del Libro de las maravillas de Marco Polo, sino de una recreación plenamente original de las ciudades imaginarias y de las relaciones, igualmente imaginadas, entre el emperador y Marco Polo.

   El tiempo del relato corresponde posiblemente al siglo XIII, mas el coloquio entre los dos personajes transcurre en un tiempo imaginario e indefinido, con características incluso de nuestros días. Marco Polo  representa ante el Gran Kahn las ciudades de los territorios imperiales, ciudades con nombres femeninos que se convierten en verdaderos símbolos de la sociedad y de la existencia humana. En el imperio tártaro se yerguen ciudades como Anastasia que crea esclavos de aquellos que creen gozar de la misma; como Zoe en la que el viajero solamente cobija dudas, o como Hipatia en la que no existe lenguaje sin engaño. Ciudades telaraña como Octavia o como Bauci a la que se llega antes de acertar a divisarla. Urbes sin espesor que consisten solamente en un anverso y en un reverso como Moriana, y otras como Pentasilea que acaso solamente es periferia de si misma, sin que fuera de ella exista un fuera. Ciudades-joya, como Bersabea que solamente cuando defeca no es avarienta, calculadora e interesada.

   Las ciudades que Marco Polo detalla al regreso de sus embajadas, y que aparecen en su mente como los pensamientos que le vienen a quien toma el fresco al anochecer, están, al igual que lo sueños, construidas de deseos y de miedos. Todas tienen algo de Venecia y representan la existencia humana en la vida y en la muerte. Hay ciudades, en el relato de Marco Polo, a las que se llega muriendo y en las que cada uno se reencuentra con sus muertos -señal de que también yo morí-; y casi que todas ellas ocultan dos caras o se componen de dos medias ciudades, de un anverso y de un reverso: lo bueno y lo malo, la justicia y la injusticia, los rectos y los sicofantes. Así pues, una sucesión en el tiempo de estructuras diferentes, alternativamente justas e injustas.

   Como hace el autor en El vizconde demediado con relación al ser humano, tras leer Las ciudades invisibles correspondería formular igualmente una pregunta inquietante: ¿La ciudad total, perfectamente harmónica, no será un mito inalcanzable? ¿La ciudad real y las ciudades diferentes que aquella esconde y que se originan y crecen en sus entrañas, la ciudad de los justos y la ciudad de los calumniadores, no será la misma y única ciudad que existe?

   Una escritura, sin ninguna duda, de profunda filiación filosófica en la que además  son destacables otras ideas importantes. Entre ellas, la potencia de la memoria: el tuyo es en realidad un viaje en la memoria, le dice el Gran Kahn al humilde extranjero Marco Polo que, como único equipaje, presenta lo que es capaz de recordar, un poder, no obstante, infinitamente superior al de Kublai que desconoce su propio imperio. En definitiva, todo lo que resume la ajustada consigna de Francis Bacon: “Saber es poder”, que podría servir de lema a la aventura del conocimiento moderno.

   Y junto a la memoria, aparece latente en las páginas de Italo Calvino la imposibilidad de expresar la realidad por medio de signos lingüísticos, que colocan a este libro en la órbita del estructuralismo lingüístico. En las conversaciones con Kublai, Marco Polo, más que con palabras, representaba a las ciudades que describía con gestos, gritos de maravillas y de horrores, ladridos o píos de animales…, improvisaba pantomimas que el soberano debía interpretar. En la mente del emperador, cada nueva ciudad aparece evocada, a la manera de un emblema, por un primer gesto o por el objeto con el que había sido designada por Marco Polo. De ahí que con frecuencia para el Gran Kahn su imperio no es otra cosa que un zodíaco  de fantasmas de la mente.

   Las ciudades invisibles es un libro importante, de eses que conjugan en sus páginas magia y un verdadero juego intelectual,  embebido  en un efectivo refinamiento lingüístico que, sin embargo, no convierte en gravosa su lectura.







Italo Calvino




Fragmentos





"En la vida de los emperadores hay un momento que sucede al orgullo por la amplitud inconmensurable de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos y a comprenderlos, una sensación como de vacío que nos asalta una noche junto con el olor de los elefantes después de la lluvia y de la ceniza de sándalo que se enfría en los braseros, un vértigo que hace temblar los ríos y las montañas historiados en la leonada grupa de los planisferios, enrolla uno sobre otro los despachos que anuncian el derrumbe, de derrota en derrota, de los últimos ejércitos enemigos y resquebraja el lacre de los sellos de reyes que jamás oímos nombrar, que imploran la protección de nuestras huestes triunfantes a cambio de tributos anuales en metales preciosos, pieles curtidas y caparazones de tortuga; es el momento desesperado en que se descubre que ese imperio que nos había parecido la suma de todas las maravillas es un desmoronarse sin fin ni forma, que la gangrena de su corrupción está demasiado avanzada para que nuestro cetro pueda ponerle remedio, que el triunfo sobre los soberanos enemigos nos ha hecho herederos de su larga ruina.”



…..



“Partiendo de allá y andando tres jornadas hacia levante, el hombre se encuentra en Diomira, ciudad con sesenta cúpulas de plata, estatuas de bronce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro que canta todas las mañanas en lo alto de una torre. Todas estas bellezas el viajero ya las conoce por haberlas visto también en otras ciudades. Pero es propio de ésta que quien llega una noche de septiembre, cuando los días se acortan y las lámparas multicolores se encienden todas a la vez sobre las puertas de las freidurías, y desde una terraza una voz de mujer grita: ¡uh!, se pone a envidiar a los que ahora creen haber vivido ya una noche igual a ésta y haber sido aquella vez felices. "



…..



"A ochenta millas de proa al viento maestral, el hombre llega a la ciudad de Eufemia, donde los mercaderes de siete naciones se reúnen en cada solsticio y en cada equinoccio. 

La barca que fondea con una carga de jengibre y algodón en rama volverá a zarpar con la estiba llena de pistacho y semilla de amapola, y la caravana que acaba de descargar costales de nuez moscada y de pasas de uva ya lía sus albardas para la vuelta con rollos de muselina dorada. 



Pero lo que impulsa a remontar ríos y atravesar desiertos para venir hasta aquí no es sólo el trueque de mercancías sino también porque de noche, junto a las hogueras que rodean el mercado, sentados sobre sacos o barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno dice como "lobo", "hermana", "tesoro escondido", "batalla", "sarna,", "amantes", los otros cuentan cada uno su historia de lobos, de hermanas, de tesoros, de sarna, de amantes, de batallas. 



Y tú sabes que en el largo viaje que te espera, cuando para permanecer despierto en el balanceo del camello o del junco se empiezan a evocar uno por uno todos los propios recuerdos, tu lobo se habrá convertido en otro lobo, tu hermana en una hermana diferente, tu batalla en otra batalla, al regresar de Eufemia, la ciudad donde en cada solsticio y en cada equinoccio intercambiamos nuestros recuerdos". 



(Italo Calvino, Las ciudades invisibles)