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martes, 1 de noviembre de 2011

"ROUMELI": GEOGRAFÍAS LITERARIAS DEL NORTE DE GRECIA


Roumeli.Viajes por el norte de Grecia
Patrick Leigh Fermor
Traducción de Dolores Payás
Acantilado, Barcelona, 2001, 339 páginas.



Cualquier persona experta o simplemente aficionada  a los libros de viajes reconoce en la figura de Patrick Leigh Fermor un referente mundial en la literatura de rutas y caminos. Y no me refiero a la autoria o fabricación de guías que se limitan a señalar centros turísticos que conviene visitar, sino a esa otra escritura que nos sumerge en verdaderas geografías literarias. Libros escritos además con impronta y voluntad de estilo literario y quizás con páginas preñadas de melancolía. Es la literatura de viajes, en cuyos inicios figuran las bitácoras de conquistadores y expedicionarios, tales como las crónicas de los viajes de Marco Polo o las de los conquistadores españoles por tierras americanas, que se caracterizan por presentar la visión del escritor que suele actuar como personaje principal de una experiencia de descubrimiento de determinados lugares del planeta.
Pueden, por lo tanto, ser considerados como muestras de la “literatura del yo”, pero de un yo transitivo que dialoga y enriquece su propio acervo cultural y vivencial en contacto con otros yos, con otras formas de vida, con otras culturas, con otros paisajes. Una herramienta literaria, en definitiva, que no es autobiografía ni diario ni memorias en sentido estricto. Pero es autoficción, narrativa autorreferencial; subjetividad desde luego, pero abierta, capaz de transferir experiencias concretas del individuo.
Como dije, Patrick Leigh Fermor es un modélico maestro en este tipo de literatura. Este audaz guerrillero en Creta durante la Segunda Guerra Mundial, viajero de mil singladuras y erudito de caminos, falleció en Inglaterra el 10 de junio de 2011. Una fatal casualidad hizo que la editorial Acantilado terminara de imprimir la traducción de Roumeli. Travels in Northern Greece tan solo unos días después de su fallecimiento. La lectura de este libro y otros de su autoría es la mejor manera de recordarlo, de despejar el olvido que es de lo único que de verdad se muere.
De la mano pues de las experiencias vivenciales y siguiendo la estela de Patrick Leigh Fermor, nos adentramos por las zonas más remotas y menos conocidas de Grecia. En ese Roumeli, que desapareció de los actuales mapas de Grecia y es una denominación coloquial  de una región cuya ubicación y extensión han variado de modo impreciso, pero que, a grandes rasgos, señalaba hace tiempo el norte del país.
El viaje se inicia en Alejandrópolis, en la Tracia, donde traba contacto con los sarakatsáni, pastores nómadas que habitan efímeros poblados de conos de mimbres y juncos entre peñascos y desfiladeros, “siluetados contra el cielo”, intangibles como un espejismo, evanescentes personajes casi míticos. Con los valacos seminómadas arrumanos, orgullosos  de su lengua propia de origen latino que, como los sarakatsáni consideran los pastos de verano como su verdadero hogar. El autocar lleva después al viajero a Meteora, con inmensos tambores de piedra, con pilares y estalagmitas ascendiendo hacia el cielo, y en cuya cima, cual nido de águilas, se asientan los muros y los campanarios de monasterios habitados por monjes y monjas, “los atletas de Dios” y cuya vida, a diferencia de monaquismo católico, funciona de modo azaroso e improvisado. Arrulla al lector para prepararle ante su teoría del dilema heleno-romaico: dentro de cada griego conviven dos personajes opuestos: el romiós y el heleno, la práctica y la teoría por fijarnos únicamente en dos características antagónicas.
En la singladura de Fermor hay un desvío a Creta, un epítome de Grecia, cuyas montañas jamás estuvieron enteramente sojuzgadas, ni durante la ocupación turca ni en la invasión alemana de 1941. Las costumbres ancestrales empujaron a mujeres, ancianos y niños a resistir a toda costa la ocupación, mas también les dejaron una herencia salvaje: el robo de ganado sigue estando a la orden del día, los matrimonios se inician con el secuestro a mano armada de la novia.
Prosiguiendo la ruta hacia el norte del golfo, arriba el viajero a un pueblo de pescadores que lleva el nombre griego de Langosta, pero donde no hay langostas porque no existe la costumbre de salir a pescarlas. Sin embargo, en Missolonghi, una ciudad cercana, se verá envuelto en la aventura de perseguir las huellas -también las babuchas- de Lord Byron. Finalmente el finísimo oído literario de Fermor reproduce los “sonidos” del mundo griego y nos ilustra sobre los problemas y circunstancias de la herencia bizantina y los vestigios de la dominación turca.
El periplo “fermoriano” se convierte en un fresco multicolor, iluminado por los fulgores de una prosa esplendorosa, de elevada calidad, rebosante de detalles, de erudición, armonía, frescura, así como destellos melancólicos de una cultura inmemorial y de un pasado esplendoroso. Libro pues de intensas experiencias vitales, de evocaciones, capaz de suturar la memoria viajera con la memoria literaria.
Patrick Leigh Fermor
                                            
Fragmentos

“Llegamos a la parada de Sikaráyia. Era un pueblo entero de bonitas cabañas sarakatsáni parecidas a colmenas gigantes que se hincharan y luego contrajeran gradualmente. Los tejados estaban hechos de cañas, y las hileras de bejucos cortados se solapaban con la precisión del blindaje de un armadillo de siete franjas. Estaban coronadas por cruces de madera, y alrededor de ellas caracoleaba el fino humo que escapaba entre las grietas del cañizo. Los sarakatsáni vestidos de negro se agruparon a los pies del furgón nupcial, y la novia descendió, de nuevo en volandas, a tierra. Todo el cortejo se dirigió hacia la pequeña iglesia entre coros de gritos, saludos y salvas de mosquetes. El tren expelió un silbido, seguido por su obligada respuesta en forma de vapor, y después se perdió bamboleando valle abajo”

…..

“Los olivares de Anfisa, sus terrazas de vides y maíz, son las notas que cantan los pájaros. El Pindo es una fanfarria; los cencerros de las cabras y el peculiar caramillo del pastor.
Arcadia es la flauta doble. Arachova, el golpear de los martillos en las cuerdas del salterio. Roumeli es una canción klepta interrumpida por ladridos de perros y silbidos estridentes. Espiro es el ruido de los pasos de los elefantes, las huellas pírricas, el choque de talones en la danza tsámiko, el suspiro de las encinas de Dodona, el trueno y la lluvia de Acroceraunia.
Meteora remonta el vuelo serpenteando hacia el cielo, igual que una letanía bizantina atraviesa la concavidad de una bóveda y asciende en cuartos de tonos hacia el pantocrátor.
(…) Bassae y Sunio son el sonido trepando por los pilares acanalados como una flauta de Pan. Namea es el fragor de una columna que se desploma. Naoussa, el golpe sordo de una manzana que cae. Edesa, un cascada. Kavala, la caída de una cuenta de ámbar. Metsovo es una piña que arde. Samarina, una voz vlaca. Avdela, el campanilleo de un venado
(…) Los mares de Grecia son la odisea cuya música no podremos conocer jamás. Las ilimitadas extensiones y los latidos de la métrica, el flujo y reflujo de los hexámetros barridos por vientos y corrientes, acompañados por su escolta de acentos”

(Patrick Leigh Fermor, Roumeli. Viajes por el norte de Grecia, paginas 21, 309-316)

viernes, 28 de octubre de 2011

"El NUDO", EN LA RED DE UNA NOVELA METAFÓRICA



El nudo
Rodrigo Soto
Editorial Periférica, Cáceres, 2011, 197 páginas.


Rodrigo Soto (San José de Costa Rica, 1962) es uno de los narradores centroamericanos más reputados. Representante así mismo de la literatura más vanguardista. Autor de una obra exigente, tanto en prosa como en verso, y renovador de la narrativa centroamericana. Editorial Periférica reedita ahora su novela El nudo, aparecida ya en el año 2004 en Ediciones Perro Azul con una tirada muy limitada.
Cabe leer El nudo como una novelita entretenida y agradable. De hecho así se ha leído. Como algo ligero, ameno, bien contado. Una novela que no estorba en el territorio de la literatura juvenil. Pero resumir El nudo a la peripecia y devenir de un grupo de adolescentes, enmarcados por un hecho azaroso que les aconteció un día, equivaldría a no superar la epidermis de una novela rica y compleja. El nudo  narra en efecto la historia de unos adolescentes  que durante un viaje a una playa costarricense encuentran un alijo de cocaína. Casi sin saber como, se quedan con la droga y  a partir de ese momento, de una forma paulatina pero radical, van a cambiar sus vidas y las de las personas -las muchachas de su edad- que, como satélites, giran a su alrededor.
Un libro que pretende ser, y de hecho lo es, una narración sobre la responsabilidad y las consecuencias que se derivan, casi por azar y necesidad, de nuestras decisiones y acciones y sobre las muchas vidas que contiene cada vida y las muchas historias encerradas en cada historia (página 15). Después de efectuar una genealogía de los personajes principales, tres muchachos y dos muchachas de su edad, la narración se detiene en el encuentro, conocimiento y amistad de estos adolescentes, sus amores e ilusiones, años de aprendizaje en la amistad y en el amor, sus afinidades y simpatías, rechazos e identificaciones. Hasta que el encuentro de los paquetes de cocaína, sin saber cómo salir del enredo y tentados constantemente a cortejar con ella, trastoca la llanura de sus presentes y, sobre todo, convierte sus futuros en una catástrofe.
Este es el núcleo diegético de El nudo, pero la novela es mucho más. Lo que primero salta a la vista es el pacto narrativo, el contrato implícito que la novela demanda entre el narrador y los lectores, sus receptores. Este pacto de lectura actúa de forma explícita y muy fuerte en el arranque narrativo. Debido a dicho pacto aceptamos la omnisciencia absoluta del narrador. Es él el que toma en sus manos el poder del relato y se lo deja muy claro al lector: “Aquí sucede lo que yo escribo”, reiterándolo más adelante:”Así está escrito y así sucedió” (página 72). Se trata, no obstante, de una omnisciencia autorial ubicua, omnipresente, pero mostrenca y estéril, si no existiera un receptor lector. Alguien ha escrito que El mundo es una novela sobre la construcción de lo real. Debe, a mi juicio, matizarse esta aseveración  del narratólogo costarricense Carlos Cortés. La novela construye efectivamente lo real, pero solo lo real simbólico que no existiría sin el lector. Es el lector con su deseo y con su acto de lectura el que yergue la novela como realidad significativa. De nuevo las palabras del primer párrafo son altamente ilustradoras: “pero sin tu ayuda nunca llegaremos al final…Sólo tu deseo y mi palabra, o tu palabra y mi deseo, o lo que nace de su encuentro, puede dar inicio al tiempo, poner en movimiento los hilos de la trama” (página 11).
En definitiva, la “interacción fructuosa” que constituye la esencia del pacto narrativo y que da lugar a un interesante juego literario autor-lector, con múltiples giros y saltos en el tiempo para contarnos, desde una cierta distancia de los acontecimientos, el cuarto de siglo posterior al hallazgo de la droga
Rodrigo Soto

 en la vida de los protagonistas masculinos y de sus satélites femeninos con curiosas y arriesgadas prolepsis y analepsis en el tiempo de la historia. Esta interacción narrador-lector y el proceso de creación de la narración que acaba siendo ficcionalizado, abre la dimensión metanarrativa de la novela.
El texto de Rodrigo Soto desde su título hasta el párrafo final esta sabiamente hilvanado con los hilos de una profunda metaforización. Ya en si el título es una gran metáfora presente en todo el relato: como trama, como red que une y atrapa a los personajes en su adolescencia y en los años posteriores. Así mismo, como nudo gordiano que hay que vencer, materializándose en la historia de la paulatina ruptura de los vínculos amistosos de los jóvenes protagonistas, pero que continúa anudando sus vidas a través del tiempo, en una trama invisible, pero tan eficaz como ese trasmallo de pescador del párrafo final, del que son incapaces de liberarse los caricacos.
He aquí pues, al lado de una trama entretenida e incluso ilustradora sobre las consecuencias de las decisiones humanas, sobre los caminos en el filo de la navaja y el juego infinito de los límites, sobre el torbellino que arroja al abismo a unas vidas que tanto prometían y sobre los fragmentarios micro y macrocosmos costarricense, otras dimensiones que hacen de El nudo una interesante muestra de la literatura más innovadora, que nos llega además sorteando el criterio de traducibilidad al español de España, algo que es preciso aplaudir en esta edición de Editorial Periférica.
                                   

Fragmentos

“-¿Sabe qué, primo? Ser piedrero es tuanis, es lo que se dice toda. Si no ¿por qué cree usté que tanta gente se va así, resbaladita en esto? Si fuera una mierda nadie se embarcaría, ¿verdá? No siente como que, ¿ya? Como que así debería ser siempre, como que la vida de veras, la vida de verdad, como tiene que ser legítimamente la vida para que sea vida y no muerte, es así, ¿me entiende? Y todo lo demás es cuento, es hablada, es mentira, es…¿Ya? Pero lo pior es andar arratado. ¡N’hombre, eso si es feo! Se siente uno peor que una rata y quiere palmarse. Idiay, mejor se muere y ya. ¿Cómo le dijera? La vara empieza aquí, en la garganta, o si no en el estómago, pero de ahí se pasa rapidito a todo el cuerpo. Es como si anduvieras zompopas por dentro. ¿Me entiende? Y después comienzan la nervia”

…..

“Era como si el nudo silencioso que tejieron más de veinte años atrás continuara ahí, entrelazando sus vidas en una trama invisible de la que ninguno de ellos llegaría nunca enterarse, y de la que por eso mismo nunca se podrían librar, o como si las incesantes ondas que se originaron en una época remota de sus vidas, tocaran ahora el límite y rebotaran en la orilla del estanque, iniciando el regreso hacia el punto de origen; en su viaje se encontraban con las que todavía estaban en camino, encimándose y superponiéndose en leve confusión.
Pero si el principio es dudoso, el final no lo es menos, y la vida de todos nuestros personajes seguirá su curso durante muchos años, después de que concluyan los hechos de esta narración”

(Rodrigo Soto, El nudo, páginas 17-18, 195)





viernes, 21 de octubre de 2011

"RECUERDOS DE UN CALLEJÓN SIN SALIDA": LOS FILTROS DE LA TRISTEZA


Recuerdos de un callejón sin salida
Banaya Yoshimoto
Traducción de Gabriel Álvarez Martínez
Tusquets Editores, Barcelona, 2011, 212 páginas.

Banana Yoshimoto, pseudónimo de Mahoko Yoshimoto (Tokio, 1964) es una conocida escritora nipona. Su estreno en la palestra literaria con la novela Kitchen resultó realmente explosivo, haciéndola merecedora de premios prestigiosos como el “Newcomer Writers Prize”. Autora de una obra prolífica y polifacética compuesta por novelas, relatos y ensayos, se la considera junto con Haruki Murakami una de las voces que mejor representan la actual narrativa japonesa, sobre todo las prácticas vitales a las que han debido enfrentarse los jóvenes japoneses en los pasados lustros finiseculares. Sus personajes suelen ser criaturas ancladas en la soledad y profundamente sensibles. En su macrocosmos literario juegan un gran papel las emociones, las sagas familiares, la vida doméstica, las relaciones amorosas, hecho que ha motivado que no pocos críticos consideren que sus obras explotan el estereotipo de la feminidad dulce, sumisa, resignada y que, más que la calidad, persiguen fines comerciales. Sus seguidores, en cambio, rechazan que la narrativa de B. Yoshimoto linde los territorios de la superficialidad, aunque puedan ser divertidas y sepan plasmar, sobre todo, la vida frustrante de la juventud japonesa de hoy.
En lo que no existe debate es en algunas de las constantes de la “marca” literaria de B. Yoshimoto, en especial en ese aire de melancolía y tristeza que tiñe sus historias. Los personajes de B. Yoshimoto ven el mundo a través de los filtros del abatimiento. Ella misma, en el epílogo de esta colectánea de relatos, intenta vendernos ese aire de tristeza y se pregunta: “Por qué ahora me da por escribir sobre cosas tristes que son las que más me cuestan?” (página 211). Y confiesa que sus relatos tienen un fuerte tinte autobiográfico hasta el punto de que ella misma lloró al leer las galeradas. Ese aporte autobiográfico quiere que sea soterrado antes del nacimiento de su hijo. Pero que nadie se confunda: sus relatos son ficciones y, como tales, no reflejan hechos reales que le hayan acontecido a ella misma.
Dos de los relatos, el primero y el último, destacan por encima del resto. En ambos nos encontramos con seres solitarios y sus historias parecen recubiertas por una pátina de languidez, melancolía y tristeza lírica. “La casa de los fantasmas” tematiza las vivencias existenciales de dos jóvenes estudiantes. El personaje masculino habita en un piso fantasmagórico, situado en una casa en ruinas, cuyos dueños, una pareja de ancianos, habían fallecido intoxicados por monóxido de carbono, al quedarse dormidos junto a un brasero. Mas sus fantasmas siguen haciendo frecuentemente acto de presencia. Entre los dos jóvenes va creciendo una cierta intimidad hasta que llega el momento en que hacen el amor. El personaje masculino busca nuevas expectativas, rompe con la tradición familiar y emigra a Francia. Pero, pasados unos años, regresa y la relación amorosa se consolida. El final es enteramente previsible: vivirán felices, placenteramente en su pequeño mundo, mas en la base de su relación siempre estará presente lo que sintieron la primera vez que hicieron el amor en aquel piso herrumbroso habitado por presuntos fantasmas, cuya vida puede ser la clave para la pareja de protagonistas.
En el relato que rotula el volumen, “Recuerdos de un callejón sin salida”, B. Yoshimoto nos sumerge en un placido mar de pequeñas cosas capaz de curar las penas. Una historia sin ese final feliz y previsible que el lector encuentra en los otros relatos. Historia de una decepción amorosa y al mismo tiempo del poder cauterizador de la amistad. El personaje femenino, abandonado por su novio, vive sumido en la pasividad y en la tristeza, pero el mundo visto a través de aquella aflicción le parece nítido. Hallará consuelo en la amistad con un chico que trabaja en un bar situado en un callejón sin salida. Si vida, sumida en la ingenuidad y en la nostalgia, se caldea con el afecto de este joven, cuya presencia y conversación restañan sus heridas. Por eso llorará lágrimas de gratitud hacia el misterioso transcurrir del tiempo.
Y otras tres historias con sueños curativos que anulan sufrimientos anteriores, con niños capaces de ver la luz que habita dentro de cada ser humano, generadora de alegrías y de amor. Metáforas líricas sobre la memoria, los recuerdos y la felicidad. Ficciones sencillas, teñidas con tonalidades de melancólicas delicadezas, casi todas con finales amargos, sin grandes traumas ni apasionamientos, insertadas en estructuras narrativas que trascurren a través de una calmada cadencia y escritas con un lenguaje limpio, sereno, sin arrebatos líricos. Relatos, pues, que se tiñen con los colores otoñales, tonos medios y que, a veces al intentar tematizar lo inefable, esas misteriosa luz interior por ejemplo, corren el riesgo de caer en infantiles inconsistencias.
                                              

Fragmentos

“Mientras bebíamos té, sentados junto a aquella ventana inundada de claridad, nos envolvió una cálida y placentera luz amarilla. Era precisamente lo que quería; una luz que hacía pensar a mi corazón marchito: «¡He aquí lo que me faltaba!»
La palabra que más se aproxima a lo que sentía tal vez sea «bendición»(…) Por aquel entonces, yo creía que lo que nos unía era el sexo, pero luego me di cuenta de que no, de que con el simple hecho de charlar con él, sentía una energía indescriptible que surgía del fondo del estómago y recorría todo mi cuerpo. «Sí, eso es. Con esto basta».
Ese sentimiento acabó transformándose en convicción, y con tan sólo sonreírnos el uno al otro nos sentíamos satisfechos (…)
Nuestra luz interior, la bella luz transparente del exterior y la luz y la luz que resplandecía cuando estábamos juntos se fundió en una sola luz que iluminó nuestro futuro”.

…..

“Ahora me doy cuenta: entonces, pese a que me encontraba en uno de mis peores momentos, yo vivía en la mayor de las felicidades.
Tanto era así que podría guardar el tiempo vivido aquellos días en un cofre y custodiarlo como si fuera el mayor tesoro de mi vida. La felicidad llega sin llamar a la puerta, al margen de las situaciones y circunstancias que la rodean a una, con una independencia casi cruel. No importa en qué situación te halles o con quien estés.
No se puede predecir.
Es imposible fabricarla a nuestro antojo. Puede aparecer al siguiente instante o no hacerlo nunca, lo que convierte nuestra espera en un esfuerzo vano. Es imprevisible, igual que las olas o el tiempo. Los milagros siempre están al acecho y, ante ellos, todos somos iguales.
Pero eso era lo único que yo aún no sabía”

(Banana Yoshimoto, Recuerdos de un callejón sin salida, páginas 54-55, 164-165)
Banana Yoshimoto

lunes, 17 de octubre de 2011

"NIÑOS FEROCES": VOLUNTARIOS PARA LA CATÁSTROFE


Niños feroces
Lorenzo Silva
Ediciones Destino, Barcelona, 2011, 395 páginas.


Si el lector se interroga por la naturaleza estructural de lo que acaba de leer, no cabe duda de que concluirá que Niños feroces es metanarrativa: la novela de una novela. En efecto, la dimensión metaficcional se hace presente de principio a fin en la misma arquitectura compositiva de la novela. Lázaro, un joven de casi veinticuatro años quiere ser escritor, aunque lo que escribe le parece siempre una pamplina y no consigue pasar de los doce folios. Por eso se apunta a un taller de narrativa. Pero allí nadie es capaz de hacer otra cosa que encadenar links porque han recibido un relato fragmentario de la realidad. No es ese el caso de Lázaro: lo que a él le hace falta es una buena historia. Su profesor le regala una. Y así se inicia una propuesta narrativa por la que se interna Lorenzo Silva que, echando mano de otro de los recursos de los postnarradores, el debilitamiento de las barreras entre los géneros, amalgama fuentes documentales, testimonios personales, ficción e intertextualidad. Todo ello para contarnos y hacernos reflexionar sobre el hecho de que siempre son los jóvenes los que van a la guerra y lo hacen en primera línea, por ideales, por dinero o por un permiso de residencia. Y asumen la hombría o la culpa, mientras otros, desde las poltronas del poder en retaguardia, toman las decisiones de enviarlos hacia el horror y se absuelven sin ningún remordimiento o recurren a versiones de misiones estrictamente humanitarias, contradichas por los hechos.
La novela está narrada en tres espacios históricos, los años cuarenta, el otoño del 89 y la actualidad y se desarrolla en varios espacios geográficos: el frente de Leningrado, la batalla de Krasny Bor, los Cárpatos rumanos, Postdam y finalmente Berlín, la defensa de Berlín, empuñando las armas contra los rusos en 1945. Como historias interconectadas aparecen otros hechos bélicos o reivindicativos: la guerra de Afganistán, la de Irak (Nayaf, Diwaniya) y el movimiento  de los Indignados del 15-M en la Puerta del Sol de Madrid.
Pero el hilo conductor de la novela es Jorge García Vallejo. Una cuenta familiar pendiente de la Guerra Civil española y una frase de Torrente Ballester adulatoria de José Antonio (“La revolución es la tarea de una resuelta minoría inasequible al desaliento”), marcan en su existencia un antes y un después. En el verano del 41 se una a la DEV (la División Azul) con un único objetivo: derrotar al comunismo. Y con el valor y el miedo en permanente conflicto, se hace hombre  en la cruenta batalla de Krasny Bor. Pero cuando España se retira de la guerra, se convierte en rebelde, en miembro de una unidad apátrida de la SS y con ella participa en diferentes batallas y finalmente en la defensa de Berlín. El ideal anticomunista le había convertido en un niño feroz, voluntario para la catástrofe, porque aquellos niños, como Jorge, quizás tenían conciencia del despropósito atroz del que formaban parte, pero su sentido de la lucha -la defensa de Europa y la indignación por la cobarde deserción de Franco- les hizo resistir hasta el final, hasta que Hitler se pega un tiro en la cabeza.
Niños feroces no es una novela de nazis o sobre nazis en la que son ellos los que nos hacen comulgar con su punto de vista o en la que aparecen retradaos sin más como los malos de la película. Es otra cosa. Un alegato contra el belicismo y una novela sobre la juventud empujada como peones al campo de batalla. Su energía, en vez de ser canalizada como motor de progreso y edificación de futuro, acaba siendo transformada en potencial de muerte y destrucción. Por eso al final de una novela que avanza mientras lo más mugriento de la Historia renace una y otra vez, se nos muestra la inapelable contradicción de los que, en plenitud de juicio, en circunstancias favorables, deciden la guerra y se absuelven sin remordimientos como Albert Speer y Tony Blair y aquellos que yerran desde la inmadurez o la ofuscación ideológica y aceptan en cambio su responsabilidad, como los jóvenes protagonistas de la novela o Günter Grass
Lorenzo Silva
Imbricados en el relato aparecen una serie de escritores, o mejor dicho, una determinada concepción de la literatura. Es el difícil magisterio de aquellos autores a través de los cuales se define Lorenzo Silva (Walter Benjamin, Kafka…) y referencias a actitudes, gestos y citas de otros escritores (Torrente Ballester, Edith Stein, Imre Kertesz. Jorge Semprún, Michael Herr, Marinetti…) oportunamente referidos. Las lúcidas cavilaciones bejaminianas, sobre todo, nutren la intertextualidad que forma parte de la esencia de este libro, así como los acontecimientos que tuvieron lugar durante el proceso de escritura. La novela finaliza, y no aleatoriamente, el 11 de junio del presente año, víspera del levantamiento de la acampada de los Indignados en la Puerta del Sol de Madrid, un atisbo de una juventud manipulada que se rebela y cuya energía se está trasladando a varios países. Jóvenes o ciudadanos no tan jóvenes,como los protagonistas de la novela, que  rechazan convertirse en partidarios de otro tipo de catástrofe que directamente nada o poco  tiene que ver con el militarismo, sino con las paradojas y mentiras sociales, políticas y económicas de los últimos años, la eterna catástrofe de los dominantes y de los dominados.

                                      
Fragmento

“-Mi primer contacto con el combate de verdad, ese en el que ves los ojos de enfrente -recordaba Jorge-, me descubrió su rostro aterrador, que no es el de la amenaza particular que pueda suponer el enemigo, sino la sensación de que en cualquier momento y desde cualquier lado puede venirte cualquier cosa. La capacidad que tiene que desarrollar el combatiente es la de convivir con esa sensación sin salir corriendo, o sin tirar el arma al suelo y dejarse matar a la primera ocasión. Lo que más te ayuda es haberte adiestrado en los movimientos más mecánicos, y concentrarte en ellos. Yo busqué, en medio de los rusos, el punto más denso, y allí, en una fracción de segundo, escogí mi primera víctima. Apreté el gatillo, lo vi caer. Y a partir de ahí seguí, uno tras otro, repitiendo la operación. Cerrojo, apuntar, fuego, cerrojo, apuntar, fuego…”

(Lorenzo Silva, Niños feroces, páginas 199-200)

lunes, 10 de octubre de 2011

LA ENFERMEDAD DEL LADO IZQUIERDO

La enfermedad del lado izquierdo
Esteban Gutiérrez Gómez
Editorial Eutelequia, Madrid, 2011, 107 páginas.

Otra editorial independiente, llegada del este con “el buen propósito” de aunar arte, filosofía y narrativa, todavía con una parca carta de navegación, pero con un futuro prometedor porque edita de forma exquisita, nos acerca a la narrativa de Esteban Gutiérrez Gómez, un “ser disociado” que publica poesía bajo pseudónimo, imparte talleres literarios y siente simpatías por cuentos escritos por rockeros. La enfermedad del lado izquierdo es su tercer libro. Una novela breve estructurada en dos partes (Morbus e Medeor), que el paratexto diferencia mediante un cambio de numeración de los capítulos: creciente en la primera, decreciente en la segunda.
Una voz testimonial en primera persona narra lo que aparentemente se nos presenta como una pequeña odisea: un viaje de ida y de vuelta de un hombre común, anodino, manipulable. Desde un cuchitril en una buhardilla desde la que avista en el horizonte la montaña azul, el protagonista nos hace partícipes de su particular caída, su descenso y su encierro en la jaula que le prepara su mujer nada más casarse. Convive durante años junto a una mujer desconocida y a unos hijos-pájaro. Norma, la mujer, le reprocha constantemente y en un cuaderno de hule azul, marca las normas: decide los hijos que van a tener, los coitos anuales (once en todo el año), las horas de la ducha, las veces que se tendrá que afeitar por semana. Todo programado. Él intenta hacerse insumiso  y buscar resquicios, pero en el fondo traga con todo, guardando una mudez sacramental. Sin más azul que el de las inalcanzables montañas, su camino por la vida es un dejar de ser, una caída en la rutina, una vida gris que se somatiza en progresivas dolencias en el lado izquierdo de su cuerpo.
Esteban Gutiérrez Gómez
Y cuando todo parecía perdido, encuentra el otro lado de la montaña, comienza a romper las cadenas y a ser lo que debería haber sido, anunciado desde el principio por la cita de George Eliot (“Nunca es tarde para ser lo que deberías haber sido”). Es la cura, el tratamiento de una enfermedad según las reglas, en cuyo proceso juega un papel fundamental la figura de otra mujer, África, símbolo de la naturaleza, de la fuerza sanadora del amor. De este modo, este personaje al que una existencia deshumanizada enferma la parte de su cuerpo que aloja el corazón, irá descubriendo el verdadero sentido de la vida: la amistad, el amor, el compañerismo e incluso una nueva relación con sus hijos.
La novela, sobre todo en esta segunda parte, es una huida del mundo artificial, de la locura financiera, del consumismo desaforado, de la vida esclavizada por reglas que no son las emanadas de la naturaleza. Y un canto a la positividad, a los saltos hacia el futuro, a los viajes hacia lo desconocido. Una búsqueda de la felicidad en culturas ancestrales, en su espiritualidad. En definitiva, otra filosofía de la vida: aquella que nos dice que la verdadera sabiduría se encuentra dentro de uno mismo. Y en buena medida, sobre todo para aquellos que son fieles al curso de la materia, esta novela es también una deriva hacia realidades que se sitúan entre la magia y un cierto misticismo laico. Una mística alienación en la que Esteban Gutiérrez Gómez sumerge al lector por medio de una prosa límpida, ágil, vaporosa, dispuesta en capítulos cortos que se leen con suma facilidad.

sábado, 8 de octubre de 2011

"REINCIDENCIAS": LA DORMIDA MAREA DE ANA ROSA BUSTAMANTE

Reincidencias
Ana Rosa Bustamante
Ediciones Kultrún, Valdivia (Chile), 2011, 97 páginas.

Si es verdad lo que afirma Wallace Stevens de que el poeta “crea el mundo hacia el cual nos volvemos de manera incesante e inconsciente e insufla  vida  a las ficciones supremas sin las cuales seríamos incapaces de concebir el mundo”, entonces resulta claro que el trabajo escritural de poesía de Ana Rosa Bustamante es capaz de ayudarnos a contrarrestar el laberinto de la experiencia dada, su impasibilidad, presentándonos una vívida y luminosa experiencia de aquel. Las palabras de la poeta efectúan ese milagro. Por algo los poetas de este Finisterrae desde el que escribo, repiten que la poesía es la gran verdad y el gran milagro del mundo y Roland Barthes nunca cesó de pensar que la literatura crea la realidad de la palabra.
Un saludo pues a este libro por estas “reincidencias” de Ana Rosa Bustamante que, partiendo de una actitud abierta y liberadora, no solamente expresa la emoción, sino que la absorbe lingüísticamente. Un libro que nos llega en sazón, maduro, sutil o abiertamente combatiente, todo depende de gustos y lecturas. Combate por la memoria, por la recuperación de las voces del pasado. Afirmación de la diversidad como esencia de la vida, de la sabiduría y de los bríos femeninos, de la pasión, porque en los versos de Ana Rosa Bustamante hay una inusual geografía de intensidades emocionales.
Su trabajo escritural, cuyo hilo conductor, continuidad de sus dos libros anteriores (Nuestra Piel Ancha de Fuego, 2007, Vita Clamavi, 2009), es la representación de de la visión femenina en sus múltiples formas de estar en el mundo. La mujer, sobre todo, como icono de fuerza y de voluntad, una condición heredada quizás por sus genes y de los mitos de la tierra dura e inhóspita del desierto de Atacama que acompañó sus primeros soplos de vida. La mujer, así mismo, plena de sensualidad florida y de erotismo, impronta, se me ocurre, de una geografía y de una cultura de litoral, mecida de ebriedad marina y de los febriles aguaceros de la ciudad de Valdivia, que se repiten trescientos días al año y todos los años. En la poesía de Ana Rosa Bustamante se capta la pertenencia a un lugar, o mejor dicho su sentir esa pertenencia con el valor sacramental con el que antiguamente se vivía el paisaje, preñado de signos que implicaban un sistema de la realidad que transcendía las realidades visibles.
Ana Rosa Bustamante

En los versos de Ana Rosa Bustamante se halla toda la sensualidad del mundo y se expresa en la voz de la mujer a la que le han exigido multiplicidad de roles adscritos o adquiridos: la mujer-madre, la mujer-ternura, la mujer-lucha, la mujer-objeto de deseo, la mujer-sometida. Un mujer, sin embargo, que se rebela, que renuncia a permanecer recluida, a la espera, tejiendo y destejiendo, cual Penélope odiseica, y grita y se impone, porque hoy su signo y su futuro es navegar, en esa “mar ancha perla / desvestida y sola / soy su dormida marea / pero mi sangre se agolpa como esa loba / voluptuosa espuma / desnuda bajo la sombra”.
Convencido de que esta es la substancia que enciende el fuego lírico de Ana Rosa Bustamante, recorro sus versos, versos de un buen nivel sostenido y algunos ciertamente luminosos y muy sensoriales: esa amada estatua que en la senectud ya no encontramos; el murciélago invitado a mi quimera, su nido reseco en el que nos quedamos a vivir. Los poemas indómitos de la segunda parte con textos marcados en femenino. O las estrofas, testimonios del miedo y del pavor, de la tercera, una recuperación de la mujer ultrajada de todos los siglos y de todos los territorios. La mujer que también incuba deseos y fuegos y sueños de esa cuarta parte rotulada precisamente así: “Erotismo”.
Se me ocurre apelar a Proust y traer a cuento a Deleuze para ponerle el broche a esta lectura del poemario de Ana Rosa Bustamante: ella, como poeta, inventa dentro de una lengua nueva…extrae nuevas estructuras gramaticales y sintácticas. Saca a la lengua de los caminos trillados y la hace delirar. Es una vidente, una colorista y un músico porque sabe explotar la música propia de la escritura y los efectos de colores y sonoridades que se elevan por encima de las palabras (Gilles Deleuze, Crítica y clínica, página 9)

                                         
Poemas de Reincidencias

MEDIANOCHE

“Engalanada gocé las serpentinas como luna
en las lluvias
así mujer,
nublé los días siguientes y que nadie supiera
la rivalidad de estos huesos
con lo de otra sus huesos;
la fortaleza de incluirla madre dulce clara de sus hijos,
yo la golfa que enhebra una historia a más historias
no privé a la berma de la noche azul de su presencia
ni de los caminos retiré las piedras,
tantos baches placenteros,
porque entre la paja de una acera y los bosques del
cemento
bebí en las fuentes bebí rotunda y sinvergüenza
a pesar de las miserias
de las inertes,
de las señoras.”

IMPUNIDAD

“Así me dijo: ábrete como el loto
en la laguna
para sacarte el barro,
abre las piernas
como los pollitos en la cocina
antes de ponerlos al horno:
mis pies marcaban los hemisferios
donde el jote
escapó en mi volantín,
la calle que nunca veía las lluvias se quedó
en mis zapatos,
mis calcetines volaban en el cielo
y la sombra gemía
entre los alborotados árboles
sus dedos me enfriaban bajo la ropa
yo sentía su rasguño.
El silencio inmenso de la casa
mugía en mis sienes
las baratas arañaban los rincones
que guardarían los secretos
y la sangre usurpadora,
el impostor del dulce cuerpo
del pequeño cuerpo
se quedó en mi niñez
y yo
rompiendo caracoles
así,
cuando los machaco
esa baba escurre
y en mi oído
un resuello.”

(Ana Rosa Bustamante, Reincidencias, páginas 23 y 56)

                               

jueves, 29 de septiembre de 2011

"LECTURAS Y LUGARES": LOS VIAJES DE LA MEMORIA

Lecturas y lugares
José Luis García Martín
Ediciones Traspies, Granada, 2011, 61 páginas.

El sello Vagamundos de la pequeña editorial granadina Traspies suele agasajar a sus lectores con libros de paginación corta pero que encierran verdaderas joyas literarias, tanto por sus textos como por sus paratextos. La excelente edición nos ofrece un continente que cautiva la sensibilidad del lector desde la primera aproximación. Libros minúsculos, que huelen a libro, con la delicada textura del papel y excelentes portadas e ilustraciones que nos permiten viajar con sumo placer por su interior.
Hoy he recalado en uno de sus más recientes puertos de acogida, porque también la metáfora del puerto puede servir para definir un libro. En el libro nos refugiamos, en él descansamos cuando las tormentas de la vida o los trajines diarios rompen la calma de nuestro mar vital.
José Luis García Martín, profesor, poeta y crítico literario, es sobre todo viajero. No un turista que se desplaza con sus rutinas de perpetuo fin de semana. Un viajero de geografías literarias. Viaja en las páginas de Lecturas y lugares por ciudades emblemáticas, con escudo e impronta literaria y por las que transitaron grandes escritores. Las fotografías, tomadas por el propio autor, actúan como guías para la narración de las vivencias.
La ruta da comienzo en Nápoles, ese “paraíso habitado por diablos” del dicho popular, donde recaló Leopardi para morir en una ciudad  devastada por el cólera. Hoy en la memoria del viajante la “Gomorra camorrista” se estremece con las estrofas de Leopardi, las erudiciones de Benedetto Croce o los versos de Garcilaso. En Coimbra el viajero se emborracha, y nos emborracha, de melancolía. Coimbra donde Eça de Queirós se encontró con el mismísimo demonio en el atrio de la Sé Velha y donde el adolescente enamorado Eugenio de Andrade halló el lenguaje de la felicidad. Coimbra en la que  no estuvo Fernando Pessoa, pero donde tuvo lugar el comienzo de su gloria, porque un grupo de estudiantes supo ver en él al Gran Maestre de la masonería  de la modernidad. La derrota lleva al viajero a una villa medieval de la Costa Azul, Èze, un buen lugar para topar y para leer a Nietzsche, porque en el camino que baja hasta la playa -hoy bautizado con el nombre “Chemin Frederic Nietzsche”- escuchó el autor de Aurora la voz que le iba dictando toda su filosofía lírica. El camino lleva al viandante a Roma y lo introduce en el Cementerio Acatólico, más allá de Porta San Paolo, que tanto amó Axel Munthe, el médico sueco. Un herético oasis  con gatos que guían por el laberinto de muertos ilustres y “anónimas desdichas”. En la puritana Ginebra se encuentra el viajero con Amiel, el profesor rutinario y oscuro que, pasados los sesenta años, fascinó póstumamente al mundo con su diario y que, como Pessoa vivió de todas las maneras -también como Casanova-, pero solo en la fantasía. Y un día recala el viajero en Nueva York. Nueva York con sus fantasmas, con el fantasma de Constancia de la Mora, la nieta de Antonio Maura, que rompió con su propia clase para ponerse al servicio de la causa popular. Constancia de la Mora, intensamente amiga de Eleanor Roosvelt. En el periplo no podía faltar Lisboa. En el mirador de San Pedro de Alcántara, un monumento a la melancolía, lee el caminante la historia sobre los orígenes del fado: el viento del sur hizo tañer las diez mil guitarras abandonadas después de la derrota del rey Dom Sebastián. Su eco de dolor, tristeza y muerte llegaría hasta la costa de Portugal
José Luis García Martín
A Venecia llega el viajero siguiendo los pasos de Henry James, pero, a través del gondolero literato, con quien se encuentra es con Cortázar, el Julio Cortázar de los años cincuenta, cuando aún no era un escritor  famoso. En Venecia, una ciudad   en la que nunca se está de paso, la ciudad donde Freud no quiso psicoanalizar a Thomas Mann (“para un artista no hay mejor terapia que el propio arte”, página 55), el viajero se imbuye con la historia del Conde Cini, su matrimonio con Lyda Barelli y sus amores con la condesa Dal Pozzo.
El último descubrimiento de García Martín se llama Cáparra, muy cerca de su pueblo natal, un día, hace veinte siglos, bulliciosa ciudad romana. Bastó la mano del tiempo para arrasarlo todo. El peso de los siglos no pudo, sin embargo, con el orgulloso arco que queda ahí, en solitario, en el entrecruce de caminos del mundo.
Un libro humilde pero bello, escrito con los fulgores de una prosa intensamente poética, que nos ofrece los frugales placeres de la memoria viajera amalgamada con la memoria literaria. Libro de evocaciones de un viajero que es también poeta y cierra su periplo con el retorno a la  Ítaca natal, que le convierte en ciudadano del mundo, sabedor de que cualquier punto de llegada es así mismo punto de partida.
                                      

Fragmentos

“(…) Fue en Coimbra donde Antero de Quental un día de tormenta subió a una colina, sacó su reloj y con voz firme dijo: «Dios, si existes, te doy cinco minutos para que me lo demuestres enviando un rayo que me destruya». Pasaron cinco minutos y no pasó nada. Dios, desdeñoso, no quiso tomarse la molestia de hacer lo que el propio Antero haría de un pistoletazo poco tiempo después.
Fue en Coimbra donde un adolescente enamorado, Eugenio de Andrade, encontró el leguaje de la felicidad: «solo tus manos traen los frutos».
Si, yo también estuve en Coimbra y probé de esos frutos. Algo de su sabor me queda todavía en la boca.
Anochece en la colina de la Universidad. Poco a poco ha ido cesando el bullicio estudiantil y ya solo hay lugar para los fantasmas. He subido la escalera monumental y me he detenido frente a la estatua del rey Dom Dinis, un mamotreto que no parece adecuado para quien escribió: «Ai flores, ai flores de verde pino, / si sabedes novas do meu amigo? / Ai  Deus , e eu é?» (…)
Sí, todo el mundo estuvo en Coimbra, salvo Fernando Pessoa, aunque fue precisamente aquí donde tuvo lugar el comienzo de su gloria. Cuando no era más que un borroso oficinista que perdía su tiempo en los cafés lisboetas, un grupo de inquietos estudiantes supo ver en él al Maestro con mayúsculas, al Gran Maestre de la masonería de la modernidad”.

(José Luis García Martín, Lecturas y lugares, páginas 11-12)

lunes, 19 de septiembre de 2011

LAS CINCO MUERTES DEL BARÓN AIRADO

Las cinco muertes del barón airado
Jorge Navarro
Seix Barral, Barcleona, 2011, 333 páginas.

Con Las cinco muertes del barón airado debuta Jorge Navarro en  la narrativa con mayúsculas, en la novela de formato largo y lo hace de la mano de una marca editorial de gran prestigio, la centenaria Seix Barral y en su colección emblemática: Biblioteca Breve. La novela, que comenzó siendo un relato con el que el autor obtuvo el premio literario Federico Muelas-Ciudad de Cuenca, reposaba en el cajón del escritor desde el año 1996. En aquellas fechas, Pere Gimferrer la descubrió, decidió publicarla, pero “los hados se torcieron” hasta 2009 en que definitivamente se enmendó su destino de novela impublicable.
Jorge Navarro agasaja al lector ante todo con una novela de intriga y ambientación costumbrista, que amalgama perfectamente historia y ficción, si bien con el predominio de esta última, en el turbulento final del siglo XIX barcelonés, un escenario literario privilegiado, entre dos acontecimientos que marcan fronteras: el atentado del Liceo contra el capitán general Martínez Campos y el crimen de Castelldefels. Es una época de grandes agitaciones, una época híbrida en la que conviven, en evidente disonancia, las viejas querencias de una sociedad cerrada, clasista, rebosante de temores ancestrales, odios, caciques que ejercen el poder, y lo nuevo, los nuevos fermentos generados o auspiciados por el sufragio universal, las ideologías revolucionarias, el progreso, la industrialización, el ferrocarril…
En esa precisa época (1893), sitúa Jorge Navarro una narración que pivota  entre la figura y avatares del gran protagonista de la historia, Amadeo Castellfullit y Rocafort, barón de Castellfullit, uno de los hombres más ricos y poderosos del país, personaje inventado, si bien apropiándose de ciertos rasgos, guiños y magnificencias del banquero Manuel Girona. Y el crimen de Castelldefels en el otro extremo de la narración
El barón de Castellfullit es el estereotipo de los prohombres de la rancia nobleza de la España decimonónica: prepotente, manipulador, megalómano. Par él la única ideología válida es la del dinero y el poder (página 33). Ante las autoridades eclesiásticas pasa por ser un hombre justo y virtuoso, porque sufragaba los gastos de la Iglesia. Pero su personalidad se construye sobre los cimientos de la hipocresía y la inmoralidad. Viaja a Madrid -así da comienzo la narración- con la intención de convencer a la Reina Regente y a los destacados miembros del poder y del partido conservador, de la necesidad de orquestar un golpe de fuerza (“La Gran Causa” eufemismo de una dictadura militar). Desde ese momento se convierte en un grave problema que es preciso eliminar. Pero son muchas más las personas, comenzando por su esposa, que le detestan. Todas tienen motivos para desear su muerte, que de hecho planean, aunque de forma ineficaz. En la órbita de este tirano soberbio actúan una serie de personajes de lo más variopinto. Algunos como su mujer Eulalia, Sofía Reina y el pintor Ramón Casas, coprotagonistas; otros, secundarios que se mueven en distintos  planos.
Audacia y mérito del narrador es sin duda unir, sin discordancias, esta historia ficticia con el crimen de Castelldefels, un hecho real que conmovió a la sociedad barcelonesa de entonces, causando perplejidad y estupor en la opinión pública, y que llevó al garrote vial a Joaquín Higueras / Figueras. El escritor conoce perfectamente los entresijos de este crimen y los del juicio posterior, por ser coautor del estudio El crimen de Castelldefels (1999). La novela desfigura ciertos datos, como el número de asesinados y el nombre de algunos personajes, pero, en general, es fiel a la realidad, hasta el punto de reproducir literariamente, con pequeños adornos, los discursos de los actores del juicio. Un jurado popular, manipulado por “la grandilocuencia y la chispa humorista” del Presidente del tribunal, apoyando siempre los argumentos del fiscal y burlándose de los de la defensa, condenó a muerte al inculpado, que sería ajusticiado poco después, vistiendo la misma hopa con la que fue ejecutado Santiago Salvador, el acusado del atentado del Liceo.
En la narración de este crimen y posterior juicio y ajusticiamiento del acusado se pone de relieve la hipócrita paradoja de la doble moral de la época: ciertos prohombres de aquel momento defienden y consideran aleccionadora la pena de muerte, mas, al mismo tiempo, pretenden liberarse del sentimiento de culpa, realizando súplicas humanitarias a las altas instancias de la nación.
La novela insiste en la repercusión expiatoria de Castellfullit, consciente de que se ejecuta a Higueras / Figueras para disimular errores cometidos; el más importante de todos, el hecho de que el barón siga vivo.
Jorge Navarro
En el haber del debut de Jorge Navarro, subrayo desde mi punto de vista, su competencia para mantener la intriga a lo largo de más de trescientas páginas; la integración de un amplísimo número de personajes; su modulación hasta el punto de lograr personajes redondos, que evolucionan a lo largo del relato (son antológicos los del barón, su esposa Eulalia y el pintor Ramón Casas); el trabajo de documentación que le permite crear con gran verosimilitud escenarios, tiempos y, sobre todo, ese espacio costumbrista de la Barcelona finisecular. La audacia así mismo para atrasar o adelantar acontecimientos  históricos, justificable debido al carácter ficcional de una obra paradigmática desde el punto de vista de la inyección de elementos novelescos en los acontecimientos históricos. Son los “desmanes” que el escritor confiesa haber cometido, pero de los que no se arrepiente porque favorecen la “redondez” de la novela (página 332).
Y en el debe de Jorge Navarro mi lectura anota una cierta lentitud, premiosidad y sobreabundancia de detalles. Y, sobre todo, un final poco creíble: un barón airado y prepotente que, de pronto, cae del caballo y se impone una penitencia que se convertirá en venganza para toda su dinastía, no deja de ser una contrición inverosímil.
                                              


Fragmento

“El mayordomo la había aleccionado convenientemente la noche anterior: «Será el señor quien la desvista. Cuando el señor empiece a besarla, no tenga miedo, baje los ojos y déjese hacer todo los que el señor desee», le dijo levantando el dedo índice. «Mas un consejo le doy, señorita: no lleve nunca la iniciativa, ya  que al señor le gustan las mujeres pasivas y carentes de imaginación. La señora que me la ha recomendado afirma que usted es completamente inexperta en estas lides. Si eso es cierto y por la mañana resulta que se ha comportado como una chica obediente, se le recompensará con generosidad y se le volverá a llamar, téngalo en cuenta» (…)

   “-Es bien conocido por todos los presentes que el Excelentísimo señor Amadeo Castellfullit ha cumplido de manera espléndida el generoso ofrecimiento que le hiciera hace seis años en la silla catedralicia de construir a sus expensas la fachada de la catedral. Según los cálculos que obran en mi poder, la suma pagada hasta la fecha asciende a un millón de pesetas.
La cantidad expresada hizo que las exclamaciones de admiración llenaran  completamente el espacio de la sala. Murmuró el deán:
   -El barón es, sin duda alguna, un hombre bueno.
Musitó el canónigo magistral:
   -Un santo varón.
Manifestó con marcado acento de Vich, el chantre:
   -Un hombre justo como no los hay”

(Jorge Navarro, Las cinco muertes del barón airado, páginas 12, 59-60)

lunes, 12 de septiembre de 2011

"DONDE NADIE TE ENCUENTRE", CON LA VITOLA DEL PREMIO NADAL


Donde nadie te encuentre
Alicia Giménez Bartlett
Ediciones Destino, Barcelona, 2011, 509 páginas.

Tengo ante mi la novela ganadora del Premio Nadal 2011, publicada por Ediciones Destino en la ya mítica colección Áncora y Delfín. En atención a mis amigos lectores / escritores latinoamericanos y de otras latitudes, considero que no está de sobra recordar que el Premio Nadal, a pesar de su relativamente modesta dotación económica (18.000 euros), goza de un gran prestigio, fundamentalmente por dos razones: es el más antiguo en España (concedido desde el año 1944) y, entre sus ganadores, figuran escritores de una gran categoría literaria. En la actualidad el Premio Nadal no pretende descubrir nuevos valores literarios, sino premiar figuras consagradas.
El prestigio del Premio Nadal y la innegable categoría literaria intrínseca de la novela galardonada este año, explican que Donde nadie te encuentre camine en estos momentos por la séptima edición.
Alicia Giménez  Bartlett (1951), creadora de la serie policíaca Petra Delicado, recupera para la escritura de esta, sin duda, excelente novela, su maestría y buen hacer en el género detectivesco. Pero no es, en efecto, esta una novela negra, ni tampoco una novela histórica como ella misma ha declarado en infinitud de entrevistas, concedidas a raíz de la concesión del Premio. Tampoco estamos ante una “non-fiction novel” que narre hechos y acontecimientos reales con los recursos de la ficción. Donde nadie te encuentre es la historia de una pesquisa y al mismo tiempo, la huida de un personaje convertido en mito, a través de la geografía, sobre todo social, de la España trágica y negra de 1956.
Un personaje central con una sexualidad ambigua: nacida como Teresa por ser inscrita como mujer, murió el 1 de enero de 2004 llamándose Florencio, porque en el años 1980 se resuelve el expediente gubernativo de cambio de sexo oficial, conforme al informe forense (falso hermafroditismo masculino). Mas Donde nadie te encuentre es o pretende ser una ficción, aunque al servicio de un hecho real: las cuadrillas  del maquis en las zonas de Maestrazgo y Els Ports (Provincia de Castellón) en los años posteriores al final de la Guerra Civil. Y de manera singular, del personaje central, “La Pastora”, último superviviente de los luchadores del maquis en aquella zona.
La autora estructura su ficción alrededor de dos personas que siguen el rastro de “La Pastora” y están ansiosos -especialmente uno de ellos- por encontrarse cara a cara con ella. Surge así un libro de aventuras, investigación e itinerancia cuyos actantes fundamentales son un psiquiatra francés experto en psicopatías y mentes criminales y el periodista barcelonés Carlos Infantes. El primero viaja a la Barcelona de 1956 interesado en realizar un estudio sobre el caso de Teresa Pla Maseguer, conocida como “La Pastora”, el maquis más buscado por la Guardia Civil. El segundo, mostrando siempre una actitud cínica, le servirá de guía y enlace por una zona de paisaje agreste, tanto a nivel natural como humano, porque existe entre sus moradores una verdadera “omertà”.
En los registros de la Guardia Civil y en las mitologías populares, “La Pastora” es un ser extraño, huraño que arrasaba los mas castellonenses y acosaba  a las fuerzas represoras. El casi imposible objetivo se esconde en tierras de Maestrazgo. Ante el material recogido a través de la indagación  del periodista barcelonés, copiando en no pocas ocasiones los esquemas detectivescos de sus novelas negras, el lector quedará fascinado con la reproducción de la dramática experiencia vital de la figura de “La Pastora” (Teresa, Teresot, Florencio), a la vez que se sentirá dolorosamente estupefacto ante el clima humano y social de la España rural de aquellos años: odios, traiciones, soplones, heridas que siguen supurando, condena social de los que no comulgan con las ideas imperantes… Una sumersión sin escafandra y protectores sentimentales en la España negra de los años cincuenta.
Alicia Gómez Bartlett recrea con habilidad este transfondo seco de miedos, terror, represalia y, sobre todo, silencio, esgrimidos por las fuerzas del poder como medida represiva y aceptado por los habitantes de la comarca como estrategia defensiva.
Y a la par de este relato indagatorio-itinerante, Donde nadie te encuentre intercala un monólogo interior en primera persona. Son las confesiones íntimas de “La Pastora”, narradas reproduciendo el habla oral, y ajustadas a la escasa formación intelectual del personaje. A través de estos capítulos -en mi opinión lo más fresco de la novela- nos llega la voz poderosa, rudamente vitalista de “La Pastora”. La voz de un personaje semisalvaje y misterioso, de un ser humano maltratado, masacrado, sin haber recibido jamás una mirada piadosa, recrea con gran verosimilitud su vida: una infancia difícil, una juventud oliendo a oveja y durmiendo al raso, las horripilantes escenas de la guerra defendiéndose de los soldados moros violadores, las obscenas brutalidades de los guardias y somatenes, el enlace con los maquis, los únicos que le tratan como persona… Son episodios que pertenecen a la biografía real del personaje. Son también auténticos los hechos narrados en otras partes de la novela donde interviene “La Pastora” Todos ellos basados en la “realidad” del libro de investigación del periodista José Calvo La Pastora. Del monte al mito.
La autora rechaza, como ya señalé, que su relato sea una novela histórica, pero admite que su ficción está basada en material histórico verificable. No estamos pues ante una novela en la que la ficción y la realidad se reflejen mutuamente. Pero al inyectar ficción en la realidad histórica, aquella, como marcador semántico que es, transforma todo lo que toca, en el sentido de que lo convierte en ficción, como señaló Álvaro Pombo. En este caso concreto, la escritura ficcional de Alicia Giménez Bartlett explica e ilustra bellamente la historia de “La Pastora”, un ser humano cuyos restos descansan, no en esa Pirámide del Jardín del Recuerdo del cementerio de Valencia como se afirma en la nota final, sino en un lugar “donde nadie te encuentre”, título de la novela que, en este caso, le hace justicia a la realidad.

                                       
Fragmento

“Aquello de ser enlace de los maquis me gustaba. No sólo por el dinero que me daban, sino porque además me trataban bien, como a una persona, con respeto (…) Me daban la lista de lo que necesitaban para que se la llevara a El Cabanil y se la pasara a Francisco Gisbert (…) Las risas más grandes las teníamos cuando Gisbert les vendía latas de las que les daban de ración a la Guardia Civil (…) Solían ser chorizos y latas de carne de vaca. Parecía de risa pero la cosa estaba clara: Gisbert vivía delante de la casa cuartel, tenía buena relación con los guardias, que nunca sospecharon nada hasta que lo trincaron (…) ¡Pobre Gisbert, era tan buen hombre, tan trabajador! No se merecía lo que le hicieron esos hijos de puta. Todos dicen que cuando lo detuvieron después del asalto que los civiles hicieron a El Cabanil delató a mucha gente y por eso hubo tantos arrestos de masoveros que vivían cerca. Pero con todo lo que le hicieron yo también hubiera cantado seguramente. Hay un punto en el que el ser humano ya no puede soportar más lo que le hacen (…) Lo peor fue el final que tuvo. Lo tenían recluido en Morella y un buen día, seguramente cuando ya le habían sacado todos los nombres que le podían sacar, lo bajaron a la prisión de pobla de Benifassá. Lo visitó su madre y la pobre mujer, antes de entrar,  les preguntó a los civiles que lo custodiaban si sabían qué sería de él. La engañaron, le dijeron que lo dejarían en libertad. La madre entró a verlo muy contenta y, como lo vio hecho un guiñapo, sólo quería decirle algo que pudiera hacerle bien (…) Entonces lo llevaron un montón de guardias a El Cabanil para que les enseñara algo, a lo mejor algún rincón que la casa tenía para esconderse y que no habían encontrado aún. Pues bueno, llegan allí y les enseña lo que tuviera que enseñarles y luego salen y le dicen: «Ya es suficiente, hemos terminado contigo. Ahora te puedes marchar». Cuando había caminado diez o doce pasos le arrearon una ráfaga de metralleta por la espalda, y adiós Francisco Gisbert. Se quedó allí muerto (…) Les dieron el cadáver a los familiares para que lo enterraran y cuando lo desvistieron para asearlo se dieron cuenta de que le habían arrancado los testículos. Tal como yo se lo cuento así fue. Yo puedo haber sido maquis y bandolera y haber hecho cosas que no estaban bien, pero díganme cómo hay que ser y qué entrañas hay que tener para arrancarle a un hombre los cojones”

(Alicia Giménez Bartlet,  Donde nadie te encuentre, páginas 245-247)
Alicia Giménez Bartlett (Foto Efe)