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martes, 20 de marzo de 2012

SARAH WATERS, DE LA NARRACIÓN DEL LESBIANISMO A LA CARA OCULTA DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Ronda nocturna
Sarah Waters
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 573 páginas
(LIBROS DE FONDO)


La narradora galesa Sarah Waters, considerada la reina de la ficción histórica lesbiana, vio traducida  al español su cuarta novela, The Night Watch, editada en el año 2007 por la Editorial Anagrama de Barcelona. Una versión encabezada por un título oportuno, Ronda nocturna,  hace posible que los lectores hispanos podamos deleitarnos una vez más con  el espléndido ritmo narrativo de Sarah Waters. La escritora británica forma parte de la nómina de escritores de la Revista Granta en la pasada década. Cada diez años, en efecto, se considera que en las letras británicas nace una nueva generación de narradores. La forman, en teoría, los veinte escritores menores de cuarenta años elegidos cada decenio, desde 1983, por la Revista literaria Granta. Julian Barnes, Martin Amis, Ian McEwan o Salman Rushdie formaron parte, entre otros, de la lista Granta de  1983. Diez años más tarde, ingresaban en la misma Kazuo Ishiguro, Hanif Kureishi, Hill Self. Y en el año 2003  hacía su ingreso en el club de los jóvenes literatos Granta la galesa Sarah Waters.
Tal hecho, con independencia del valor intrínseco de su escritura, iba a significar que las obras de esta narradora llegarían a las manos de los lectores acompañadas de un plus  promocional inestimable. El éxito de ventas y las traducciones a numerosas lenguas non han hecho más que confirmar la consolidación de una narradora de inmenso talento, conocida igualmente por sus estudios sobre género y sexualidad. Pero sobre todo por haber firmado cinco novelas (El lustre de la perla, Afinidad, Falsa identidad, títulos de sus  versiones al español) que constituyen sin duda la mejor trilogía del amor lésbico de la literatura contemporánea. Y sobre todo, la crónica novelada de su normalización en la época victoriana. Sin embargo, la escritora galesa no se acerca al tema del lesbianismo desde la militancia, sino mediante el relato, contándonos verdaderas historias de amor que se desenvuelven en atmósferas y escenarios  dickensianos, perfectamente recreados mediante la ficción y la pluma de la escritora galesa.
Pero en su penúltima novela, Ronda nocturna, la puritana Inglaterra victoriana del siglo XIX le cede el protagonismo a un nuevo tiempo ficcional : los años cuarenta del pasado siglo. Un nuevo espacio, un período traumático, en el que Sarah Waters sitúa su prosa brillante y rica en matices. Una época marcada por la Segunda Guerra Mundial y por su posguerra. Un período prácticamente ausente del imaginario británico y que para la narradora supone “un nuevo punto de partida”. Y no únicamente porque cambie la ambientación, sino también porque Sarah Waters, en esta última novela, se aclimata a una nueva voz narrativa: una tercera persona que lo sabe todo, y con la que nunca había experimentado hasta el momento.
Después de documentarse profusa y profundamente sobre la vida cotidiana de este período, Sarah Waters llegó a la conclusión de que, al contrario de lo que se pueda pensar, fue un tiempo de amor y también de grandes oportunidades, en especial  para muchas mujeres que se vieron obligadas a ejercer empleos masculinos, a trabajar fuera de sus hogares sin dejar de lado sus tareas domésticas. Pero una vez que la Guerra concluyó y los varones retornaron del campo de batalla  a sus hogares, las mujeres fueron otra vez desterradas al ámbito doméstico, hecho que originó no pocos problemas como queda reflejado de forma magistral en esta historia coral que es Ronda nocturna.
La novela se halla estructurada al revés. El tiempo del relato empieza en 1947 y mediante una analépsis concluye en plena Guerra, en 1945. Un artificio o artimaña narrativa que la autora justifica de la siguiente forma: “Cuando conoces a alguien, lo que ves es su presente y poco a poco te vas sumergiendo en su pasado”.
La novela es en realidad un cruce de historias de cuatro personajes corrientes en una época traumática: los días dramáticos del Blitz, con los bombardeos sin tregua con los que el Reich intentaba devastar la capital británica. La base argumental de la novela no es otra que la captación de las repercusiones que aquellos hechos tuvieron en la población civil, personificada en cuatro protagonistas: Viv, Helen, Duncan y Kay. Ellos, sus palabras y sus hechos, ponen de manifiesto el fuerte impacto existencial que a muchos ciudadanos londinenses les hacía imposible soportar la presión de verse enfrentados cara a cara con una muerte casi segura, mientras que a otros les abría la puerta de impensables oportunidades  de vivir y realizarse de una forma distinta, con una libertad que jamás habían soñado, pero que los estigmatizaría para siempre.
Sarah Waters es un gran recuperadora de historias perdidas. En Ronda nocturna esas historias son las de Viv, Helen, Duncan y Kay, cuatro jóvenes con las que Sarah Waters pretende simbolizar la respuesta de la gente ordinaria frente a la guerra. En un ambiente de devastación y de horror surgen los amores, amores ocultos por obvios motivos sociales: los que germinan entre mujeres en un tiempo que no es el de hoy; también los que semejan perfilarse entre personas de distinto sexo, porque alguno de los personajes está casado y al mismo tiempo se halla indeciso sobre el destino de su matrimonio.
La estructuración del relato en tres períodos evita la reconstrucción de los particulares avatares de cada personaje a través de flashbacks y hace que nazca  en el lector un especial interés: el de descubrir, en la tercera parte de la novela, los orígenes de las relaciones. Cómo nacieron y cómo se alimentaron los amores y desamores, que secretos permanecieron sin verbalizar  y, en especial, cómo la guerra actuó de inflexible y férrea directora, haciendo que todos los personajes, que aparecen en el relato a través de escenas entrecruzadas, y muy humanizados, se pregunten al concluir el conflicto: y tú, ¿cómo lo soportaste, cómo resististe?
Las respuestas nos llegan de personajes mucho más humanos que los que Sarah Waters había creado para su trilogía victoriana. Al relatarnos sus vicisitudes -también su sexualidad sin eufemismos- la autora pretende acabar con el estereotipo heterosexual de aquellos días: “Me interesaba recuperar historias jamás contadas o que permanecieron silenciadas, como el hecho de que hubo muchos homosexuales que fueron héroes de guerra”

Francisco Martínez Bouzas

Sarah Waters

Fragmentos

“Él le subió la falda y le pasó la mano por la parte desnuda de la pierna, debajo de la nalga. Ella pensó que su vestido de crespón se estaría arrugando, que se le estaría enganchando las primorosas medias zurcidas por las hadas, pero ahuyentó el pensamiento. Al volver la cabeza, las campanillas se le cayeron del pelo y se le aplastaron, pero a ella no le importó. Percibió el olor a polvo, el olor repulsivo de la moqueta del hotel; se imaginó a todos los hombres y mujeres que quizá se hubieran abrazado encima o que acaso estaban tendidos así ahora, en otras habitaciones, en otras casas…, unos desconocidos para ellos…La idea, de pronto, le pareció encantadora. Reggie se abatió sobre su  cuerpo, como tenía que ser, y ella dejó que sus miembros se ablandaran, cediendo al peso del otro cuerpo, pero siguió moviendo las caderas. Se olvidó de su padre, de su hermano, de la guerra; se sintió expulsada fuera de sí misma, liberada”.
…..

“-¿Eso es el sentido de esta guerra? –preguntó Julia.
-¿Tú cuál crees que es?
Creo que es nuestro amor  a la barbarie, más que nuestro amor  a la belleza. Creo que el espíritu que se le infundió al edificio de St. Paul ha demostrado ser flaco: es como pan de oro y ahora se está levantando, se descascarilla. Si no nos pudo librar de la última guerra y no ha podido librarnos de esta…, de Hitler y el nazismo, del odio a los judíos, del bombardeo de mujeres y niños en capitales y ciudades…,¿de qué sirve? Si tenemos que combatir con tanto ahínco para conservarlo, ¡si unos ancianos tienen que patrullar por los tejados de las iglesias para barrer de ellas las bombas incendiarias con unos cepillos!, ¿qué valor tiene? ¿Qué lugar ocupa en el centro del corazón humano”

(Sarah Waters, Ronda nocturna, páginas 215, 408-409)

domingo, 18 de marzo de 2012

"LAS HERMANAS BUNNER", CRÓNICA DE LA ABNEGACIÓN FEMENINA

Las hermanas Bunner
Edith Wharton
Traducción de Ismael Attrache
Editorial Contraseña, Zaragoza, 2011, 155 páginas.


La obra más famosa y seguramente más representativa de la escritora newyorkina Edith Wharton es La edad de la inocencia. Sin embargo, para muchos lectores, esta novela, Las hermanas Bunner, que transcurre en la misma época y en la misma ciudad en la que se desarrolla la acción de aquella, es mucho más completa y madura que la descripción de la ostentación, el ambiente refinado y superficial de la alta sociedad burguesa de Nueva York que Edith Wharton deja translucir en La edad de la inocencia. Ahora han cambiado el decorado y los personajes.
Edith Wharton nos permite conocer en esta novela breve a dos hermanas, Ann Eliza y Evelina Bunner. Son poseedoras de una modesta mercería en un barrio humilde, en una calle destartalada y miserable, si bien no carente del calor humano que se transmite entre sus moradores. Su microcosmos se reduce a atender a los escasos clientes, a compartir sus vidas en una existencia no idílica, pero sí estable y armoniosa, con los hombres situados en la periferia de sus vidas, porque las hermanas Bunner ya han olvidado la flor de su juventud y sus sueños de boda se han evaporado por completo.
Pero de pronto la apacible rutina en la que viven inmersas y sus vidas anodinas y grises se trastocan por la llegada de un reloj que Eliza regala a su hermana pequeña el día de su cumpleaños. Con el reloj irrumpe en su vivir cotidiano el relojero alemán al que Eliza se lo había comprado. Ese hombre dislocará a partir de ese momento no sólo su apacible microcosmos exterior, sino sobre todo su mundo interior, haciendo brotar en ellas de nuevo las viejas y marchitas ilusiones. Debido a un fallo del reloj, el señor Ramy, el relojero de origen alemán, comienza a frecuentar la humilde trastienda, hasta que llega un momento en el que pide en matrimonio a Eliza, la hermana mayor.
A partir de entonces, ese perfecto mecanismo que era la rutina de sus vidas se disparata y resquebraja, sin que nadie pueda impedirlo. La conmoción por la inesperada declaración de amor es tremenda, pero Eliza cede de inmediato ante un delicado y hoy quizás incomprensible sentimiento: la renuncia y abnegación de la mayor de las hermanas Brunner, nacida para colocarse siempre en segundo plano y para proteger la felicidad de la hermana menor, que acepta complacida los sacrificios fraternales. El relato toma entonces otros derroteros que nos llevan a un final dramático en el que la hermana menor sucumbe víctima de las circunstancias.
Las hermanas Bunner, como ha señalado la prologuista Soledad Puértolas, es una novela de amor, un amor al que el personaje que nos guía por la historia renuncia, no por pretender ajustarse a los prejuicios sociales de la época, sino por razones mucho más profundas que tienen que ver con lo que para ella es algo sagrado: la unidad fraterna ante la cual el amor y la propia felicidad deben de ceder, pensando que de esta forma consolidará la felicidad de la hermana pequeña.
Edith Wharton profundiza sobre todo en un personaje, en su heroína Ann Eliza. Su destino en la vida es situarse en la trastienda como sostén de su hermana. Una exaltación pues de valores -pseudo valores los llamaríamos posiblemente hoy- como la abnegación, el sacrificio, la renuncia que, no debe olvidarse, formaban parte del estereotipo  genérico femenino en la época en que fue escrito el texto. Ann Eliza ni siquiera sueña con permitirse el lujo de la autocompasión. Casarse con el hombre por el que ella también suspira, le parece un derecho no de ella, sino de su hermana. ¡Casi como la posesión de un hermoso cabello ondulado! Renuncia incluso a reconocer ciertas oportunidades perdidas y ni siquiera se considera merecedora de vestirse con la frágil tela de las ilusiones. Al final, sin embargo atisba la inutilidad de los sacrificios personales y que el  fallecimiento de la hermana por la que tanto se había sacrificado, equivalía a la postrer y definitiva negación de su pasado.
Edith Wharton escribió esta historia en 1892, aunque no sería publicada hasta 1916. Los más de cien años transcurridos no han envejecido ni la substancia ni el perfil de esta novela,  a pesar de que la sociedad actual repudie la abnegación como un trasnochado y agotado modelo femenino. Y no ha envejecido porque la escritora hilvanó y tejió la trama de su historia con una prosa exquisita con la que recrea a la perfección atmósferas y ambientes, a la vez que sabe introducirnos con sutil maestría en la vida y en el interior de estos dos personajes, que viven refugiados en un mundo modesto, limitado, pero dulce y exento de maldad que solo hará acto de presencia en el desenlace y al que tendrán que enfrentarse las hermanas desde la mansedumbre de su inocencia. Un gran texto pues en el que podemos recrearnos todavía hoy, ciento veinte anos después de haber sido escrito.

Francisco Martínez Bouzas

Edith Wharton

Fragmentos

“-Veamos, señorita Bunner…- comenzó a decir, acercando el taburete al mostrador-. Creo que debería decirle al fin para qué he venido hoy. Quiero casarme.
Ann Eliza, durante muchos rezos a medianoche, había intentado armarse de valor para cuando escuchara esa declaración, pero ahora que esta se producía se sintió lamentablemente asustada y  poco preparada. El señor Ramy se apoyó con ambos codos en el mostrador; ella advirtió que tenía las uñas limpias y que se había cepillado el sombrero: ¡ni siquiera esas señales le habían puesto sobre aviso!
Al fin se escuchó decir, con una garganta seca en la que le palpitaba el corazón:
-¡Válgame el cielo, señor Ramy!
-Quiero casarme -repitió él-. Estoy muy solo. No es bueno que un hombre viva tan solo, que coma fiambre todos los días.
-No- confirmó quedamente Ann Eliza.
-Y tanto polvo ya me resulta excesivo.
-Sí, el polvo… ¡Es verdad!
El señor Ramy la señaló con uno de sus dedos de yemas cuadradas:
-Le ruego que me acepte.
Ella seguía sin comprender. Se levantó titubeante y apartó la cesta de los botones que se interponía entre ellos (…)
-¿Yo? ¿Yo? -preguntó jadeante”
…..

“Pero otros pesares más serios atormentaban su sobresaltada conciencia. Por primera vez en la vida atisbaba la horrible cuestión de la inutilidad de los sacrificios personales. Hasta entonces ni se le había pasado por la mente poner en duda los principios heredados que habían regido su vida. Pensar en el beneficio de los demás antes que en el suyo propio le había parecido natural y necesario, porque había asumido que eso implicaba la consecución de ese beneficio. Ahora se daba cuenta de que renunciar a las alegrías de la vida no garantiza la transmisión de estas a aquellos por quienes se ha renunciado a ellas; su paraíso familiar estaba deshabitado. Sintió que ya no podía confiar ni siquiera en la bondad ni en Dios y que solo había un abismo negro sobre el tejado de la tienda de las Hermanas Bunner”

(Edith Wharton, Las hermanas Bunner, páginas 77-78, 238)

viernes, 16 de marzo de 2012

"SANTA MARÍA DE LAS FLORES NEGRAS", ÉPICA Y TRAGEDIA DE LOS SALITREROS PAMPINOS

Santa María de las flores negras
Hernán Rivera Letelier
Seix Barral, Buenos Aires, 238 páginas
(LIBROS DE FONDO)


 A Lidia Silva Gaete que me ha hecho llegar este libro desde el Sur del Mundo.

Santa María de las flores negras, una novela poco conocida en España, cierra lo que se ha llamado el “imaginario del salitre, un macrotexto literario que rescata la identidad pampina, surgida de la convivencia, a principios del pasado siglo, de los salitreros chilenos, peruanos y bolivianos,  bajo el yugo esclavizante del gringo (en esta caso oligarcas europeos, ingleses sobre todo), dando lugar a historias rebosantes de épica y finalmente a la mayor masacre cometida contra el proletariado. Su autor, Hernán Rivera Letelier, un icono en Chile, escritor autodidacta que ha vivido en propia carne experiencias similares a las que relata, porque en su niñez y preadolescencia experimentó las duras inclemencias de la pampa nortina chilena, así como la inhumana dureza de la vida de los trabajadores del caliche. Por eso mismo, confiesa Rivera Letelier, ahora que en España se ha comenzado a premiar su narrativa: “Basta con verme la cara para comprobar que no soy un intelectual…Mi rostro es la cartografía del desierto”.
Santa María de las flores negras es a la vez epopeya y tragedia y sobre todo un rescate del olvido de un hecho histórico al que es preciso remitir para entender la magnitud épica y trágica del relato de Rivera Letelier. La colonización española dejó profundas huellas en Latinoamérica, calvo de cultivo para la descolonización: la gran riqueza en materias primas de la mayoría de los países latinoamericanos fue explotada por el poder y el dinero de empresas extranjeras, a costa de una mano de obra barata y sumisa, que, sin embargo, luchaba por la supervivencia soñando con mejores condiciones de vida. Ese sueño comenzó a convertirse en reivindicación en la región pampina de Chile. Los trabajadores del salitre vivían en condiciones de semiesclavitud: jornadas de trabajo de catorce horas, en condiciones pavorosas, sin derecho a asistencia médica, sin medidas de seguridad, ni siquiera en los denominados cachuchos (zonas donde el salitre hierve a más de 100º C). Los trabajadores y sus familias vivían en casas propiedad de las empresas y eran remunerados con fichas que los obligaba a comprar en las pulperías de las mismas compañías u oficinas que vendían a un precio excesivo y lo que querían, sin tener en cuenta las necesidades del empleado.
Fueron estas precarias condiciones de vida las que actuaron de fuerza impulsora para organizar a los obreros, que empezaron a reclamar el pago del jornal a dieciocho peniques, la eliminación del sistema de fichas, cubrir los cachuchos para evitar los accidentes mortales y balanzas y varas de medir en las pulperías. A partir de diciembre de 1907, los trabajadores de las distintas oficinas calicheras pampinas se declararon en huelga y comenzaron a afluir a la ciudad portuaria de Iquique. Después de varias negociaciones, miles de trabajadores con sus mujeres e hijos son atrapados en la escuela Santa María. Hasta que el 21 de diciembre las tropas militares, al servicio de la oligarquía, iniciaron una salvaje matanza, asesinando a más de tres mil obreros.
Estos son los hechos históricos documentados sobre los que Rivera Letelier teje una  historia que nos sitúa en el corazón de esos sucesos teñidos por la épica y la tragedia de una masacre de miles de personas indefensas. Fueron más de diez mil personas, entre hombres, mujeres y niños, caminando deshidratados por el desierto -“sentíamos como si en vez de sangre nos corriera salitre ardiendo por las venas” (página 17)-. Es el gran río, esta vez árido y extenuante que brota del desierto, como ha escrito hace muy poco Jorge Edwards y que termina e un inmenso y espantoso drama.
Todo ello narrado desde el punto de vista de un viejo calichero, Olegario Santana, que nunca vio una mujer de verdad, pero que vive con dos jotes sobre las planchas de calamina de su mísera vivienda en medio del desierto y que se suma a la protesta pero sin creer que las cosas vayan a cambiar. Será él quien nos cuente la historia, como un calichero más, puesto ahí como anónimo testigo para registrar todos los detalles y convertirse en la memoria histórica de aquellos hechos.
La novela es la literaturización de aquella gran marcha, un gran sueño de unidad de un heroico y desarrapado tropel de seres humanos confluyendo, a través del desierto, hasta la ciudad de Iquique. Esa épica social, expresada frecuentemente con un “nosotros” comunal que emplea el narrador, al cantar el recorrido por el desierto y las horas y los días del conflicto colectivo, se amalgama con las historias de las experiencias vitales de los personajes de ficción, en las que sobresale un profundo sentido social y humano, pero también contradicciones, celos, rencillas y solidaridad. La solidaridad del hombre, quizás rudo y primitivo. También sus amores y desamores, algunos, especialmente el de la pareja de jóvenes Liria María e Idilio Montaño, descritos en clave quizás un tanto folletinesca, uno de los puntos débiles de la novela.
El narrador finalmente nos sitúa en el trágico desenlace en el que las ametralladoras del general Roberto Silva Renard acorralan y siegan las vidas de miles de seres humanos. También ambientes y escenarios de terror, en la culminación nefasta que el lector comienza a presagiar muy pronto, forman parte de una novela épica en la que no hay héroes individuales. El héroe es todo un pueblo, los hijos del salitre.
En la novela de Rivera Letelier, narrada con un lenguaje claro, directo, aunque muy rico en la terminología de la industria calichera y en el habla popular pampina del Gran Norte, están así mismo presentes el humor y el sarcasmo, referidos a veces de forma carnavalesca. Y sobre todo el espacio físico, las geografías austeras, desoladas pampinas, el sol, la sequedad. Así como la idiosincrasia de sus habitantes, seres escépticos y desengañados que consuelan su explotación y su miseria en los prostíbulos y en las cantinas. Y ¡como no!: tampoco faltan los símbolos: esos jotes carroñeros que han sido interpretados como agoreros de la muerte, pero que el autor quiere ver como emblemas de la explotación.

Francisco Martínez Bouzas


Hernán Rivera Letelier

Fragmentos

“Ya fuera del pueblo, en plena pampa rasa, siguiendo siempre la ruta de la línea del tren, iluminados por antorchas y chonchones de carburo, apuramos el paso animosos y llenos de esperanza por nuestro cometido. En realidad, nos parecía increíble la gran epopeya que estábamos viviendo. Y es que, de pronto, nos dábamos cuenta de que ya no éramos sólo un puñado de obreros de la oficina San Lorenzo, mendigando un aumento de salario al gringo de la cachimaba, sino que de la noche a la mañana, conformando una gran masa de gente soñadora, nos habíamos convertido en una especie de ejército salitrero libertador, en una épica y desharrapada caravana de hombres, mujeres y niños que atravesaban uno de los parajes más inclementes del mundo para exigir por sus justos derechos laborales”
…..

“-Soñar ya es luchar de alguna manera, don Olegario. Alguien dijo por ahí que todos los sueños son insurrectos.
-Es que usted no sabe, doña Gregoria, aquí nos pueden matar a todos como carneros.
-Se podrá matar al soñador, pero no al sueño- respondió ella con voz altiva”
…..

“Eran las tres y cuarenta y ocho minutos de la tarde del sábado 21 de diciembre -el viento del mar aún no comenzaba en Iquique- cuando el general Roberto Silva Renard, desde los alto de su cabalgadura blanca, bajó el brazo dando la orden de fuego.
Al instante, el piquete del O’Higgins hizo su primera descarga hacia la azotea de la escuela en donde, de pie, frente a la plaza, rodeados de banderas y estandarte, con la actitud serena de los que luchan por algo justo, permanecían unos treinta dirigentes del Comité Central. A la descarga de la fusilería varios de ellos cayeron sobre el tumulto que cubría la puerta y las rejas del patio exterior…Era tal la confianza nuestra y la de toda la gente respecto de que el ejército chileno jamás cometería el crimen de disparar sus armas sobre sus compatriotas indefensos, que mientras los de adelante, muchos con el cigarrillo humeante en los labios, caían perforados por los tiros de los fusileros, los de más atrás gritaban a voz en cuellos, convencidos sinceramente de sus palabras, que no había de que asustarse, hermanitos, que sólo eran balas de fogueo”
…..

“Mientras Olegario Santana camina en el apretujamiento tratando de amarrarse el pañuelo en la herida del hombro, y pensando que todo eso no puede ser real, un hombre joven que camina a su lado se ofrece a ayudarle. Mientras le ata el pañuelo, el hombre comienza  a hablar diciéndole que hay que grabar firme en la mollera cada detalle de los que está sucediendo; estarcirlo a fuego en la memoria. Que después los madamases van a querer echar tierra sobre la masacre horrenda, pero ahí estarán ellos entonces para contársela a sus hijos y a los hijos de sus hijos, para que estos a su vez se lo transmitan a las nuevas generaciones”

(Hernán Rivera Letelier, Santa María de las flores negras, páginas 39, 145-46, 215, 224)

miércoles, 7 de marzo de 2012

"DOS MUJERES" DE ELVIO GANDOLFO, ENTRE LA PULSIÓN SEXUAL Y EL TERROR

Dos mujeres
Elvio E. Gandolfo
Editorial Periférica, Cáceres, 2011, 124 páginas.


Dos mujeres fue editado en Argentina hace 20 años. Gracias a la cacereña Editorial Periférica llega al mercado español demasiado tarde, aunque no a destiempo, porque la buena literatura no tiene edad y estas dos novelas breves son excelente literatura y por eso no han envejecido. Alguien ha escrito que la obra de Gandolfo es tan numerosa y extraordinaria que resulta difícil de creer que durante años se haya impedido a los lectores españoles acceder a ella. Lo subscribo, como también rubrico la afirmación de Fogwill de que ni Ricardo Piglia ni él mismo eran capaces de escribir cuentos como los que escribió Elvio Gandolfo.
En efecto, Elvio Gandolfo (San Rafael, Mendoza, 1947) es, en las distancias cortas, un narrador de primer orden, un creador de historias que se suelen iniciar con una anécdota o acontecimiento realista, casi siempre banal, pero que poco a poco, va derivando hasta las fronteras de la extrañeza y terminan en auténticas narcosis de terror.
En Dos mujeres, un libro fundamental en lo que se ha denominado lo “fantástico latinoamericano” conviven dos novelas breves: “Rete Carótida” y “Escamas, piel”. Ninguna de ella está protagonizada por mujeres, pero en ambas son ellas las que representan la amenaza y el maleficio en ambientes teñidos de extrañeza, surrealismo y decorados propios de la literatura pulp. “Rete Carótida”, más que novela corta, es un relato largo. El título le da nombre a la enigmática mujer de más de ciento treinta kilos que le entrega sobres al protagonista con materiales pornográficos, cada vez con mayor grado de anormalidad y de perversidad. Poco a poco el protagonista se siente inmovilizado como  por una parálisis tetánica de terror, temiendo ser inmovilizado por esta vieja obesa y descarriada que se convierte en una pesada losa que obstaculiza el avance de la relación amorosa del personaje principal en una deriva fantastica hacia maléficos miedos y terrores.
Elvio Gandolfo
Pero es en “Escamas, piel” donde Gandolfo luce todas sus dotes de gran cuentista, capaz de mostrar hasta la extenuación “el sentido de lo morbosamente antinatural”, que fue como definió Lovecraft, del que Gandolfo es discípulo y traductor, el género del miedo. En su texto Gandolfo teje una trama de amour fou, de amor obsesivo. Se repite el esquema ya insinuado: todo da comienzo con un hecho aparentemente trivial: Berti, a pesar de la categoría de su puesto en la ferretería en la que trabaja, es el encargado de ir a comprar a media mañana los bizcochos a una panadería cercana. Y allí la vio y comenzó a esperarla con placentera ansiedad. La sigue y va completando la imagen de la panadera. Será ella, Irene, estudiante de medicina, mujer misteriosa sobre la que recaen extrañas habladurías, la que lance la primera piedra. Así da comienzo el romance donde la pulsión erótica se convierte en algo ineludible. Y paulatinamente, sin que la atracción sexual decaiga a pesar de las advertencias, el terror hace acto de presencia en sus encuentros eróticos.
El texto de Gandolfo cuenta con todos los ingredientes de la gran literatura fantástica de miedo. Todo comienza por la trivialidad cotidiana. La escritura laberíntica del autor, poblada de elipsis, nos va acercando a una mujer que no es la imagen del miedo, sino una obsesión erótica imposible de esquivar. La intensa relación sexual termina empujando al lector hasta las fronteras de la extrañeza y es capaz de insinuar una transgresión maligna de las leyes fijas de la naturaleza (Lovecraft dixit), para suscitar la duda, la sensación de irrealidad y  con ellas, emociones tan primitivas como el miedo pánico en los momentos de “narcosis de éxtasis oscuro”.

Francisco Martínez Bouzas

Fragmentos

“Rete Carótida dejó caer su corpachón de casi ciento treinta kilos en la silla que estaba frente a mi, haciéndole crujir los travesaños, y dejó escapar un brutal suspiro de alivio por los labios encastrados de rojo, cada uno del ancho de un dedo grande. Es curioso, pero ni en ese primer instante de asombro llegué a pesar que fuera una prostituta,  a pesar de la gordura, de los colores estridentes de todos y cada uno de los adornos y prendas, de la forma exagerada en que llevaba pintados los ojos y las mejillas. Me sentí abrumado por un asalto en masa de superficies. Cada plano de su rostro, las manos, las uñas pintadas casi de violeta oscuro, parecía abarcar una superficie no sólo mayor sino infinitamente mayor que la de cualquier otra mujer. Me fue imposible asignarle una edad”
…..
“Ahora en cambio, la segunda etapa empezó a pasar a otra, con el rostro de ella contorsionándose como en un potro de tormento. Berti empezó a temer, porque nunca había pasado antes, pero sentía que también el sexo de ella sufría un proceso de cambio, arrastrándolo en un remolino imposible de interrumpir con palabras: sólo un movimiento brusco, feroz de todo el cuerpo podría cortarlo, como una cuchillada. Sabía sin embargo que aquel era el desafío que se ocultaba en el caminar de la mujer, en la mirada entre ansiosa y temerosa, que empezaba a liberar lo que tenía en sí misma. En ese momento la mujer había empezado a dejar de ser simplemente Irene. En vez de apartarse, Berti, que estaba debajo de ella, apretó las piernas, y sintió los brazos de la mujer estrechándolo más, mientras gemía como si algo -no el sexo de Berti, sino algo innominado y oscuro, perteneciente a ella misma- la estuviera desgarrando por dentro.
Berti la besó, buscó su lengua, enredándola y tocándola apenas con los dientes, sin llegar a morderla. Ella apretó aún más el abrazo y Berti cerró los ojos. Hubo un gemido aún más agudo, fino, casi en el límite de lo audible, y entonces lo invadió una ola de terror extremo en la obscuridad de los ojos cerrados. Porque sintió que lo que lo envolvía no era la piel casi blanca de Irene, ni los brazos de la mujer que amaba, que compraba pan en la panadería, sino otra cosa múltiple, enorme, vigorosa, distinta hasta la repulsión de la que quería separase ya, para correr hasta interponer la máxima distancia posible, en el tiempo y en el espacio”

(Elvio E. Gandolfo, Dos mujeres páginas 7-8 y 111- 112)

sábado, 3 de marzo de 2012

"VITA", LA GRAN NOVELA DE LA EMIGRACIÓN ITALIANA

Vita
Melania G. Mazzucco
Traducción de Xavier González Rovira
Editorial Anagrama, Barcelona, 541 páginas
(LIBROS DE FONDO)


Muy pocos países de Europa se distinguen por una significativa producción narrativa sobre la emigración. La realidad de nuestros días es que los flujos migratorios se dirigen hacia Europa, pero es suficiente un breve retroceso de unos cuantos años para hallar la imagen inversa. América, tanto la del Norte como la del Sur, fue el continente que acogió con las manos abiertas a millones de europeos que, huyendo de la miseria o de la opresión, encontraron al otro lado del Océano una segunda patria segura.Argentina, México, Chile, Venezuela, Colombia…  abrieron con generosidad sus puertas a los emigrantes europeos. Inexorablemente con los ríos de los recuerdos me viene a la mente la figura de eximio poeta gallego, Antón Avilés de Taramancos que en 1961, huyendo de la dictadura franquista y por invitación del Cónsul colombiano en A Coruña, emigró a Colombia, donde se casaría con una hija de aquella tierra, Sofía Barquero Céspedes. La familia se traslada en 1970 a Cali y en esta ciudad regentará una próspera librería. Tras su regreso a España en 1980, la huella colombiana y en especial la del Valle del Cauca se dejará sentir de forma muy profunda en la obra y en el alma del poeta gallego, sobre todo en su poemario Cantos caucanos, editado en Galicia en 1984 y que rezuma por todos sus poros líricos los sabores del Cauca, su segunda patria (“Ningunha noite tan fermosa como a noite de Cali. Dionisos unxía os corpos dun frenesí inesgotábel...”). En tierras andinas desempeñará los más peregrinos oficios para sobrevivir. De la misma manera que hacen hoy los miles de anónimos emigrantes colombianos en Europa, que guardan en el baúl de los amargos recuerdos insólitas epopeyas de supervivencia que algún día alguien debería fabular.
Como los personajes de la novela Vita de Melania G. Mazzucco que sobreviven en Nueva York entre hambre, vejaciones, prepotencias de la Mano Negra y que descubren juntos la muerte y el alfabeto, el sexo y el amor, la traición y la fidelidad. Vita es la gran novela de la emigración italiana en América. Su autora, Melania G. Mazzucco (Roma 1966), que estuvo a punto de conseguir el prestigioso Premio Strega con sus dos primeros libros, El beso de la Medusa y La habitación de Balthus, lo ha obtenido,  y con todo merecimiento, con este romance basado en una historia real sobre la emigración italiana en la pasada centuria. Su procedimiento a la hora de narrar es elemental pero muy verosímil: Melania G. Mazzucco sigue las huellas que dejaron miles de emigrantes en el otro lado del mar, interroga a sus familiares, descubre y analiza correspondencia, ahonda en la memoria e inventa.
A comienzos del siglo XX doce mil extranjeros desembarcaban diariamente en el puerto de Nueva York, la ciudad de las oportunidades, buscando una vida mejor. De ellos, una buena parte eran italianos que son odiados como supersticiosos y criminales. Hay pues una inmensa y extraordinaria memoria histórica de la emigración italiana en los Estados Unidos, la de toda una vida que se despliega a lo largo de un siglo. Como la hay de otros países. Una memoria histórica que alimentó memorables películas (“Érase una vez América”, “El Padrino”), pero que no fue  aprovechada en la narrativa. Italia no se distingue por la producción de piezas narrativas de gran calado sobre su emigración. Ausencia difícil de entender si tenemos en cuenta que cada familia italiana podría escribir una saga familiar sobre la emigración, como señaló la autora de Vita. Sin embargo, su novela llenó este vacío  y entusiasmó a los italianos a los que les muestra con la fuerza de una fabulación de las que ya no se escriben, no sólo la historia de una saga, sino también una verdadera epopeya, hecha de humillaciones, ilegalidades, ignorancia y miserias. Hasta el punto de que el lector podría suscribir lo que leemos en una de las páginas del libro que acaba de traducir Anagrama: los italianos eran la minoría étnica más miserable de la ciudad. Mas miserable que los judíos, polacos e incluso que los negros. Eran negros que ni siquiera hablaban inglés.
Esta saga épico-lírica comienza un día de 1903. En Ellis Island desembarcan dos chiquillos originarios de Tufo de Minturno, una aldea perdida en las montañas del Garigliano. Son Vita y Diamante. Entr los dos completan los veinte años. Él es temerario, taciturno y precavido. Ella, todo lo contrario: intuitiva, inquieta, celosa. Los espera el tío Agnello, el padre de Vita , que sale a flote desempeñando múltiples oficios, que sin embargo no le permiten huir de la miseria. En una caótica y destartalada pensión del gueto italiano del dowtown, los dos adolescentes descubrirán la América que espera, pero que nunca regaló oportunidades a tantos hombres y mujeres escindidos entre la nostalgia de la vieja patria y los intentos por asimilar como sea el nuevo mundo.
En su narración, Melania G. Mazzucco hace de lo que solamente debería ser una ficción, una mezcla donde se conjugan fabulación y recuerdos familiares, en especial los de su abuelo, con la documentación histórica, fruto de una minuciosa investigación personal. Así pues, una nueva novela que amalgama historia e imaginación. Sin embargo, la escritora no siente como Álvaro Pombo la preocupación de estar inyectando ficción en la realidad histórica, porque todo lo que nos relata, comenzando por la invención de sus héroes y la inmensa mayoría de los personajes de la novela, existió realmente. Sin embargo la habilidad de la autora convierte la historia en una formidable fabulación.
Así pues, Vita no es únicamente el nombre de una niña de doce años, trasplantada desde la miseria de una aldea italiana a Nueva York. Vita también es la personificación literaria de millones de emigrantes italianos – dieciséis entre 1840 y 1940 – que nada más iniciar su experiencia en la ciudad de los rascacielos se dieron cuenta de que la América de la esperanza no era tal, sino al contrario, un lugar de violencia, árido y del que estaba ausente el amor. Una verdadera pesadilla tejida con las experiencias del propio abuelo como paño de fondo: “Comencé a interesarme por ellas cuando viajé a los Estados Unidos por primera vez en 1997. Me asomé entonces a aquellos años en los que los italianos pasamos de ser odiados emigrantes a gente que exporta belleza”.
 Vita recoge una gran cantidad de historias que se suturan unas con otras y se transforman en la epopeya de lo que fue la aventura de la emigración italiana, que desearíamos que sirviese de referencia para novelar la épica de los innumerables emigrantes españoles en América y la de los cientos de miles latinoamericanos que ahora lo hacen  a  Europa, ya que a través de la memoria todo vuelve a vivir.
 Bella y conmovedora saga épico-lírica con un argumento que es un canto al coraje, a los sueños y utopías, pero también a las desilusiones que ofrece América. Novela coral, repleta de personajes, que existieron realmente, personificación de tantos italianos que a inicios del pasado siglo decidieron realizar sus ilusiones en una tierra mítica y lo que hallaron, fueron pesadillas.

Francisco Martínez Bouzas

Melania G. Mazzucco


Fragmentos

“Lo primero que le toca hacer en América es bajarse los calzoncillos. Las cosas claras. Le toca enseñar las joyitas colgantes y la ingle todavía lisa como una rosa a decenas de jueces apostados tras un escritorio. Él, denudo, de pie, desolado y ofendido; ellos, vestidos, sentados y prepotentes. Él, con las lágrimas prendidas a la caída de una pestaña; ellos, sofocando sus risitas cohibidas, carraspean, y esperan. La vergüenza es centuplicada inicialmente por el hecho de que lleva unos calzoncillos de su padre, gigantescos, anticuados y raídos, tan sucios que no se los pondría ni un cura. El problema es que los diez dólares necesarios para desembarcar su madre se los ha cosido precisamente en los calzoncillos, para que no se los robaran por la noche en el dormitorio del piróscafo. En esos dormitorios -lo sabe todo el mundo-, en las interminables doce noches de viaje, desaparece de todo -desde los ahorros hasta el queso, desde las cabezas de ajo hasta la virginidad- y nada se recupera. Efectivamente, los dólares no han sido robados, pero a Diamante le ha dado vergüenza confesar a los funcionarios de la isla que lleva los dólares en los calzoncillos, y se le ha ocurrido la genial idea de decir que no los tiene”
…..

“Con el tiempo, a base de colarse en los salones de los barberos, en los lupanares y en las cantinas donde los matones apuestan en las carreras de caballos, de saltar y bajar sin caerse de los carros en marcha, Celestina ha adquirido una actitud insolente. Corre sobre la plataforma del ferrocarril elevado con el manojo de periódicos bajo el brazo -inasible para los vigilantes del orden y los vendedores de billetes, molestísimo para los clientes, más que un mosquito. Ha aprendido a agredir a los empleados cuando salen de sus oficinas y a gozar de su odio impotente de burguesitos asustados por su descaradísima insistencia. A desafiar a los lófaros disputándoles un pasaje en los trenes de mercancías que se dirigen a los depósitos, y a los murphy a pedradas- apuntando siempre a la cabeza, donde hace más daño. Boina de algodón en la cabeza, tirantes sueltos, sonrisa pícara, se asoma a figones y tabernas gritando LOS ESPELUZNANTES DELITOS AMERICANOS, SILLA ELÉCTRICA PARA EL ASESINO, LOS SECRETOS DEL VERDUGO, ÚLTIMO DELITO ATROZ DE LA MANO NEGRA…”

(Melania G. Mazzucco, Vita, páginas 23, 90-91)

jueves, 1 de marzo de 2012

AMALGAMA DE MONSTRUOS Y OUTSIDERS

Antes de las jirafas
Matías Candeira
Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2011, 141 páginas.


Matías Candeira (1984) no es una joven promesa de la narrativa en español, sino un autor ya consolidado y con un caudal bien surtido de originalidad y calidad. Dos libros en su haber a pesar de sus pocos años: La soledad de los ventrílocuos, 2009 y Antes de las jirafas, editado por Páginas de Espuma hace ahora unos meses. Quizás lo de menos, a pesar de la permanente reiteración, es que Matías Candeira cuente con la admiración de Vargas Llosa que le considera una “víctima del vicio de escribir”. Lo realmente relevante en su narrativa es su originalidad. La hechura de sus relatos es inédita, no se parece a la de ningún otro cuentista. Consecuencia quizás de todo ello es que uno de los relatos de este libro, “Exploradores” fue seleccionado para la antología de relatos “Aquelarre”. El relato de Matías Candeira fue el único escogido de un escritor nacido con posterioridad a la década de los 70.
Son dieciséis los relatos que conforman Antes de las jirafas, un verdadero mosaico híbrido de piezas de distinta textura pero cimentados en una propuesta estética con varios elementos en común: la celebración de los extraño, de la otredad, del desarraigo, de individuos outsiders propios de la literatura pulp o de la novela negra. “El libro -así lo define el autor- es un compendio de monstruosidades o personajes que hablan desde la periferia vital porque son asesinos o no encajan en su entorno. Extrae códigos de la serie B, el terror o el pulp entre el homenaje y la parodia”. Por eso en la mayoría de las tramas el lector tendrá que lidiar con ambientes obscenos, primitivos, anteriores ciertamente a esas jirafas del titulo. Y otra coordenada: la escritura de Matías Candeira se halla preñada de efectos visuales, de imágenes, construidas además con sutil ironía, fruto seguramente de su educación sentimental y profesional. Un libro que bebe de la querencia anglosajona por los fascines y de la cultura audiovisual del escritor.
Los personajes de estos relatos, desplazados de su propio ser, viven historias como mínimo inquietantes, repletas de símbolos que se originan en el lado oscuro y se desarrollan en parajes cotidianos a los que la imaginación del autor ha convertido en geografías densas y frecuentemente sórdidas.
Fijo mi atención en aquellos relatos que más me han impactado. “El extraño” abre el libro con la historia de un hombre transformado en monstruo debido a la mordedura de un pequeño anélido. A pesar de su forma de bestia antidiluviana, poco a poco es aceptado por su hijo y por su mujer que experimenta con él intensos e insólitos momentos de sexo. El mismo logra casi olvidarse de su nueva condición. Una historia de metamorfosis, de triunfo sobre los extraño y de enaltecimiento de lo monstruoso, de la otredad, preferida a la verdadera identidad.
Al personaje principal de “Jimmy” le nace el instinto de matar personas cuando, como ascensorista, sube  a un hombre que le confiesa que había olvidado su antifaz en el coche y que sin él, no podía dar azotes a su mujer en su décimo aniversario en el petrolero en el que viajan. Pero Jimmy está enamorado y su carta de amor, lanzada al viento nocturno, hace que el barco se vaya a pique. En “Unos ojos vacíos”, un relato sumamente frío, gélido, blanco y duro como la helada presenciamos a la madre agujereando los ojos del padre en las fotos de familia. El padre aparece ante el hijo con las cuencas de los ojos huecas. Son agujeros que, como un río silencioso, recorre toda su historia. “Manhattan Pulp” es un relato interferido por la cultura visual del autor que nos permite contemplar la disección ficcional del malvado Dr. Octopus y sus tentáculos.
“La dimensión del ojo” es un monólogo asfixiante de un personaje en un ambiente extraño, helado, entre las brumas del terror y del miedo, como si procediera de un sueño. En “Ese señor de ahí” sale a flote la vena humorista e irónica del escritor. Se mueren y con mucho dolor todos los que intentan describir al protagonista, hasta que él mismo prueba a suicidarse describiéndose a si mismo. “Exploradores” es un cuento extremo, desasosegante, asfixiante, preñado de violencia. En su trama nos encontramos con un padre  y su supuesto hijo que protegen un manzano cargado de frutas de los conductores que por allí pasan. El final rompe las expectativas lectoras y nos deja un sabor agrio en el paladar de nuestros sentimientos.
Finalmente, “Fractura”, una reivindicación de la imaginación. El protagonista se gana el pan dejando que conviertan su cuerpo en mueble/estatua ornamental en las casas de los adinerados, desde donde ve el mundo, colmado de máscaras e hipocresías.
En la lectura de Antes de las jirafas salta a la vista el trasfondo de crítica social que el autor despliega en sus diégesis, tejidas con una lengua exquisita, que permite vislumbrar una voluntad poética y un gran talento, capaces de suturar complejas apelaciones existenciales con imágenes y texturas cinematográficas.

Francisco Martínez Bouzas

Matías Candeira

Fragmentos

“- Ruge, papá. Ruge para mí.
Sin embargo, después de besarla en la frente (ay papá, cuidado con los cuernos) se pregunta cómo es posible, cómo puede ser que lo haya aceptado tan rápidamente; y mucho más al volver a su habitación, donde invariablemente su mujer lo espera ataviada con su mejor lancería. Unas cuantas noches consiguió resistirse a sus insinuaciones eróticas. Seguía sin comprender mucho de todo eso. Aunque bajo la cama de matrimonio corría un vientecillo helador, bastante insufrible, al menos allí estaba a salvo, podía pensar. En ese lugar era posible tratar de hallar una explicación al hecho de que su mujer pareciera sentir un nuevo afecto por él, a todas luces incomprensible. ¿Acaso a ella le gusta el peligro? ¿Le seduce la posibilidad de que a él, sin previo aviso lo atraviese un estertor de fiera? ¿De ser desmembrada, a lo mejor? ¿Qué ve cuando lo mira?  ¿Qué exactamente? Hace una semana, ella lo consiguió por fin. Los masajes, todos esos susurros apremiantes y lascivos, han surtido su efecto. Ningún hombre puede resistirse a un asedio de caricias como ésas. Desde entonces hacen el amor, salvajemente, con saña y la luz encendida, igual que dos cocodrilos extraños. El hombre de la cola mortífera se abalanza sobre ella, trata de no pensar, le araña el vientre con las garras y la penetra violentamente. A su mujer parece gustarle mucho. Agarrándose al cabecero de la cama, le pide que ruja con fuerza, toda la posible. Y él lo hace. Ruge con sus gritos de bestia prehistórica, con desesperación, tan fuerte que las paredes del dormitorio tiemblan”
…..

“Estás en nuestro sótano, le digo, y con lentitud voy señalándole la bombilla huesuda que cuelga sobre  nosotros, los contornos de las vigas, la herrumbre luminosa de los rincones (…) He decidido no hablarle de la pequeña montaña de huesos que hay al lado de la puerta verde, donde ni siquiera yo me atrevo a mirar. Él suspira, aprieta los dientes. Debe de dolerle muchísimo. No sé bien por qué, pero me atrevo a acercarme hasta donde está y me siento en el borde de la bañera. En realidad quizás lo hago esperando que se aparte bruscamente y así pueda golpearle la cabeza con la palanca con toda la fuerza que tengo. Partirle  la mandíbula sin más. Estallarlo. Abrirle un agujero en la nuca y así no tener que mentir si me pregunta por qué lo he esposado, qué es lo que hace mi padre ahí arriba con el sonido del cuchillo cada vez más denso, pulcro, sonido y miedo, el que reconoce cualquiera que esté esposado en un sótano y mire su boca y su saliva. Piedra. Piedra. Un golpe. La raspadura del metal. Y él se queda inmóvil al reconocer mis facciones”

(Matías Candeira, Antes de las jirafas,  páginas 17-18, 107-108)


viernes, 24 de febrero de 2012

"LOS NOMBRES", UN THRILLER PSICOLÓGICO EN EL MEDIO ORIENTE

Los nombres
Don DeLillo
Traducción de Gian Castelli Gair
Editorial Seix Barral, Barcelona 2011, 444 páginas.


El autor de Los nombres, Don DeLillo está considerado junto con Thomas Pynchon, Philip Roth, S. L. Doctorow y Cormac MacCarthy el quinteto de novelistas por excelencia entre los narradores norteamericanos. Nacido en el Bronx en 1936, en el seno de una familia de emigrantes italianos, Don DeLillo se formó con los jesuitas  en Fordham University. A los 18 años inició su andadura literaria. Los nombres no es la mejor novela de Don DeLillo, como se escribió en 1982, pero si la que le hizo llegar al gran público, antesala de Ruido de fondo (1985), Libra (1988), Mao II (1991), Submundo (1997) o Cosmópolis (2003)… que le supusieron el reconocimiento como gran narrador, autor de obras maestras. Johon Banville y Matin Amis catalogan su obra en el ámbito de la poesía, de la “poesía paranoica”, esto último debido a las obsesiones que inquietan a Don DeLillo con relación al papel de EE.UU. en el mundo y a su condición tanto de gendarme como de chivo expiatorio. Esa paranoia afecta en gran medida a muchos de los personajes de Don DeLillo: están  en distintos lugares del planeta como norteamericanos, como ciudadanos de una nación que es el líder imperialista mundial y consideran que es su deber influir  a favor de este liderazgo. Por lo tanto, la inocencia no configura sus conciencias.
Los nombres, recuperada hace unos meses por Seix Barral en su colección emblemática, “Biblioteca Formentor”, es una novela reveladora y plagada de ramificaciones y de simbolismo en el más puro estilo DeLillo. Escrita a finales de los 70, es un texto enmarcado en el contexto de la guerra fría. Por eso por sus páginas se mueven personajes expatriados que asumen tareas clandestinas y con una cierta monomanía marcando sus rumbos vitales. Reducida a una breve y elemental sinopsis, Los nombres nos acerca a la figura  de James Axton, un americano que como analista de riesgos ha sido enviado a Grecia por una empresa multinacional tras la cual se enmascara la CIA. Desde allí recorre el Oriente Medio, redactando informes acerca de los conflictos políticos y económicos de la región, en un momento en el que ha explotado la Revolución islámica en Irán, menudean los secuestros terroristas y el petróleo se ha convertido en arma hostil. Durante una visita a la Isla de Kouros, donde viven su ex-mujer y su hijo, se entera de un misterioso delito ritual: un viejo solitario y tullido aparece asesinado a martillazos. Owen Brademas, director de las excavaciones arqueológicas donde trabaja Kathryn, la ex-mujer, piensa que el delito pudo haber sido cometido por una secta de adeptos, practicantes de sacrificios humanos y obsesionados por el conocimiento del lenguaje, de los nombres y de los caracteres alfabéticos.
En otros lugares, geográficamente distantes, tienen lugar asesinatos con características similares y con el mismo modus operandi. Todo ello empuja al protagonista a buscar una explicación y esa investigación le lleva hasta las fronteras del lenguaje, en un puzzle cuya solución se encuentra en las palabras.
Los nombres está narrada  en primera persona y aparentemente se apropia de la forma de la novela policial. No obstante, la pesquisa detectivesca en esta novela es solamente un pretexto. DeLillo presta mayor atención a la presencia simbólica de Grecia y, sobre todo, efectúa una penetrante reflexión sobre el lenguaje que obliga al lector a un constante ejercicio hermenéutico.
Algún crítico ha citado a Los nombres como un ejemplo paradigmático de la narrativa posmoderna americana, porque DeLillo emplea el esquema de la novela negra  y sus ingredientes canónicos (asesinatos, sectas, conspiraciones, sexo, alcohol, espías…) para especular  sobre el lenguaje como horizonte de la escritura. Si Michel Foucault afirmaba que, separado de la representación, el lenguaje solamente existe en forma dispersa, DeLillo piensa que aquello que llevamos al templo como ofrenda no son plegarias o cantos angelicales, sino lenguaje. Con este lenguaje sobrevivimos en una realidad sumergida entre los fragmentos de un mundo posmoderno. El oscuro potencial del lenguaje, persiguiendo las huellas de unos misteriosos asesinatos rituales, conduce al lector precisamente hasta las raíces de la misma lengua. A la dispersión foucaultina del lenguaje, opone DeLillo una constante reelaboración de los propios gestos.
La novela asume además la problemática del papel de Norteamérica en el mundo a la que aludí al principio. EE.UU, como mito viviente de nuestro tiempo y la CIA como mito de Norteamérica. La novela capta perfectamente la tirantez entre la verdad que sin duda late en muchas de las críticas al país del autor, a su omnímodo y nada inocente liderazgo y el hecho de que Norteamérica sea así mismo el gran chivo expiatorio ante todos los males del resto del mundo.
La escritura de Los nombres es sumamente densa y compleja. La mirada del escritor salta del diálogo a la descripción de un paisaje o de los gestos de una persona. Una mirada que crea conexiones, se interroga sobre si misma como mirada, como lenguaje e incluso como mirada americana.
Libro pues que demanda una lectura pausada, reflexiva, subrayando y anotando y que en nada se asemeja a la celeridad de la narrativa detectivesca. Por lo tanto, a la hora de abordar Los nombres podemos hablar de thriller, pero thriller psicológico que refleja, sobre todo, la condición fragmentaría del mundo de los últimos decenios y eso a pesar de la globalización.

Francisco Martínez Bouzas



Don DeLillo


Fragmentos

“Norteamérica es el mito vivo de este mundo. No existe sentido alguno de culpa cuando matas a un norteamericano o cuando echas la culpa a Norteamérica de quién sabe qué calamidad local. En esto consiste nuestra función, en ser tipos característicos, en encarnar cuestiones recurrentes que la gente pueda utilizar para reconfortarse a si misma, para justificarse etcétera. Estamos aquí para complacer. Sea lo que sea que la gente necesite, nosotros se lo suministramos. Un mito es algo sumamente útil. La gente espera de nosotros que absorbamos el impacto de sus propios agravios. Resulta interesante. Cada vez que hablo con un hombre de negocios de Oriente Medio que demuestra afecto y respeto por Estados Unidos, presumo automáticamente que se trata de un estúpido o de un embustero. El sentimiento de agravio nos afecta a todos de un modo u otro”.
…..
“- Se lo estaba diciendo a Ann. No hacen más que cambiar los nombres.
-¿Qué nombres?
- Los nombres con lo que hemos crecido. Los países, las imágenes. Persia sn ir más lejos. Todos crecimos con Persia. Qué imagen tan vasta nos evocaba aquel nombre. Una inmensa alfombra de arena, un millar de mezquitas de color turquesa. Una inmensidad. Una gloria cruel que se remontaba a lo largo de los siglos. Todos los nombres. Una docena, o más, y ahora Rhodesia, claro está. Rhodesia decía algo. Mejor o peor, pero era un nombre que decía algo. ¿Qué nos ofrecen en su lugar? Arrogancia lingüística, le sugerí. Me dijo que era un comediante. Ella carece de memoria personal de Persia como nombre. Pero también es cierto que es más joven, ¿no crees?”.
…..
“El mundo se ha convertido en algo autorreferente. Lo sabes. Es algo que ha empapado la propia textura del mundo. Durante miles de años, el mundo representaba nuestra forma de escape, nuestro refugio. Los hombres se escondían de si mismo en el mundo. Nos ocultábamos de Dios o de la muerte. El mundo era donde vivíamos, y nuestro propio yo era donde enloquecíamos y moríamos. Pero ahora el mundo ha adquirido un yo propio. ¿Por qué? ¿Cómo? Eso es algo que da lo mismo. ¿Qué ocurre con nosotros ahora que el mundo tiene un yo? ¿Cómo nos las arreglamos para decir la cosa más simple sin caer en una trampa ¿Adónde vamos, cómo vivimos, a quien creemos? Esa es mi imagen, la de un mundo autorreferente, un mundo del que no existe vía posible de escape”

(Don DeLillo, Los nombres, páginas 155-156, 315, 390-391)