Mostrando entradas con la etiqueta Acantilado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Acantilado. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de septiembre de 2017

MIRADAS NOSTÁLGICAS, CAMBIOS IRREVERSIBLES



En pleno verano

Zsuzsa Bánk

Traducción de Marina Bornas Montaña

Acantilado, Barcelona, 2016, 137 páginas.



   La escritora alemana Zsuzsa Bánk (Fráncfort del Meno, 1965) es conocida sobre todo por su novela El nadador, traducida y publicada así mismo por Acantilado. El mismo sello editor barcelonés pone ahora a disposición de los lectores esta colección de cuentos, El pleno verano. Doce relatos unidos por varios nexos comunes: el inexorable acontecer del cambio que afecta también a las relaciones personales; la nostalgia, “enfermedad” de personajes generalmente sumidos en la soledad, en la melancolía, y que brota del ser doliente, de los actantes de los relatos con una variedad difícilmente delimitada: parejas que finiquitan años de matrimonio, pero carecen del valor para la definitiva separación; hombres y mujeres propensos al suicidio que, en las mismas fechas de cada año, intentan quitarse la vida; infidelidades puestas de manifiesto por inesperados accidentes; relaciones de amistad que naufragan. La imposibilidad de recuperar el tiempo ido, primordialmente los momentos felices; o la soledad, esa “fiel” compañera que solamente nos es permitido atenuar de forma provisional. En el fondo, narrativa que saca a flote algunas de las dolencias constitutivas del hombre doblemente sabio desde que descendió de los árboles.

   En el relato que abre el libro, “El último domingo”, la escritora alemana compendia varios de los temas del libro: Anna acaba de impartir una conferencia. Márti, hija de su antigua compañera, se le presenta con una pregunta: “¿Eres…?”. Quedan para el día siguiente en una reunión con toda la familia, incluida la antigua amiga, Zsóka. Pretenden resumir todo el pasado en una tarde de charla. Es invierno, pero evocan veranos lejanos, recuperados con el manto de la nostalgia. Pero todos los presentes en la reunión son conscientes del cambio que, con el paso del tiempo, afecta a sus vidas: el pasado se había perdido para siempre y no volverán las sensaciones de los lejanos veranos. Seguirán conectados durante un tiempo de forma epistolar hasta que la correspondencia se interrumpe. Finalmente llegará un telegrama que sintetiza de forma fríamente escueta el adiós definitivo de la antigua compañera. Y Anna se consuela rememorando los veranos compartidos y aquel encuentro que nunca supo que sería el último.

   En “Lydia”, la protagonista pierde la afición por todos los entretenimientos y gustos de la infancia y adolescencia, y a los dieciocho años hace las maletas y se marcha de casa, dejando a su madre y amigas en absoluta orfandad. “Tiempo de hielo” es un de los relatos teñidos por la amargura. En el mismo, al igual que en “Bosque navideño”, la nieve contextualiza de forma muy importante los acontecimientos: la tormenta recluya a las protagonistas en la casa de Becky. Mas la felicidad del reencuentro pronto se tornará en un ambiente sombrío debido al marido de Becky, un prepotente que no cesa de refunfuñar. Y así se desvanecen las ilusiones del caer de la nieve, de los paisajes azucarados. Ahora solamente es un fenómeno climatológico que tiñe todo de color gris. La atención a los detalles de la última secuencia del relato es una muestra maestra del estilo de Zsuzsa Bánk.  La nieve de “Bosque navideño” convierte en peligrosa la excursión de las amigas Sylvie y Lea al bosque que las engulle y donde pretenden repetir las pautas del pasado en un inútil intento por reconstruir el tiempo feliz de la infancia.

   Concluyo este repaso por algunos de los relatos de En pleno verano con una breve sinopsis  de “Delfines”, el texto que cierra el libro. En forma de diario escrito por uno de los miembros de una pareja que recorre Australia en búsqueda de los delfines, se recrean sus playas, paisajes lunares, minúsculos pueblecitos, un mar azul de plomo por la tarde o bancos de delfines que nadan al lado del barco que transporta a los visitantes. Es la afirmación definitiva de que siempre, después del invierno, llega el verano.

   Relatos, en definitiva, que captan, como con una cámara, pequeñas instantáneas y que ponen de relieve la complejidad de las relaciones personales, la fugacidad de la amistad y del amor, reencuentros marcados por los signos implacables del paso del tiempo. Y la experiencia de que nada perdura.

   La autora cimenta los relatos en una arquitectura compositiva casi siempre idéntica: el reencuentro de amigas, invariablemente en invierno, con el verano como referencia idílica, el tiempo de los días felices. La atención a los detalles minúsculos, deslumbrantes o sombríos, es otra constante de estas prosas, escritas  en primera persona y en un presente que resalta la inmediatez. Personajes bien diseñados, creíbles y un lenguaje delicado; con saltos en el tiempo y numerosas elipsis para huir de lo superfluo en un subgénero que, por su naturaleza, demanda concisión.



Francisco Martínez Bouzas



               

Zsuzsa Bánk


Fragmentos



“Evocan veranos ya lejanos. Veranos en los que Márti aún no existía. Anna era una niña y Zsóka casi una mujer. Veranos únicos que quedan lejos, pero que aún recuerdan todos los que están sentados a la mesa, salvo Márti. A Anna le duele pensar en aquellos veranos y, mientras alguien pide más cafés, adopta el tono del que sabe que algo ha terminado, que algo se ha perdido para siempre. Recuerdan el agua donde nadaban, su color azul, verde y gris según la hora del día, los jardines donde saltaban, los juegos de cartas ante la ventana cuando llovía y la luz que arrojaba el atardecer para indicarles que al día siguiente podrían volver a bañarse, Recuerdan la sensación que se apoderaba de ellos en cuanto volvían a verse, en cuanto llegaba uno de esos veranos únicos y se abrazaban junto al seto de un jardín tras un largo viaje, un recuerdo que ha permanecido inalterado por muy lejos que estuvieran unos de otros.”



…..



“Becky pide un refresco en la cafetería, todavía les sobra un rato. En la radio, que suena a través de los altavoces, dicen que la nieve se derretirá en los próximos días, porque las temperaturas subirán más de lo normal, y Carola no puede evitar pensar que los carámbanos de hielo de las lámparas y la escarcha de las ventanas desaparecerán, y la nieve de las calles se convertirá en agua. Se imagina el ruido sordo que hará al desprenderse, al caer de los tejados, de todos los tejados de aquella calle, en grandes y sólidos bloques, y cómo la gente apartará los coches y levantará la vista al caminar por miedo a que un bloque de nieve les caiga encima. Y piensa que la nieve, al derretirse, borrará y se llevará a tres niños y una mujer dibujados con lápices de colores en la pared de una casa.”



…..



“Lea ha apartado la mirada, duda un instante y luego se arrodilla, deja caer la cabeza hacia delante contra la barandilla del puente, abre los brazos, los apoya en los barrotes a derecha e izquierda, se asoma entre ellos para contemplar el agua, que parece fluir más despacio ahora que el viento se ha calmado, y entonces vuelve a decir en voz baja:«No quiero oírlo». Se lo dice al agua, como si no se dirigiera a Sylvie sino al río, como si tuviera que hablar con el agua, no con Sylvie, como si pudiera ignorarla. Sylvie se sienta a su lado y contemplan juntas las olas que parecen negras bajo la luz que proviene del puente y de ambas orillas.

El Intercontinental enciende su árbol de Navidad luminoso. Lea levanta la vista hacia la fachada de cemento, cuyas ventanas iluminadas simbolizan un abeto. Se levanta, se sacude el abrigo de plumas con las manos, con esa mirada con la que no ve  nada ni a nadie, y Sylvie cree por un instante que quiere quitarse el abrigo, la gorra y las manoplas, que quiere arrojarse al agua e irse, demostrarle que no tiene frío, ni siquiera sin ropa. Sylvie espera que lo haga, espera un momento, pero Lea vuelve a sentarse más cerca de ella, apoya la espalda en la barandilla, estira las piernas, echa la cabeza hacia atrás golpeando los barrotes y luego la deposita suavemente en el hombro de Sylvie. En algún lugar suenan las campanas.”



(Zsuzsa Bánk, En pleno verano, páginas 12-13, 43, 115-116)

sábado, 1 de abril de 2017

"TUYO ES EL MAÑANA". LA TRANSICIÓN DESENMASCARADA DESDE LA FICCIÓN



Tuyo es el mañana
Pablo Martín Sánchez
Acantilado, Barcelona, 2016, 218 páginas.

   Parece incuestionable que a Pablo Martín Sánchez le apetece utilizar ciertos elementos de su propia biografía en la elaboración de sus novelas. Lo hizo en El anarquista que se llamaba como yo (2012), en la que la coincidencia de su nombre con el de un anarquista que tuvo un papel destacado en algún episodio de la historia española, le dio pie para erguir una pieza narrativa considerada por algún medio de comunicación como el mejor debut de 2012. En este libro el autor elige el 18 de marzo de 1977 para situar un collage de historias ambientadas en Barcelona. Esa fecha coincide con la de su propio nacimiento, y en torno a ella construye una historia coral con varias voces y buenas dosis de intriga. Sin embargo, solamente de forma remota se puede considerar Tuyo es el mañana como autoficción. El autor no habla de sí mismo, aunque, tanto en este libro como en el anterior, pone algo de él, oculto en las voces de los seis personajes actantes y narradores  de sus propias historias, un conjunto de personajes concentrados en la misma ciudad, en el mismo día y cuyas vidas terminan cruzándose.
   La novela trancurre en un día de la Transición española, y de ella recrea momentos importantes. A Pablo Martín Sánchez le son suficientes veinticuatro horas para reflejar el espíritu de la época: las tensiones entre una interminable y cruel dictadura que acaba de fenecer aunque no del todo, y una naciente democracia que nada tuvo de idílica, repleta de atentados, asesinatos, renuncias y rencores. Una época sumamente convulsa que sirve de marco contextual a la novela; con problemas generados entonces, sin resolver todavía y que siguen cuestionando el presente.
   El autor estructura la novela al compás de las horas. Seis partes, habitada cada una de ellas por un personaje central y que abarcan todas las horas del día: medianoche, madrugada, mañana, mediodía, tarde y noche. Cada una de esas seis parcelas temporales se subdivide así mismo en otras seis secuencias, narradas y protagonizadas, cada una de ellas, por un personaje distinto: una adolescente, Clara, víctima del acoso escolar, especialmente de los malos tratos que le inflige Pena, uno de los matones del colegio. Mas rehén también de sus propias pesadillas. Por miedo a la prepotencia del compañero abusador, engaña a su madre y no va a una excursión escolar, sino al canódromo. Allí contacta con el personaje canino al que libera. Gerardo, un chileno que recuerda las torturas sufridas durante la dictadura pinochetista, profesor de una universidad barcelonesa, que va de copas, se acuesta con una de sus alumnas, lucha por la amnistía y, para conseguirla, no duda en urdir un torpe secuestro de un empresario catalán. Solitario VI, un viejo galgo con un gran pedigrí, comido por las pulgas y temeroso de que, en su decadencia, lo manden correr a Casablanca. Carlota, la alumna y folla amiga  del profesor chileno que está escribiendo un reportaje sobre bebés robados. José María Raich al que conocemos en Roma acostándose con una señorita italiana, un empresario carente de escrúpulos tanto en el trato con las mujeres como en los negocios. Lola, la madre difunta de Raich que habla desde un retrato: añora la dictadura y critica duramente las costumbres que ha traído consigo la incipiente democracia, se distrae fantaseando con las vidas ajenas y espía desde su cuadro a los vecinos. A estos actantes y voces narrativas habría que añadir la figura de un feto que va a nacer, al que al autor se dirige en segunda persona y que jugará un papel importante en el desenlace.
   Pablo Martín Sánchez le da así vida a una notabilísima novela coral. La polifonía de voces que van evolucionando a medida que avanza el relato, con excepción de la pétrea figura de la difunta que habla desde su retrato, nos muestra las vicisitudes y querencias de cada uno de los protagonistas, pero sobre todo se convierte en un fresco, a la vez cristalino y turbio, de lo que fue la Transición española. En veinticuatro horas el escritor fue capaz de condensar los principales acontecimientos de esos meses o años previos al referéndum: las manifestaciones pidiendo la amnistía general, los insuficientes indultos, el terrorismo, el ambiente estudiantil, las torturas en la comisaría de Vía Layetana -la casa de los horrores-, las cargas de los grises, la efervescencia sexual, las luchas por la liberación de la mujer…
   Y sobre todo, el espíritu de la época y la lucha de contrarios: las fuerzas reaccionarias del tardofranquismo y los todavía frágiles soplos renovadores de una democracia que da sus primeros pasos. Un choque de fuerzas opuestas fielmente representado por las pequeñas historias de violencia a la que están sometidos varios de los personajes de la novela: la adolescente, el galgo, la joven universitaria. Historias violentas que no dolo fueron negras flores de un día. Hoy sigue habiendo acoso escolar, espeluznantes escenas de maltrato animal, tráfico de recién nacidos, frivolidad y chulería de ciertos empresarios.
   Tuyo es el mañana no es una novela ideológica. Es ajena así mismo al maniqueísmo de buenos y malos -el autor ni siquiera enjuicia a la mirona que añora la dictadura-, sin embargo el autor tuvo la suficiente habilidad y un eficiente dominio de las estructuras narrativas para presentarnos, a través de historias atractivas, ese enfrentamiento de fuerzas opuestas, representadas por los distintos personajes. Y hacer que todos ellos confluyan en un final abierto, con el comienzo de un nuevo día y con el encuentro esperanzado de un niño que acaba de nacer: de él es el mañana.
   Es satisfactorio y plausible el punto de vista narrativo que utiliza el autor: el monólogo interior en ambientes y situaciones muy dispares. Así como la capacidad no forzada de hacer que los personajes vayan interaccionando hasta ese final que los congrega a todos en una vivienda barcelonesa. Una prosa precisa, en la que, no obstante, tienen cabida los coloquialismos de la calle, y cargada en ocasiones de humor e ironía, viste este retrato mural de las veinticuatro horas de un día en los que está condensada una Transición política de baja calidad y  mucho más problemática que idílica, como pretenden hacernos creer.

Francisco Martínez Bouzas

Pablo Martín Sánchez


Fragmentos

“Gerardo alarga el brazo y me toca la cicatriz, siento un escalofrío, yo también alargo el brazo y toco la suya, saca la lengua, me chupa los dedos, le cojo la mano y me la pongo en el pecho, me aferra la cintura y me atrae hacia él, noto su polla contra mi vientre, baja la cabeza y me besa, las lenguas se enroscan, le empujo y le obligo a sentarse en la butaca, me pongo a horcajadas y me quito el jersey, empiezo a desabrocharle la camisa mientras me magrea las tetas con manos temblorosas, le estrecho fuerte entre mis brazos y le digo al oído:
-Gerardo, no te acuestas conmigo
-¿Por qué?
-Porque soy muy mala.
-¿Y eso?
-Es que me gusta pegar cuando hago el amor
Le doy una bofetada y se queda parado.
-Pero no me gusta que me peguen, eh. ¿Quieres que te la chupe?
La respuesta es previsible como una cremallera, como la cremallera que ya le estoy bajando para meterme en la boca una polla inflada y ardiente, me vienen arcadas cuando roza la campanilla, escupo en el glande y extiendo la saliva con la punta de la lengua.”

…..

“Pero esto de la democracia ya pasa de castaño oscuro, ¡la gente ha olvidado lo que son los modales! El otro día, sin ir más lejos, José Mari me leyó la noticia de un taxista que se había negado a poner la calefacción a cuatro señoras que iban de La Coruña a El Ferrol. ¿Cómo es posible semejante desfachatez? Pues las señoras, ni cortas ni perezosas, sin que el taxista se diera cuenta, sacaron unas tijeras y vengaron la afrenta cortándole los cinturones de seguridad y los faldones del abrigo. ¿Y qué decir de eso que ahora llaman el destape? ¡Si hasta hay colas en los quioscos para ver mujeres satinadas en porretas! Degenerados, que son unos degenerados. Y, claro, luego pasa lo que pasa, que corrompen a los demás. Como a mi pobre José Mari.”

…..

“La adoro, yo a esta niña la adoro. ¿Por qué no habrá aparecido antes en mi vida? Seguimos caminando hasta desembocar en una plaza. A los pies de una escalera tan alta que parece llevar al cielo, una caniche roe un hueso. Al verme, se pone  a gruñir como una degenerada. Si no fuera por esa mierda que nos dan en la perrera, ahora mismo te callaba la boca, so histérica. Dos chicos pasan zumbando por nuestro lado subidos a unas pequeñas tablas con ruedas. Se detienen junto a un banco, sacan unos botes como los que hay en la cuadra para matar moscas y los disparan contra el muro, dejándolo lleno de colores. La gran ciudad es una maravilla. Acostumbrado a ir de la perrera al canódromo y del canódromo a la perrera, me he perdido tantas cosas. En otro banco de la plaza, una viejita tira pan a las palomas. Las palomas me vuelven loco, me encanta su cabeceo. Las liebres ya no. Tantos años persiguiendo liebres mecánicas me han inmunizado.”

(Pablo Martín Sánchez,  Tuyo es el mañana, páginas 28, 38-39, 157-158)

viernes, 28 de octubre de 2016

"Y ESO FUE LO QUE PASÓ": UNA MUJER EN EL POZO OSCURO DEL DESAMOR



Y eso fue lo que pasó

Natalia Ginzburg

Prólogo de Italo Calvino

Traducción de Andrés Barba

Acantilado, Barcelona, 2016, 110 páginas



   Pocas veces se ha definido a una autora o autor y a la heroína de una novela con la pujanza y vigor con que lo hizo Italo Calvino en 1947, refiriéndose a Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-Roma, 1961) y a su novela È sato cosí: “Natalia Ginzburg es la última mujer sobre la faz de la tierra, el resto son hombres” (página 7). Y añade que las desencantadas heroínas, las mujeres de este mundo, lo único que han hecho, durante generaciones y generaciones, ha sido esperar y sufrir. Esperar a que alguien las amara, se casara con ellas, las convirtiera en madres, las traicionara. Y Natalia Ginzburg que fue una mujer fuerte, confiesa, en una nota tan desgarradora como la trama de su ficción, que cuando escribió esta novela, ahora traducida al español y editada por primera vez en España por Acantilado, en el proceso de escritura de Y esto fue lo que pasó se sentía infeliz, no tenía ganas de pelear ni de combatir, pero decide escribir esta historia terrible para aligerar su infelicidad. Acababa de regresar a Turín, tras el asesinato de su marido por los fascistas en 1944, encontró un disparo y decidió seguirle la pista hasta dar con la oscuridad, la confusión y el enredo de la protagonista y autora del mismo. Todo ello en una novela cuya historia no es bella, tal como le dicen algunos conocidos, pero que es una gran novela contada por una narradora magistral.

   Un relato primario que, a las pocas líneas, nos obsequia con un tiro (“Le pegué un tiro entre los ojos”, página 15), un conyugicidio que inicia la intriga, define la estrategia narrativa de la autora y desde ella traza una cadena de analepsis, rememoraciones en las que la protagonista cuenta toda la historia. Ese delito es la secuencia inicial pero también la final. En el medio, una historia tan angustiosa y desesperada como real, cotidiana y demoledora. En efecto, a ese íncipit letal, con el reconocimiento de la voladura de la cabeza del marido, en un flash-back desgarrador, Natalia Ginzburg despliega una historia de absoluta soledad de una mujer que cree poder superarla en un matrimonio, el destino determinístico para tantas mujeres en los años cuarenta del pasado siglo. Y ahora. Y que, en realidad, solamente las convierte en esclavas, en un pasatiempo para diversión del varón (“Trataba inútilmente de encontrar algo que contarle para que no se aburriera de mí”, página 45). O en adictas de un sentido que equivocadamente  consideran básico: la maternidad.

   Una narradora homodiegética que es al mismo tiempo protagonista y cuyo nombre nunca conocemos -en realidad podría ser cualquier mujer sujeta a los cánones de una sociedad patriarcal-, trabaja como humilde maestra, vive en una tétrica pensión y sueña con el placer de pensar que un hombre se ha enamorado de ella, especialmente cuando vislumbraba que se quedará sola para siempre. Conoce a Alberto y llega a convencerse de que la ama; se casa con él, no obstante escuchar de sus labios que llevaba muchos años enamorado de otra mujer, a su vez casada y madre de un niño, con la que sigue manteniendo una relación tormentosa. Pero se da por satisfecha con su respuesta: se podían llevar bien juntos, hay matrimonios que funcionan así años y años sin que realmente se quieran el uno al otro. Ni siquiera el nacimiento de una hija mejora la situación: las “fugas” del marido se siguen produciendo con insufrible frecuencia. La situación se precipita trágicamente cuando muere la niña. Habrá una última reconciliación; siente momentáneamente la ternura del marido infiel y empieza a enamorarse otra vez de él. Cuando, por primera vez sus vidas parece que pueden reconstruirse, el anuncio de otro viaje hará que piense en el revólver. El desenlace no es preciso desvelarlo, porque eso que todos intuimos fue lo que pasó.

   Relato ciertamente demoledor, cimentado en una gran economía de elementos y en contados personajes, mas con una idea central subyacente muy clara: creerse enamorada de una persona cuando todo se reduce a una ofuscación y a una necesidad: la de enamorarse del deseo de estar enamorada. La autora no disimula ni enmascara el desgarro, el desamor y la tragedia, pero posee la acuidad de saber expresarlos con extremada sutileza. Esa tonalidad impulsa al lector a identificarse con el personaje agónico, con esa madre y esposa a la que una amiga le llama cornuda sin que le importe, porque lo único en lo que piensa es en ser buena esposa, buena madre, buena amante.

   Natalia Ginzburg penetra con insólita maestría en la vida interior de esa mujer, en sus miedos, en su aceptación de experimentarse desterrada a un segundo plano, víctima de un amor desesperado que la encierra en el pozo oscuro de su interior. Discierne igualmente con sagacidad la dialéctica de los sentimientos, pasiones humanas y traiciones. Y todo narrado con las palabras justas, un lenguaje crudo y desnudo, sin que nada sobre, sin colores que hagan soñar con falsas esperanzas, sin el femenino abandono a las sensaciones. Pero en su escritura participan con suma potencia alma y cuerpo, tal como lo vio Italo Calvino.



Francisco Martínez Bouzas




Natalia Ginzburg

Fragmentos



“Yo le dije:

-Dime la verdad

Y él me contestó:

-¿Qué verdad?

Dibujó algo a toda prisa en su cuaderno y me lo enseñó: un tren largo con una gran nube de humo negro y él asomándose por la ventanilla y saludando con un pañuelo.

Le pegué un tiro entre los ojos.

Me había dicho que preparara el termo para el viaje así que fui a la cocina, preparé el té, le puse leche y azúcar y lo eché en el termo. Metí también el vasito y luego regresé al estudio. Fue entonces cuando me enseñó el dibujo y yo cogí el revólver que estaba en el cajón de su escritorio y le disparé. Le pegué un tiro entre los ojos.

Desde hacía tiempo pensaba que iba a acabar haciéndolo cualquier día.

Luego me puse el impermeable y los guantes y salí de casa. Me tomé un café en el bar y empecé a caminar sin rumbo por toda la ciudad. El día estaba fresco y había una brisa suave que anticipaba lluvia. Me senté en uno de los bancos del parque público, me quité los guantes y me miré las manos. Me quité el anillo y lo guardé en el bolso.

Llevábamos casados cuatro años. En una ocasión me dijo que quería dejarme, pero luego murió nuestra hija y así fue como seguimos juntos. Quería que tuviéramos otro hijo, decía que me iba a hacer mucho bien, y por eso durante la última época acabamos haciendo mucho el amor. Al final nunca llegué a quedarme embarazada de otro hijo.”



…..



“Un día le dije que le amaba porque estaba cansada de llevar aquel secreto dentro de mí y con frecuencia me sentía ahogada en aquella habitación de la pensión con aquel secreto que me crecía por dentro. De nuevo tenía la sensación de que me estaba volviendo idiota  y de que ya no tenía interés por nada ni por nadie. Quería saber si él también me amaba y si nos íbamos a casar algún día. Sentía ese deseo como quien siente deseo de comer y beber y luego pensé que las personas siempre sienten deseo de decir la verdad aunque sea algo difícil y muchas veces requiera valor. (…)

Después de decirle todas aquellas cosas me había dado la vuelta para dejar ver aquella cara suya asustada y triste. Ya me había dado cuenta de que no me amaba. Me puse a llorar. Él sacó su pañuelo y me secó las lágrimas. Estaba pálido y lleno de miedo y me dijo que nunca se había dado cuenta de que me pudiera estar pasando eso, que sentía por mí una gran simpatía y una gran amistad pero que no me amaba. Me dijo que llevaba mucho tiempo enamorado de una mujer y que no podía casarse con ella porque ya estaba casada, pero que igualmente creía que no podría vivir con otra mujer.”



…..



“Acosté a la niña. Francesca estaba en el salón y fumaba recostada sobre el diván. Tenía un aire como si aquel salón hubiese sido su habitación durante toda la vida. Se había quitado las ligas y las había dejado en el espaldar del sillón. Tiró la ceniza sobre la alfombra. Me dijo:

-¿Sabes que te está poniendo los cuernos?

-Sí, lo sé -dije.

-¿Y no te molesta?

-No.

Plántale -dijo, vámonos de viaje.Ese hombre es un esperpento. ¿Qué te pasa?

-Le quiero -dije- y tenemos a la niña.

-Pero te pone los cuernos. Te pone alegremente los cuernos con otra. De cuando en cuando me los encuentro. Tiene el culo como una coliflor y además no es nada guapa.

-Es Giovanna -dije yo.

-Plántale -respondió-, que te importa a ti

-La has visto -dije- ¿cómo es?

-Mmmm -dijo-, no sabe vestirse. Caminan juntos muy espacio, muy despacio. Les veo a menudo.

-¿Por qué como una coliflor? -pregunté.

-Como una coliflor -dijo- redondo. Lo mueve al caminar. ¿Y a ti qué diablo te importa?- Se desnudó y se puso a caminar por el salón.”



(Natalia Ginzburg,  Y eso fue lo que pasó, páginas 15-16, 32-33, 61-62