jueves, 1 de febrero de 2018

INFIDELIDADES SIN CULPA NI REMORDIMIENTO



Tratado de la infidelidad
Julián Herbert y León Plascencia Ñol
Malpaso Ediciones, Barcelona, 2017, 119 páginas

  
   Los “tratadistas” de este Tratado de la infidelidad, los escritores mexicanos Julián Herbert, un autor ya clásico de la literatura temáticamente centrada en el norte de México, y León Plasencia Ñol, un escritor que apuesta por escenarios más internacionales, tienen el convencimiento de que la literatura jamás perdió nada de vista. Resulta imposible concebir que la literatura se haya olvidado de algo tan importante para la especie humana como el amor y el erotismo. Siempre estuvieron ahí de forma expresa o tácita. Quizás con otros nombres. Pero la literatura, ese juego infinito y a veces disparatado de palabras, ha recreado innumerables historias eróticas. Desde El Banquete de Platón, un plato delicioso para indagar en el amor de los efebos, hasta Lolita de Vladimir Nabócob, o los libros de Henry Miller, tal vez la muestra de un erotismo más sexuado. Es posible que por eso estos dos mexicanos se pusieran de acuerdo para escribir a cuatro manos este conjunto de relatos marcados, a primera vista, por la sexualidad, por los asuntos amorosos, por las infidelidades de pareja, pero también por algo más profundo e importante, aunque no llame tanto la atención: las infidelidades de las personas a sí mismas.
   Estructurado en tres partes (“Rastros en el sendero”, “Serie B” y “Casi una novela”), los nueve relatos de la colactánea comparten en buena medida la frase de  Ally Mcbeal, que formando un conjunto semántico con otras tres, colocan los autores en las citas paratextuales del libro: “Es parte de lo bueno de la vida: encontrar a la pareja perfecta y después cambiarla”.
   En los relatos eróticos, la sexualidad ocupa la centralidad de las tramas, y su narración produce ciertamente desasosiego en el lector, porque reúnen las dos condiciones imprescindibles de la literatura de este subgénero: tensión erótica, es decir la absoluta donación al lector no solamente de la corporalidad física, sino especialmente de otra mucho más sutil que tiene que ver con el placer imaginado. Darse por entero al lector para que sienta placer como diría Roland Barthes. Y una aceptable elaboración literaria. Mas, como ya quedó apuntado, el amor en estos relatos es también privación, descarrío del propio ser, entendido como el fracaso de la fascinación amorosa. Con el agravante de que su reemplazo solamente la remeda: escenas de sexo más o menos apasionadas.
   El relato que abre el libro, “Tarjeta postal con el Tajo al fondo” es una buena muestra de ese trastrueque del amor por un frenesí de sexo, lo que supone la primera muerte-error del protagonista. Él, guionista de televisión, se reúne en Lisboa con Fernanda, una artista conceptual, aprovechando la ausencia del marido, de viaje en China. Escenas de sexo a todas horas que, sin que sean conscientes, dan paso al amor. Pero el protagonista se traiciona a sí mismo, quizás por miedo a asumir responsabilidades, renuncia al amor de Fernanda y vuelve a Madrid a “coger” con sus aspirantes a actrices. Al mundo fácil y superficial de la televisión.
   En otros relatos, priman enfoques distintos: el profesor japonés, hábil en leer los registros femeninos mirando sus atisbos a través de los ventanales del tren; las andanzas de un mexicano en La Habana en búsqueda de putas, de “las pirujas más güeritas”  (página 39). La segunda parte, “Serie B”, se inicia con el único relato encabezado por una fotografía (“Internos en el manicomio de la Castañeda”). Los protagonistas forman una horda de locos y el relato incluye trece descripciones de imágenes exentas de cualquiera connotación sexual, pero en las que se constata un fracaso, quizás el fracaso más cruel de nuestra especie: buscaban la radiografía del corazón del universo y solamente hallaron la foto de un hospital psiquiátrico inmundo. “Clementina”, el segundo relato es un epítome  de la violencia proyectada sobre un amasijo de gatos y ejecutada sobre una mujer.
   “Casi una novela”, la tercera parte, compendia en realidad tres relatos unidos por el hecho de compartir un mismo protagonista: Fuzzaro, un adicto al sexo. Y por desarrollarse en su mayor parte en tierras niponas y retomar escenas explícitamente sexuales: sexo deglutido y vomitado al compás de la música de Dylan y Miles Davis. En ellos hallamos a la mujer amante de los coitos salvajes y de los libros de arte a la que le gusta provocar las buenas conciencias. “Tokyo big diary” es el relato más extenso y con un vehemente erotismo transitando entre sus páginas. En la tranquilidad, armonía y automatismo del mundo oriental, la imaginación lúbrica así como los ojos del protagonista, Fuzzaro, recorren el cuerpo de Shino y también las blancas nalgas purísimas de una geisha que toca para ellos. En el diario, el protagonista lo anota todo, incluido el desdoblamiento: Fuzzaro logra olvidar a Nita, la mujer que se había apoderado de su alma, gracias a Shino, cuya sexualidad que acepta de forma religiosa y sin pedir nada a cambio, logra que de su vida salga Nita.
   Un libro, sin duda, misceláneo. Con relatos que exploran rincones de vidas, propias y ajenas. No en todos ellos se tematiza la sexualidad. Hay otros centros de interés: estampas someras pero inquietantes que también reflejan lo que somos. Escenarios que van desde Lisboa a Tokio. En algunos ciertamente abunda el sexo que los autores entienden como posibilidad de conocimiento del mundo y de nuestro propio interior. De ahí que el personaje Fuzzaro, un voyeur adicto al sexo,  no dude en afirmar que el sexo es la purificación y que la promiscuidad “me salva de ser yo”.
   Todas las escenas de sexo y las que aparentemente se alejan de él, son percibidas a través de miradas masculinas. Pero si hay algo específico en este carrusel de deseo, sexo, posesión es la ausencia de culpabilidad: relaciones adulterinas, traiciones promiscuas quedan al margen de cualquier juicio de conciencia, suceden así de forma cotidiana y no se le dan más vueltas. Añádase a esta ceguera a cualquiera culpa, otro ingrediente importante en estos cuentos: por ellos vegetan tipos que ansían un cosmos ordenado, pero que, ante las mujeres, se les desmorona, conscientes, sin embargo, de que todo era un juego.
   Y todo ello impregnado de humor negro, de comentarios a veces grotescos, y escritos con un estilo ágil y vertiginoso, frecuentemente desabrido, preñado de mexicanismo que le aportan colorido y enriquecimiento lingüístico a los textos. Relatos, en resumen, en los que el desasosiego se amalgama con el placer y con una invitación a ir más allá y pensar lo sugerente o incluso lo obsceno, no como repugnante y subversivo, sino como algo que forma parte de nuestro ser. Y sin olvidar que el tabú sexual siempre ha sido un poderoso instrumento del poder y que este lo usa para el sometimiento.

Francisco Martínez Bouzas

                                                   
Julián Herbert y León Plascencia Ñol

Fragmentos

“Por eso me fui a ver a Fernanda.
Un día recibí un correo de ella. Me decía que su marido estaba en China, que ella estaba sola y aburrida y que se acordó de cuando éramos veinteañeros y cogíamos por todos lados y a la menor provocación.
Estaba aburrido, lo dije, y por eso me fui a Lisboa. Agarré de pretexto una asesoría e Madrid y de allí tomé el tren por la noche.
De Lisboa tenía muchos recuerdos y la conocía bien, o eso creía. Hay épocas que se vuelven difusas en la memoria. Estuve en Lisboa cuando pensaba que algún día llegaría s ser poeta. Era ingenuo. Ahora soy guionista y me aburren los poetas y sus versitos. Me enamoré de Lisboa, pero me prometía que nunca más volvería. Ahí estuvo mi error. Volver a la ciudad me lo recordó.
Fernanda se veía más guapa. Se había recortado el cabello y tenía un halo de mujer madura.
Nos dimos un beso en la mejilla y toamos un taxi.
En silencio.
Absortos.”

…..

“Métemela más, susurraba la mujer. Así, cariño. Fuzzaro guardaba silencio, parecía concentrado en otro mundo. Un mundo quizás distante, enrarecido por la fiebre que a veces parecía tener. Una fiebre en sordina, una fiebre, pero no corpórea, quizá mental. La mujer volvió a moverse espasmódicamente: ahora se chupaba unos de los dedos. Fuzzaro hizo un movimiento rápido, con fuerza, que terminó por dañar a la mujer: de sus ojos salieron unas pocas lágrimas, pero le pidió que no parara. Gemía, y al fondo la trompeta de Miles parecía querer llevar el ritmo de la pareja.”

…..

“Al verme, me recibe y me lleva al baño. Me desnuda, prepara el agua, me lava a conciencia y me talla con una esponja para erradicar cualquier impureza. Quiero que salga Nita. Penetro a Shino con lentitud tántrica. Movimientos lentos, luego rápidos. Alterno y ella me abraza con las piernas, susurra a mi oído. Luego prepara el té. Nos sentamos para beber y se me ocurre otra foto más. Quiero verla suspendida a media altura, amarrada con sogas, las manos a la espalda, la soga alrededor de los senos, en la cintura, en una pierna para hacer contrapeso. La posición requiere la fuerza de Shino, soporta el dolor. Quiero dejarla lo más que pueda así, suspendida, en el aire de esta habitación a media luz. Es u comienzo para obtener la pureza. Me siento en una de las esquinas de la habitación, frete al rostro de Shino. Quiero ver los cambios.”

(Julian Herber y León Plascencia Ñol, Tratado de la infidelidad, páginas 11-12, 68-69, 101-102)

2 comentarios:

  1. La promiscuidad y el adulterio son el plato principal de esta novela que como bien dices, no siente culpa alguna. Creo que sobre el tema, mis compatriotas, logran transmitir lo que sin duda buscan, o eso es lo que veo en estos fragmentos. Buscan tocar un tema que puede llegar a ser tabú para muchos, o sea sin rodeos, sin adornos, como acá en México decimos: "al chile", pero con cierta maestría sobre lo grotesco que puede llegar a ser. Los felicito y te felicito, por darnos esta reseña de literatura mexicana, la cual, no sólo por ser compatriota, aplaudo. Gracias, un abrazo.

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