domingo, 28 de enero de 2018

LA TELARAÑA LITERARIA DEL NOBEL ORHAN PAMUK



El libro negro
Orhan Pamuk
Traducción de Rafael Carpintero
Editorial Debolsillo (Penguin Random House Grupo Editorial), Madrid, 584 páginas
(Libros de siempre)

  

   Cuando en el año 2006 el escritor turco Orhan Pamuk (1952) fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura, la Academia Sueca basó la concesión del galardón en dos motivos: en primer lugar, en el hecho de que Pamuk había hallado nuevos símbolos para reflejar el choque y las relaciones entre culturas. En segundo lugar, porque había sabido mostrar el alma melancólica de su ciudad, Estambul. Orhan Pamuk, en efecto, está considerado como el gran investigador de las huellas de Oriente en Occidente y viceversa; el puente, desde el espacio literario, entre dos culturas.
   Todo esto y la calidad literaria intrínseca de su corpus narrativo motivan que las obras de Pamuk se hayan traducidas a numerosos idiomas, incluso a lenguas minoritarias y periféricas como el gallego. Una de ellas es Masumiyet Müzesi, una novela de 1990 traducida con el título de El libro negro.
   El libro negro, otra novela ambientada en Etambul, hizo crecer la popularidad de Orhan Pamuk en todo el mundo y lo convirtió en un escritor al miso tiempo experimental y popular; capaz de escribir sobre el presente y sobre el pasado con la misma intensidad. El libro negro es un texto que encierra tal riqueza y firmeza literarias que eso mismo lo convierte en una novela compleja. El pretexto argumental es extremadamente convencional: la búsqueda de la esposa desaparecida. No falta, por lo mismo, quien la haya catalogado como novela negra. En efecto, Orhan Pamuk, parodiando una intriga policiaca, nos envuelve en un juego de espejismos en el que los personajes desdoblan su personalidad para volverse disipar, acunados por un mundo de fábulas y de microhistorias, situadas entre la realidad y los mundos imaginarios. Sin duda alguna, la silueta del absurdo y del contrasentido circula por la novela, mas esconde también razones ocultas.
   En una quizás excesiva y reductiva sinopsis argumental, se puede afirmar que el tema central de esta novela es la cuestión transcendental de la identidad: dos hombres son tan parecidos que terminan intercambiándose entre sí. Sin embargo, la rica complejidad del texto de Pamuk va mucho más allá de esta búsqueda de una posible identidad, una búsqueda iluminada por la introducción de referencias históricas al misticismo sufí. El libro negro  se transforma así en una telaraña literaria, en un armazón de historias y de verdades que nos construyen como habitantes de una ciudad tan colorista, heterogénea y laberíntica como Estambul. Una incursión en un universo cabalístico, en un mundo de misticismo y de magia en el que todo aparece relacionado y cuyo significado oculto es preciso descifrar.
   Así pues, una novela con miles de ventanas, como quería Henry James, o en la que se opta por infinitas historias infinitamente ramificadas, como pronosticaba Borges. Se encuentra pues el lector con esa tupida telaraña literaria construida de pretérito y de presente, con reminiscencias del pasado de la nación turca, con sueños incumplidos, con pesadillas, mas también con algo mucho más tangible: las calles, los edificios, los barrios, las ventanas iluminadas, las noches de la ciudad, de ese Estambul intensamente evocado. Todo eso justifica que El libro negro sea considerado como otra novela de Estambul.
    Un texto construido con un claro propósito metaficcional, con una estructura arborescente, copiosa itertextualidad con la literatura y la cultura islámicas, y en el que Pamuk hace uso del recurso del artículo periodístico para dotarse de una doble voz narrativa. Una que habla con sensibilidad oriental y otra que se expresa con la occidental -las dos sensibilidades que encierra la ciudad que lo vio nacer- que rompen la linealidad de un texto por el que circulan personajes que, sin llegar a ser planos, tienen, sin embargo, poca entidad. Se encuentran en la novela porque alguien tiene que empujar la acción, pero dan la impresión de estar atenazados, clavados como efigies en la peana. Y una arquitectura narrativa que amalgama diversos géneros y articula múltiples elementos que van desde la intriga amorosa hasta el tema del doble. Todo ello enriquece un texto en el que una polifonía de voces antagónicas hace posible que podamos explicar la realidad y los hechos acontecidos desde diversas perspectivas.


Francisco Martínez Bouzas

Orhan Pamuk


Fragmentos

“¿Se dan cuenta de que las aguas se están retirando del Bósforo?. No lo creo… El Mar Negro se calienta y el Mediterráneo se enfría. Por esa razón, las aguas han comenzado a filtrarse en las inmensas cavernas que se forman al estirarse y combarse el fondo de las plataformas marítimas, y como resultado, el fondo de los Estrechos de Gibraltar, de los Dardanelos y del Bósforo, está comenzando a levantarse… Ahora soy capaz de adivinar dónde podré encontrar ese Cadillac negro que los buceadores buscaron sin resultado entre la corriente del fondo del mar… Estará allí, en las profundidades del valle que antes llamábamos “El Bósforo”, en la parte más honda de un precipicio cenegoso señalado por botas y zapatos de setecientos años de edad en que forman sus nidos los cangrejos…”

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“Mientras cruzaba el puente a pie le invadió la sensación de que descubría de inmediato, entre la multitud del domingo, un Misterio que llevaba años buscando pero que acababa de darse cuenta de que lo buscaba. Como si estuviera en un sueño, sentía en lo más profundo de su ser que aquella esperanza era un engaño, pero, no obstante, aquellas dos realidades contradictorias se movían por la cabeza de Galip sin molestarle lo más mínimo… ¿Cómo se podía entrar al mundo misterioso de los significados secundarios?. ¿Cómo podía descubrirse el Misterio?”.

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“Para Fazlallah, el sonido era la línea que separaba el Ser del No Ser. Porque todas las cosas palpables que pasan del universo invisible al material tienen un sonido que pueden producir. Por supuesto, la forma más desarrollada del sonido era la voz, esa cosa excelsa que llaman el verbo, ese instrumento mágico llamado palabra que está compuesto por letras. Y era posible distinguir con toda claridad en las caras de los hombres esas letras, que son la esencia y significado del Ser”.

(Orhan Pamuk, El libro negro)

viernes, 26 de enero de 2018

LA SUBTERRÁNEA "CIVILIZACIÓN" DE LOS NIÑOS ASILVESTRADOS



República luminosa
Andrés Barba
Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 187 páginas.

   

   La literatura y otras artes y medios de comunicación han cuestionado, en más de una ocasión, la inocencia e inofensiva pureza infantil. Pensemos en novelas como El señor de las moscas (1954) de William Golding que tematiza esos arrebatos de maldad en esas edades preadolescentes o adolescentes. Lo siniestro en el comportamiento infantil ha sido así misma materia a la que ha acudido el cine, algunas veces de forma escalofriante como ocurre con el documental polaco Los niños de Leningradsky (2005) que refleja en imágenes y palabras las arriesgadas peripecias para sobrevivir de un grupo de niños y niñas que, abandonados a su suerte, colonizan, malviven y sobreviven en un estación ferroviaria moscovita.
   En la misma línea se mueve la nueva novela de Andrés Barba (Madrid, 1975), República luminosa, ganadora el pasado mes de noviembre del Premio Herralde de Novela. La pieza de Andrés Barba reincide en el mismo tema pero desde coordenadas propias que elevan de forma exponencial el desasosiego y sobre todo las dudas sobre la lógica y la moral de los adultos civilizados ante conductas infantiles gratuitamente malvadas y que abren interrogantes sobre la siniestra otredad infantil.
   En una novela de ecos conradianos, un cronista cuenta los hechos que ocurrieron en San Cristobal, una ciudad tropical situada en un lugar opresivo: la selva y el fangoso río Ere que a veces parece un río de sangre. Ese cronista que relata lo sucedido, lo hace desde la distancia temporal de los veinte años que han transcurrido desde que han tenido lugar los hechos, y habiendo participado él mismo en su desarrollo, sobre todo en su investigación y resolución, ya que había llegado a esa pequeña población como responsable de Asuntos Sociales. La acción sucede a mediados de los años 90. Un grupo de niños y de niñas de origen desconocido -se sospecha que algunos han huido de sus hogares, otros han  nacido de la misma selva según llegó a escribirse en algún medio sensacionalista, o son hijos del río, tal como piensa un representante de la comunidad indígena ñeê-; treinta y dos en total y comienzan a trastocar la vida de la ciudad. Parecen vivir agrupados en familia sin atenerse a ninguna regla; se comunican a través de un código lingüístico exclusivo derivado del español. Esos niños no eran herederos de nada y por consiguiente se dedican  a robar: pequeños hurtos y asaltos y después se volatizan, especialmente por las noches con estrategias que no parecen dirigidas por ningún cerebro, si bien semejan en sus comportamientos, una república como la de las abejas en una panel. Hasta que asaltan el supermercado Dakota haciendo uso de una violencia gratuita, acuchillan a empleados y clientes y dejan dos muertos. La creciente alarma social impulsa a las autoridades a perseguirles, batidas y cacerías infructuosas por la selva. Solamente el cronista encuentra a uno de esos niños que, después de agobiantes y torturantes interrogatorios, le confiesa donde está la ciudad de esos niños: en el subsuelo, en las alcantarillas. Y llega lo peor: el horror de una desenlace en el que los treinta y dos niños pierden la vida.
   Andrés Barba enfrenta al lector con monstruos perfectos que ejecutan sus actos sobre las pesadillas y supersticiones de los adultos. Pero entre esos niños y niñas, a pesar de aparecer como símbolos de la otredad funesta, también existe el amor: el amor físico, el amor de camarada, el amor sexual en sus formas más primigenias. De hecho, una de las niñas fallecidas, de trece años, estaba embarazada. Son capaces de inventar una lengua, un código que solamente una niña “civilizada” fue capaz de descifrar, y que había suprimido los tiempos verbales, reduciendo todo al presente: Con trozos de cristal crean su ciudad luminosa y recrean a su manera los enterramientos de la gente civilizada.
   Tiene razón el narrador cuando escribe que la infancia es más poderosa que la ficción (página 85), porque de hecho y a pesar de su siniestro comportamiento, desde la ciudad se desea que los niños vuelvan. Y el mundo de la superstición construye su propio ;relato sobre esos infantes asilvestrados; y no pocos niños “civilizados” pretenden comunicarse con ellos y comienzan a poner la oreja en el suelo con la esperanza de captar en el subsuelo los ecos de los selváticos.
   La novela mantiene en muchas de sus secuencias una significación alegórica: una fábula moral aplicable a muchas ciudades latinoamericanas  y de otras partes del mundo. Ellos son la amenaza, la ciudad parece  desamparada ante esa república subsuelista que organizan los niños. Por eso el libro es extremadamente desasosegante, pero al mismo tiempo se convierte en alegato contra la injusta repartición de la riqueza y del bienestar en las sociedades modernas. Recuerdo que esos niños asilvestrados no eran herederos de nada. El mismo río Eré que recorre la ciudad con su agua tan fangosa que parece sangre, adquiere así miso un el valor metafórico de la muerte como de hecho ocurre en el desenlace.
   Mas si algo cuestiona Andrés Barba es el comportamiento hipócrita de los “civilizados” habitantes de San Cristobal: la ciudad exige la cacería, el linchamiento de los niños de la selva, pero tras su tráfico final, les erige una estatua y la prensa les rinde honores cada aniversario.
   Es acertada y oportuna, en mi opinión la técnica que utiliza el autor: el empleo de la crónica por parte de un narrador que está implicado en los hechos; y narrarlos pasados los mismo y con la perspectiva neutralizadora de un relato impulsivo, merced al paso  del tiempo, pero como algo que ha quedado latiendo en la memoria colectica. El empleo de múltiples reflexiones y otros materiales narrativos, sobre todo recortes de periódicos, convierten a la novela en una crónica polifónica. Pero el mayor acierto de la novela, al menos en mi opinión, son los interrogaste que la trama y su desenlace hacen surgir en el lector: ¿cómo se conjugan las categorías entre lo políticamente correcto y la ética dominante con la reacciones brutales de autodefensa y de eliminación de la “plaga” de los niños por parte de ciudadanos “civilizados” de una ciudad encajonada entre la selva y un gran río fangoso?

Francisco Martínez Bouzas


Andrés Barba


Fragmentos

“En cuanto a la niña que espía desde la ventana, la joven Teresa Otaño, es casi imposible no imaginársela inmóvil, atenta. Hay en su diario algo mucho reseñable que la fascinación púber por ese grupo de «pequeños salvajes»: el desprecio inevitable que siente ante lo que no puede comprender. Tal vez lo verdaderamente oscuro es que aquella niña representaba un sentimiento colectivo que estaba comenzando allí, en la sensación de que por mucho que los viéramos en nuestras calles, por mucho que especuláramos sobre qué significaba lo que decían o dónde se escondían por las noches, por mucho miedo que les tuviéramos y por muy poco que nos atreveríamos a reconocerlo, aquellos niños ya habían empezado a cambiar los nombres de todo.”

…..

“Cuando entran en el supermercado son las 15.02 según el cronómetro de las cámaras. El guardia de seguridad se interpone en la puerta, da un par de empujones a los primeros niños pero es inmediatamente avasallado por la turban infantil. El perro blanco que acompañaba siempre a uno de los del grupo ladra a uno de los empleados y muerde al guardián. Los cuchillos aparecen casi al instante, algunos arrebatados de la propia sección de ferretería del supermercado, otros de la carnicería y la pescadería. Se ha dicho muchas veces que los niños asesinos componían un grupo reducido dentro de la comunidad, que los que cometieron los asesinatos fueron solo cinco o seis y que el resto mantuvo en todo momento una actitud infantil, una tesis que muy bien podría corroborarse con las imágenes de las cámaras de seguridad (…) Frente a los lácteos, tres niños se dedican a poner cartones de leche en el suelo y a hacerlos estallar saltado encima, otro le vacía u paquete de harina a una niña en la cabeza y la niña se pone a llorar. Un niño sol otario abre un paquete de cereales y se los vacía en la boca mientras otros dos tiran con palos de escoba las botellas de vino. Si todo hubiese quedado ahí, habría sido imposible no mirar esas imágenes sin sonreír, reproducen fielmente el sueño infantil por antonomasia: el levantamiento y la rebelión contra la organización de los adultos. Pero justo en ese instante la sonrisa queda congelada en el rostro. Comienza la carnicería.”

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“Casi parece una historia diseñada por la misma mente que hace miles de años entretuvo todas las noches al sultán para aplazar un día más su ejecución: una comunidad infantil encerrada en el corazón de la selva, abandonada a su suerte, tratando de inventar el mundo bajo una bóveda de hojas que apenas permite ver el paso de la luz. El verde de la selva es el verdadero color de la muerte. No el blanco ni el negro. El verde que todo lo devora, la gran masa sedienta, abigarrada, asfixiante y poderosa en la que los débiles sostienen a los fuertes, los grandes quitan la luz a los pequeños y solo lo microscópico o lo diminuto consigue hacer tambalear a los gigantes. En esa selva sobrevivieron los 32 como una comunidad que demostró una resistencia atávica.”

(Andrés Barba, República luminosa, páginas 59, 72-73, 83-84)

lunes, 22 de enero de 2018

EL JAZZ COMO MATERIA LITERARIA



Cincuenta y seis ballenas
Ricardo Menéndez Salmón

A love supreme
Raúl Clavero

Repertorio para el último bolo de “Cactus Brown”
Eduardo Martinez
Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2017, 59 páginas.

  
   Cincuenta y seis ballenas fue el texto ganador del Premio Internacional “Ramos Ópticos” al mejor relato sobre jazz organizado por Jazz Palencia Festival, y fallado en octubre del pasado año. Ahora lo edita Menoscuarto Ediciones acompañado de A love supreme, relato que resultó finalista, del madrileño Raúl Clavero, y de Repertorio para el último bolo de “Cactus Brown” del vallisoletano Eduardo Martínez, mención especial del jurado que, por su calidad, aconsejó su publicación. Un pequeño volumen que, en su conjunto forma un “caramelito” a tres sabores.
   Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) es uno de los narradores españoles más importantes en la actualidad. Un escritor que no teme a las mayúsculas, en palabras de Eloy Tizón. Autor de libros de relatos y de más de diez novelas, entre las que destaco El sistema (2016), Premio Biblioteca Breve y Homo Lubitz editada por Seix Barral en enero de este año. Su obra ha sido traducida a siete idiomas.
   Cincuenta y seis ballenas es un homenaje a Charles Mingus (Arizona, 1922 – Cuernavaca, México, 1979), contrabajista, compositor, director de big band y pianista de jazz. Es así mismo conocido como un activista en contra del racismo. El mundo del jazz impregna, como lo exigían las bases del concurso, el relato de Ricardo Menéndez Salmón, comenzando por su título -Cincuenta y seis ballenas- que hace referencia a la leyenda que se hizo viral tras el fallecimiento de Charles Mingus y recogida por la cantante Joni Mitchell en su disco Mingus: cincuenta y seis ballenas, una por cada año de la vida del contrabajista.
   La acción se sitúa en 1979. Las cosas no marchaban demasiado bien para un cuarteto de jazz que suele tocar en los clubs del Bronx y también en Chicago. Peyton, el miembro del grupo que es el que recuerda, escucha en la radio la noticia de los funerales de Mingus. Sin pensarlo dos veces, propuso a los muchachos del grupo tomar un avión hacia México y tocar en Cuernavaca para rendirle tributo a Mingus, el “Paquidermo”, antes de que sus cenizas fuesen arrojadas al Ganges. Una aventura irreal y frágil: el autobús que se detiene por culpa de una procesión, Peyton borracho se acuesta al lado de una mujer que le despluma, traje incluido. Los otros miembros del grupo cambian el homenaje a  Mingus por las playas del Pacífico. Un insólito viaje por México, pues, en el que la realidad no se ajusta al guión, pero historia hermosa al fin y al cabo. No tocaron en directo en homenaje al contrabajista, pero lo que cuenta son las intenciones. Un breve relato de apenas doce páginas, bien construido y en el que en todo momento está presente la atmósfera del mundo del jazz. Un viaje ciertamente rocambolesco, tejido, eso sí, con prosa de alta calidad literaria.
   A love supreme el relato finalista, fue presentado por Raúl Clavero, ganador de múltiples concursos de relatos y microrrelatos. Narrado en primera persona por Bárbara, una chica introvertida. Su amistad con Verónica, su vecina, le permite escuchar algunos de los cientos de discos del padre de la amiga. Y un día se besan por primera vez, mientras suena A love supreme de John Coltrane que Verónica odia por ser el favorito de su padre. Hasta que el azar las separa. Cuando, pasados los años, se reencuentran, la canción de John Coltrane revela el trágico secreto de la hija abusada por el padre. Un desenlace aciago pone el punto y final a un relato en el que el jazz se sutura y corre fatalmente paralelo con la violencia incestuosa y con la muerte.
   También en primera persona y en la voz de Samuel Brown, alias “Cactus Brown”, nos llega el tercer cuento, escrito por el vallisoletano Eduardo Martínez. “Cactus Brown” se retira después de casi ocho décadas por las carreteras y miles de actuaciones  tocando jazz. Y mientras avanzan para celebrar su última performance en su ciudad natal, revive la película de su vida: el encuentro accidental con un músico y su trombón, una relación que marca el destino de su vida: tocar aquel instrumento. Corre el año 1930. Toca para mafiosos y los músicos acompañan con sus instrumentos musicales la pelea de dos de ellos y los disparos. Tenían la orden de tocar siempre, pasara lo que pasase. Pretende conquistar a Laura, a la que acompaña tocando el piano en sus giras. Una noche de amor, miles de bolos y el final del viaje vital del trombonista “Cactus Brown”; con una banda de jazz tradicional interpretando St. James Infirmary, le acompañan en el bolo definitivo.
   Un relato capaz de despertar emociones, repleto de sensualidad y con un final en el que el milagro sucede de nuevo en la nieta de la cantante que tuvo un romance con un trombonista americano. Solo que esta vez es el clarinete el instrumento musical que seduce a la niña el día de su cumpleaños.
   Tres textos en los que el jazz, al menos de forma tangencial está presente como núcleo diegético o como elemento u ocasión que suscita la acción narrativa, y penetra en la médula de los protagonistas. Arquitectura, ritmo y calidad estilística acompañan este homenaje emotivo al jazz -una música de cine y de literatura-
y a los músicos que lo hacen posible.


Francisco Martínez Bouzas

                                             
                                                   
Ricardo Menéndez Salmón recibiendo el premio (Fotografía de Manuel Brágimo)

Fragmentos

“Fredo, el bajista, dirá Peyton sorbiendo un capuchino, se puso pálido como la cera. En sus ojos se apagó la rabiosa llama que  temblaba hacía tiempo, desde que un crítico con palco en el Carnegie Hall escribió para regocijo de sus amigos protestantes uno de esos aforismos que tan feliz hace a la clase pudiente americana:«Un italiano no puede tocar jazz sin parecer que está amasando pizza». Aquella noche Fredo se había mostrado inspirado tocando A foggy day del propio Mingus, y la noticia le supo a hiel. No hacía falta ser un lince, sentenciará un Peyton filosófico, para saber que es en nuestros héroes donde la vida nos golpea con mayor dureza.”

…..

“Aterrizaron en Ciudad de México cuando el sol resplandecía en mitad del cielo luciendo sus galas de homicida, una inmensa peca amarilla sobre un tapiz azul y descarnado. El calor resultaba asfixiante. La temperatura era tan alta que hacía anhelar Nueva York como un enorme frigorífico donde esperar a la muerte con una sonrisa en los labios.
Caravanas de mendigos los acosaron cargados de llagas, estampitas, toneladas de tesón. Peyton recordará que un retén de militares enfundados en cuero viejo los contempló circunspectos, los pulgares en las culatas de sus fusiles: cuatro blancos y un negro bajo un astro implacable.”

(Ricardo Menéndez Salmón, Cincuenta y seis ballenas, páginas 8-9, 12-13)

…..

“La sala de fiestas se fue vaciando, y ya estábamos casi solas cuando A love supreme comenzó a sonar en los altavoces del local. Se me erizó la piel. Ella calló por un instante, y comenzó a reír. Su carcajada no era limpia, ni profunda, parecía navegar a trompicones sobre litros de ginebra.
-Era el disco que ponía mi padre cada vez que entraba en mi dormitorio. A veces todavía recuerdo el olor de su aliento. Sus manos… -Verónica me miraba, pero estaba claro que no me hablaba a mí-. Se ahorcó en la cárcel, ¿sabes? -sí, estuve a punto de responder, algo había oído, pero no le dije nada-. Desde el entierro no he vuelto a tener noticias de mi madre -continuó ella tras una pausa-. Nunca me lo dijo, pero creo que piensa que yo me lo inventé todo, ¿te lo puedes creer?”

(Raúl Clavero, A love supreme, páginas 36-37)