lunes, 17 de julio de 2017

"PANDORA": EN EL ABISMO DEL FEEDERISMO



Pandora
Liliana V. Blum
Tusquets Editores, México D. F., 1ª reimpresión, 2016, 242 páginas.

   En su segunda novela -precedida por varios libros de cuentos-, Liliana V. Blum (Durango, 1974) se revela, tal como se ha escrito, “como una criatura cruelmente excepcional”. Lo hace con la pieza Pandora, el nombre de uno de los tres personajes centrales de la novela y que, querámoslo o no, remite a la mitología griega. No seguramente por haber sido la primera mujer que existió creada por Hefesto por orden de Zeus, adornada por los muchos encantos con los que la dotaron los dioses, sino porque constituye un personaje simbólico que explica cómo todos los males del mundo son debidos al sexo femenino. Pandora, casada con Epimeteo, arrastró con ella a este mundo la caja abierta de todos los males. Es la Eva de todas las concepciones patriarcales y misóginas que han existido desde el inicio de los tiempos y que se perpetúan en la actualidad.
   El personaje novelesco tiene en común con el mitológico el haber sido elegido para traer el castigo por algo que ella no cometió (el robo del fuego o el enamoramiento de su cuerpo obeso por parte del ginecólogo más guapo del hospital), pero es así mismo una figura contrapuesta a la primera mujer mitológica: su gordura, su carne colgante, representan a sus propios ojos y  a los de su familia todos los males que pueden recaer sobre una mujer.
   La escritora mexicana, como ya señalé en el comentario de su tercera novela, El monstruo pentápodo y ella misma reconoce, siente cierta debilidad por los temas escabrosos, por los deseos obscuros, por cierta estética del horror. Le gustan como narradora, porque sin aquellas decisiones que generan conflictos, aunque sean aborrecibles, no habría novela. 
   
                                           
"La maja gorda" óleo de Lucian Freud
                                   
   
   En Pandora, Liliana V. Blum explora una parafilia poco percibida, el feederismo: el placer por engordar (feedee o el alimentado o alimentada) y la fruición por hacer engordar (feeder, el cebador o cebadora) porque eso le excita sexualmente. Y lo hace mediante tres personajes: Pandora, una mujer obesa que, al inicio de la novela, pesa 116,300 kilos. Gerardo, el ginecólogo más atractivo del hospital, que lo tiene todo en la vida, excepto una esposa gorda, y Abril, su mujer para quien su marido es el hombre ideal y por eso, después del parto de gemelos, pondrá todo de su parte para perder peso, convirtiéndose en huesos recubiertos de pellejos, lo que repugna al marido hasta el punto de que sus relaciones sexuales son un espejismo, a pesar de las maniobras seductoras de la esposa. A Gerardo le vuelven loco las mujeres con inmensas cantidades de carne, sobre todo en las caderas, en las nalgas, en el vientre, la doble papada y las lonjas o michelines en la cintura, los muslos rellenos. Y eso se lo puede proporcionar Pandora, recepcionista del hospital donde ejerce como prestigioso ginecólogo. Ella sí que podrá despertar su deseo sexual.
   La novela recupera el pasado de Pandora. El rechazo y la repulsión por parte de su madre, su invisibilidad -no solo las amigas no la ven, ni siquiera los pervertidos tienen ojos para ella-, la carencia de autoestima: para las gordas y obesas, escribe Liliana Blum, cantan las urracas, no los pajaritos de colores. Y como nada tiene que perder, acepta las invitaciones del médico más atractivo del hospital, que la instalará en una casa, tras renunciar a su trabajo. Su ocupación consistirá en comer y comer, engordar y hacer el amor con Gerardo, y volverse cada día más pesada, aceptar ser alimentada a través de un tubo y ser pesada mediante una báscula para vacas. Hasta que la que no es “la otra”, Abril, descubre la infidelidad del marido.
   No es propio de esta reseña ilustrar el desenlace con algo más que  supere el infierno abisal, la aciaga pesadilla en la que cae la protagonista que añade tres o cuatro kilos a su peso tras cada comilona. Es en cambio pertinente comentar la sexualidad parafílica, y en concreto, el feederismo. Es muy pobre la definición con la que el diccionario de la RAE precisa el significado de parafilia: desviación sexual. Sin embargo, no todas las prácticas eróticas y sexuales poco tradicionales son parafilias. Lo son cuando se transforman en algo destructivo o enfermizo que afecta a la persona o personas que en ella están involucradas. Fantasear o desear a mujeres rollizas u obesas no es en sí patológico. Desde el inicio de los tiempo humanos, como se reconoce en la novela, se asoció la fertilidad y el atractivo femenino con la obesidad. El feederismo, en cambio, es parafilia porque la adoración del cuerpo femenino se convierte en una aberrante obsesión de que la mujer engorde hasta el punto de no poder moverse y terminar inmovilizada en una cama, actuando el amante como su lacayo. En ese caso, no solo es un atentado contra la salud, sino también una agresión contra la dignidad del ser humano.
  
                                         
Monica Riley, 27 años, 318 kilos, cebada por un tubo conectado con su estómago

    Eso, la crítica de la sociedad en la que vivimos que discrimina a las mujeres gordas -antítesis  de lo deseable-, la falta de comunicación entre la pareja (Gerardo suspira por una mujer obesa pero no lo comenta con su esposa, de la que le repugna el filo de sus huesos), la exploración patológica del deseo y de ciertas fantasías se hallan adecuadamente tematizadas en la novela de Liliana Blum.
   La novela tiene, desde mi punto de vista, un inicio, tanto temática como estilísticamente, vacilante. No obstante, a medida que avanza, el relato de esta historia triangular se enriquece en hondura, en la carga erótica y en múltiples matices que revelan, sobre todo, cómo piensan Pandora y Abril.
   Entre los recursos técnicos reseñables, me parece interesante la alternancia de la primera y tercera persona. El uso de la primera persona confiere una mayor carga de credibilidad, y la narración se la otorga a la víctima, a Pandora, sin duda la principal protagonista. En cambio, tanto las acciones y los puntos de vista del victimario y de su esposa son narrados por medio de la tercera persona.
   En definitiva, una novela profundamente humana, intensamente trágica que la escritora durangueña narra con crudo realismo y suficiente verosimilitud.

Francisco Martínez Bouzas


Liliana V. Blum

Fragmentos

“Entré en los probadores y me quité la ropa. Apenas cabía en ese cubículo rodeado de espejos. Me observé  largamente. En mi situación, no podía darme el lujo de que la ropa en sí me gustara: el único criterio para comprarla era si mi cuerpo entraba en ella sin botar las costuras, los cierres y los botones. Todas las faldas asfixiaban mi cintura, indistinguible  ya del resto del cuerpo, pero al menos al ser de corte abierto le daban espacio a mis caderas y muslos. Imposible cerrar el botón, pero había espacio para recorrerlo un centímetro. El eufemismo para mi cuerpo era «de proporciones generosas». En ese momento estaba en la última talla de la ropa comercial, en el límite entre lo humano y el monstruo para quien la industria textil ya no ve rentable fabricar prendas.”

…..

“La miró perplejo y maravillado a la vez. Pandora era una adorable y exuberante montaña de carne generosa; todo lo contrario al concepto de carencia, de vacío, al frío, al hambre. Ese cuerpo como colmena de abejas, por el ángulo por donde se le viera, provocaba ganas no de conquistar el mundo o destruir una ciudad; al contrario. Esa vasta extensión de piel y de carne invitaba a apoltronarse en su suavidad y calor, a renunciar a cualquier carga o agobio,  a perderse en una felicidad absoluta. Soñada. Añorada. Durante años. La hizo recortarse sobre la cama. Se tendió sobre ella y comenzó a besarla. En la boca, en los pliegues de su cuello. Los pechos de Pandora se abrían blancos y masivos. Él los tomó en sus manos: la carne se desbordaba entre sus dedos. Los juntó uno con el otro y besó los pezones rosados y enormes, como fresas. Apretó su cara contra ellos, aspiró su olor y sintió su propia erección empujar contra la tela de sus pantalones (…)
-Come -le dije, al tiempo que separaba el interior de sus muslos. La vulva enorme y carnosa se descubrió ante él como una granada entreabierta. Comenzó a lamerla, succionarla, morderla; Pandora engullía uno a uno los pastelillos. Desde su punto de vista podía ver el vientre profuso, dividido en varios balcones de carne blanca y matizada con estrías, como una cebra albina, adornando aquel ombligo profundo. Sobre las lonjas caían sus pechos, jardines colgantes y generosos que las manos de Gerardo apretaban y soltaban antes de volver a bajar a los muslos de Pandora, a sus nalgas, dos gigantescos bultos de grasa que se desparramaban sobre el colchón-. Me fascina que haya tanto de ti.”

…..

“Más tarde averigüé que en el mundo de las parafilias hay un nombre para nosotros dos. Él sería el feeder, el que alimenta. Yo la feedee, la que come, la que es alimentada hasta que el estómago se distiende hasta su límite. Y después un poco más. Y más. Era lo que habíamos estado haciendo de manera empírica cada vez en nuestras salidas a comer. La fantasía iba más allá de eso: consistía en que yo engordara hasta llegar al punto de terminar inmovilizada en la cama. Que mi peso fuera tal que  volviera imposible ponerme de pie y caminar. A cambio, Gerardo habría de convertirse en algo así como un lacayo a mi servicio, no por obligación, sino porque adoraba mi cuerpo, alimentarme, y verme aumentar de tamaño un poco cada día. Aquello era algo mucho más serio que una propuesta de matrimonio. Era una prueba de confianza absoluta. Abandonarse a la voluntad y a la palabra del otro. Yo estaría en sus manos, mi vida dependería de él. ¿Y qué había sido mi vida hasta antes de conocer a Gerardo?”

…..

“Su mente volvió a Pandora y a revisar su último encuentro. Se vio a sí mismo nadando en aquel mar de carne tibia y suave, hundiendo los dedos, las manos, el pene, a veces tiernamente, a veces con desesperación, otras con rudeza. El olor de Pandora y su humedad inundaban su memoria. No podía dejar de pensar en ella; a cada hora del día que no estaba a su lado en la casa tenía que evocarla. Todo su día giraba alrededor  de esa hora tan esperada en la que por fin la veía. ¿Estaba enamorado? Por un breve instante sintió vértigo: estaba parado en la orilla de la felicidad. Detrás de él, sólo el vacío. Era el momento en el que aún podría bajarse, recapitular, disculparse, prevenir la catástrofe. Las heridas. Aún estaba a tiempo. Podría volver a ser el mismo de antes, el que no violentaba  la integridad de su familia. El que iba del consultorio a su casa, el que organizaba una carne asada los fines de semana con los colegas. El que reservaba sus deseos escondidos para las mujeres virtuales y para el terreno de la fantasía. El que fingía estar bien, ser feliz, satisfecho con su vida. Podría. A las tres de la mañana con once minutos, según el despertador con números rojos sobre el buró de su lado, y a sabiendas de que de romperse por completo el cascarón no podría pegarse de vuelta  jamás, tomó la decisión de seguir adelante.”

(Liliana V. Blum, Pandora, páginas 52, 115-116, 121, 165)

jueves, 13 de julio de 2017

DESDE EL OTRO LADO DEL ESPEJO




En tierras de ficción
Recorrido por la narrativa contemporánea.
De Edgar Allan Poe a Evan Dara
Robert Saladrigas
Menoscuarto  Ediciones (Ed. Cálamo), Palencia, 2017, 411 páginas.

   En el año 2013, Robert Saladrigas (Barcelona, 1940) publicó en esta misma editorial y colección el volumen recopilatorio de sus artículos de crítica literaria y ensayos que habían visto la luz con anterioridad en varios medios barceloneses. Para ceñirse a la extensión razonable de un volumen de estas características, se decantó por “uno de los caminos reales de la ficción contemporánea”. Ahora publica  un segundo volumen paralelo al anterior y que bucea igualmente en la ficción moderna y contemporánea ampliando el campo de su procedencia: a textos extraídos de La Vanguardia, se unen otros que fueron publicados en otros medios (Revista de Libros, TeleXpres Literario y El País).  Otra novedad es que en esta recopilación aparecen artículos o reseñas sobre libros de autores españoles y latinoamericanos (Max Aub, Camilo José Cela, Luis Goytisolo, José María Guelbenzu, Jorge Luis Borges, Julio Cortazar, Pablo Neruda, entre otros).
   Noventa y siete autores le dan vida a este segundo volumen. Abre las puertas del libro un “clásico”: Edgar Allan Poe. Las cierra Evan Dara, “uno de los autores posmodernos americanos”. Un apéndice, prescindible desde mi punto de vista, que apareció publicado originalmente en la revista Quimera y que recoge un amplio diálogo entre Robert Saladrigas y José María Guelbenzu, moderado por Fernando Valls, sobre cómo entender y practicar la crítica literaria, clausura la publicación.
   El propósito del libro, además de homenajear a autores predilectos, es el de contagiar el entusiasmo por la lectura literaria, por la magia de la lectura de obras de escritores de nuestro tiempo repleto de incertidumbres, a lectores de nuestro tiempo y a potenciales lectores de generaciones futuras.
   La publicación se estructura en cinco secciones que representan otras tantas tradiciones literarias. Y en su conjunto, viene a ser una buena representación de referencias literarias imprescindibles, no solo para “letraheridos”, sino también para lectores corrientes.
   Sería descabellado dudar de las capacidades de discernimiento literario de Robert Saladrigas, un crítico muy experimentado, uno de los analistas españoles más conspicuos e independientes, poseedor además de una amplia información que transmite al lector; no la información de una publicación académica especializada, sino la que corresponde a un periódico que conjuga contenidos esenciales y amenidad. Además Robert Saladrigas conoce por dentro el mundo de la ficción, ya que él mismo es autor, desde los años 70, de varias piezas de narrativa ficcional como Memorias de Claudi  M. Broch (1986), Premio de la Crítica, o El sol de la tarda (1992), Premio Sant Jordi y Joan Cruxells. Pero en este libro, como en su día hiciera Henry James, trabaja desde el otro lado del espejo y, desde ese envés, ve los textos literarios con ojos independientes y no supeditados a intereses editoriales. Mas sin excluir por ello la admiración y el entusiasmo de un lector privilegiado.
   Por eso mismo, en ambas publicaciones de Saladrigas hallamos criterios claros para acceder a obras fundamentales de la narrativa moderna y contemporánea. Es por ello que, de cara al lector, cabe entender este libro como brújula orientadora entre la vorágine  de publicaciones de nuestros días, de universos ficcionales que quizás superen a un lector corriente -el mismo Saladrigas confiesa haberse sentido vencido por más de un título, entre ellos el Ulises de Joyce-.
  Son indiscutibles la calidad y sutil penetración, acompañadas por la amenidad, con las que Robert Saladrigas nos familiariza con algunos de los grandes maestros de la prosa moderna y contemporánea, especialmente con aquellas novelas por las que siente una atracción irresistible, porque expresan la ambición de conquistas, una supuesta totalidad posible que no significan un debilitamiento  de la lectura crítica, sino su reforzamiento. Al margen de normas y supuestas reglas para ejercer la crítica literaria, ya que en el mundo del arte no hay reglas, y así mismo a  años luz del mito de la autocomplaciente objetividad, el crítico barcelonés pretende entender las claves del ejerció escritural de cerca de un centenar de escritores; dejar constancia de las sensaciones que en él, como lector, han producido y trasladárselas a otros lectores. Ese es en el fondo el porqué de la existencia del crítico, y también la de esta publicación, porque los libros aquí analizados, aunque sea en textos de hace treinta años, son imperecederos.

Francisco Martínez Bouzas

                                                
Robert Saladrigas

Fragmentos


MALCON LOWRY (1909-1957)

Bajo el volcán

“Nacido en Inglaterra, Malcom Lowry murió ahogado en mezcal y barbitúricos a los 48 años de edad –el juez de la pequeña localidad de Ripe, en East Sussex, dictaminó: «muerte por desventura»-, eligiendo la única forma de morir que resulta aceptable para un hombre contemporáneo enfermo de lucidez: afirmando por última vez su voluntad de ser frente a la impetuosa corriente de lava que escupe el volcán de la vida y que, por supuesto, acabará arrastrándolo. Diez años antes, en 1947, Lowry había conseguido difundir una gran novela que contenía las claves de los ritmos ocultos de su vida y su destino. Se dice que Under The Volcano fue aclamada por la crítica e ignorada por el público. En cierta manera es lógico. ¿A quién seduce la oportunidad de asistir  a los misterios de la pasión -calvario incluido- de un hombre que es a la vez víctima y verdugo, protagonista y testimonio de una tragedia existencial y por consiguiente colectiva?”

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RAYMOND CARVER (1938-1988)

Principiantes

“He aquí una histórica reparación literaria que debería abrir un sustancioso debate. Un día recibimos perplejos la noticia de que Raymond Carver, icono de lo que se conoce por realismo minimalista, no fue exactamente lo que se nos hizo creer que era, sino la inspiración de un editor de talento -a su vez escritor- llamado Gordon Lish (Hewlet, Nueva York, 1934). El caso es ejemplarizante. En la primavera de 1980 Carver pasó a Lish, editor de ficción de Esquire, una colección de cuentos recientes. Este se empleó a fondo en la tarea de remodelarlos según su criterio. Así mutiló los textos en más de un cincuenta por ciento -trabajo de cirugía fina-, modificó los finales de diez de ellos (de un total de diecisiete), cambió los nombres de algunos personajes (por ejemplo Mel por Herb), los ordenó por secuencias, rehusó poner al volumen el título del penúltimo de los relatos, «Principiantes» («Beginners») y lo sustituyó por una frase del texto, aquella que decía De que hablamos cuando hablamos de amor (What We Talk When We Talk About Love, 1981), sin duda el libro más famoso de Carver y que mejor ha definido el código estético fundamentado en el despojamiento y la gelidez.”

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EVAN DARA

El cuaderno perdido

“Imposible decir ni averiguar quién es, de dónde procede  o dónde para el estadounidense que se hace llamar Evan Dara, autor de tres novelas, El cuaderno perdido (The Lost Scrapbook, 1995) (Editorial Pálido Fuego) The Easy Chain (2008), cuya traducción está programada para 2016, y Flee (2013) que se tiene el proyecto de que aparezca en español en el 2017. Esos son los datos que se conocen. Evan Dara forma parte de la generación de Jonathan Franzen o David Forster Wallace, fieles a la vocación experimentalista de autores de referencia como Thomas Pynchon, John Barth, Donald Barthelme, Richard Brautigan o William Gass, pero por encima de todo al magisterio de William Gaddis, el símbolo más sólido y radical del posmodernismo literario norteamericano. Ahora bien, el inconveniente de Dara -interesa no perder el prólogo de Stphen J. Burn de la Universidad de Glasgow- es que sus tres obras nunca han sido bendecidas con los atributos comerciales de los libros de Franzen. No obstante, Dara, a quien acabo de descubrir con franco alborozo, creo que con toda certeza bien merece ocupar un lugar destacado en el canon de la novela norteamericana que para algunos supone algo parecido a la palabra Evangelio para los católicos.”

(Robert Saladrigas, En tierra de ficción, 94-95, 361, 373-374)

domingo, 9 de julio de 2017

MEMORIA Y DESCUBRIMIENTO DE LA MADRE



Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre

Sergio Galarza

Editorial Candaya, Avinyonet del Penedès (Barcelona), 2017, 157 páginas.



   Tras la trilogía sobre Madrid (Paseador de perros, JFK, La librería quemada), una serie sobre las intemperies de nuestro tiempo, Sergio Galarza (Lima, 1976), sin cambiar de forma radical de registro, nos ofrece en Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, un libro cuyas principales características son la biografía, la autoficción y la literatura de duelo. Se ha escrito que los libros de duelo donde tocamos al ser humano y recibimos una información sentimental propia de los momentos cruciales de la vida, se avienen mal con la reseña crítica, con la contundencia de un juicio que, en ese caso, ya no parece tan importante realizar con frialdad, sino de forma solidaria. Sin embargo procuraré ser objetivo, dentro de la subjetividad de cualquier lectura, porque un libro que hable de la muerte de un ser querido puede ser un excelente o pésimo producto literario.

   Si en los tres volúmenes de la trilogía de Madrid hay mucho de autobiografía que los convierte, especialmente a Paseador de perros, en versiones de  romans à clef, las focalizaciones de Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre hace que la autobiografía ocupe la centralidad. Pretende ser “una novela autobiográfica” -así la define el propio escritor-, y un retrato de la fortaleza de una abogada, de una madre de familia, de una esposa en lucha constante para reflotar su matrimonio, y de una persona, Doris Puente, sobre todo en los años de las crisis económicas y del terrorismo en Perú. Y también un texto de duelo por esa madre a la que el hijo descubre muy tarde, poco antes de su muerte, y a la que le gustaría pedir perdón por tanta indiferencia que le había mostrado, por el “río turbio y rebelde” en el que, desde la adolescencia, se había convertido su vida. Ese río turbio y rebelde conforma una parte importante de la existencia del escritor, principalmente en su época limeña. El libro de Sergio Galarza es por ello también una historia de formación.

   El libro se inicia con la confirmación de la peor de las sospechas: desde Seattle una hermana le informa de que a la madre le quedaba muy poco tiempo de vida. Esa madre, la vieja -expresión de cariño bruto con que la nombra hasta que ella se halla a las puertas de la muerte-, es Doris Puente. Un cáncer generalizado la está matando. Doris Puente era un ejemplo de sensatez y disciplina; adicta al orden, sin experiencias transgresoras en su juventud, amante de la justicia como abogada, capaz de compaginar las leyes con una vocación literaria que le empujó a escribir poemas y una autobiografía ficcionalizada, Al cabo de los sueños, un intento de mantener la eternidad en la memoria. El hijo no quiere parecerse a la madre. Ansía construir su propia leyenda, persiguiendo incluso todos los peligros a su alcance. Esa personal leyenda la irá dejando caer entre las líneas del relato del retrato de la madre: pinceladas sobre su adolescencia y juventud en Lima, sus problemas con los estudios en los que fracasa a propósito para mostrar su rebeldía, con el futbol en el que no supera la suplencia. Un malditismo burgués condimentado por las drogas. Su estancia en España como inmigrante ilegal, trabajando en negro, la obsesión por editar sus libros en el extranjero que le impulsa a memorizar el alfabeto de las editoriales españolas.

   Cuando la madre sabe que va morir, decide visitar al hijo en Madrid. Viajan por Galicia en Semana Santa. Será en este viaje cuando Doris Puente anote en su agenda la letra de la más famosa de las canciones de Bob Dylan. No era el himno generacional ni de la madre ni del hijo, pero sí la música que contribuirá, en el epílogo de la vida de aquella, a la reconciliación madre-hijo.

   A pesar de estar escrito con la máscara de la ficción, el texto de Sergio Galarza pretende ser un libro-verdad, escrito con la honestidad que la madre trató de inculcarle desde la infancia. La gesta silenciosa de la madre, que opta por afrontar su cáncer  sin comunicárselo a sus hijos, corre paralela con los años caóticos y rebeldes del hijo, tanto en Lima como en Madrid. Mas por ser autoficción, hemos de pensar que el libro de Sergio Galarza no se rige por ninguno de los pactos de lectura, sino que está escrito desde la transgresión y al mismo tiempo desde el préstamo de aspectos del pacto autobiográfico y del pacto novelesco. Es la ambigüedad que suele caracterizar a la escritura confesional, cuando pretender ir más allá de la biografía. Sergio Galarza construye un personaje de si mismo que posiblemente se ajuste con bastante fidelidad a los hechos reales. Por eso mismo, aún sin ser autobiografía en sentido estricto, su personaje se nos presenta como verosímil.

   Como libro de duelo, el libro se aleja del efectismo sentimentaloide y evita los detalles truculentos. Pero no por eso deja de ser un texto muy duro que a veces hiela la sangre, especialmente cuando el autor relata los últimos días de la madre, que ya había capitulado ante la muerte y a punto de vivir solo en la memoria familiar. Un libro sin metáforas, sin grandilocuencias ni palabras inútiles. El autor sabe regular la emoción por medio de gobierno de un ritmo que pocas veces decae. Lo hace quizás en la tediosa relación prescindible de los sitios que madre e hijo visitan en Madrid, de lo que hacen o dejan de hacer, de las tarifas de los taxistas, datos tomados de la agenda materna que lo anotaba todo. En cambio, las secuencias en las que refleja los sentimientos positivos o enfrentados con la figura materna son intensamente cautivadores. Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, supera con amplitud los mínimos de verosimilitud, acertada composición y escritura que ha de exigírsele a cualquier producto literario, sin que confundamos esos mínimos con la empatía, con el dolor ajeno o con la muerte.



Francisco Martínez Bouzas



                                                 
Sergio Galarza


   Fragmentos



“Aquella tarde de primavera, luminosa y asfixiante, mi equipo de futbol perdía por dos goles, y ambos habían sido cumpa mía. Durante la madrugada había chateado con mi hermana Lupe que vive en Seattle, confirmando la peor sospecha: a nuestra madre, mi vieja, como ella aceptaba a regañadientes que la llamara en una demostración de afecto bruto, no le quedaba mucho tiempo. El cáncer estaba generalizado. Y generalizado significaba que se había extendido hacia otros órganos del cuerpo, lo que se llama metástasis, sinónimo de fin. Un montón de pensamientos cruzaban por mi cabeza, pero se me escapaban como los balones que llegaban a mis pies. Me gobernaba la impotencia de no tener el control, dentro y fuera de la cancha, o donde diablos estuviera, porque  en ese momento todo me parecía tan irreal, vaporoso, como si me hubiera quedado atrapado en el entresueño. Tenía la impresión de correr a cámara lenta. Miraba hacia la grada, al banco de suplentes, y repasaba la cantidad de partidos en que la voz de mi vieja había resonado como el grito del hincha que quiere entrar al campo para salvar a su equipo.”



…..



“Había dos razones para que mi vieja siguiera trabajando: la primera era que le gustaba su profesión, y la segunda el dinero. Como no cotizaba en la seguridad social, en el futuro dependería de sus ahorros y quizás de nosotros, porque no quería depender de mi papá. Un par de semanas antes de enfermar, mi vieja nos preguntó a sus hijos qué nos parecía vender la casa de Acobamba. A mí ya me había preguntado algo al respecto, y como le había dicho que esa casa podía reformarse me mandó un dibujo de la reforma que se le había ocurrido. Lupe se sumó a la idea de la reforma, era posible con un esfuerzo económico. Pero Daniel nos recordó que mi vieja no tendría una pensión cuando se jubilara, aunque ella pensaba trabajar hasta que fuera una anciana, y que el dinero de la venta, que no sería mucho, al menos le serviría para tener un fondo de emergencia.”



…..



“Es terrorífica la expresión que tienen los enfermos terminales, con ese rictus que a veces enseña los dientes, como si se rieran de la muerte. Pero mi madre no enseñaba los dientes, ni se reía de la muerte, su rostro era una máscara de huesos, sin arrugas u otra de esas imperfecciones que suelen delatar nuestra experiencia de la vida. Hasta eso le negaba el cáncer: el derecho a reconocerse a sí misma. Ella, que me paralizaba de miedo cuando fruncía el ceño o me felicitaba llenándome de besos mientras le brillaban los ojos, ya no tenía manera de decir cómo se sentía. Para un enfermo, quizás sea esta la primera fase de la muerte: la imposibilidad de expresar sus emociones.”



(Sergio Galarza, Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, páginas 9, 47, 125)