miércoles, 1 de abril de 2015

"NUNCA QUISE SER NIÑO": SIN HORIZONTES DE ESPERANZA



Nunca quise ser niño
Mario Caneiro
Traducción de Belén Poutón
Pulp Books (sello de Rinoceronte Editora), Cangas do Morrazo, 2015, 69 páginas.

   
   Nunca quise ser niño es la traducción con la que Pulp Books rotula la versión española de Homiños (2012), la primera novela del escritor gallego, Mario Caneiro (Narón, A Coruña, 1969), un funcionario y padre amateur  con el vicio de escribir, como él mismo se autodefine. Con una muy probable transferencia autobiográfica y una escritura fragmentaria, la novela breve de Mario Caneiro es un viaje, a la vez literario y testimonial, con no poco de ajuste de cuentas, hacia el pasado de un grupo de adolescentes a los que no le quedó otra que hacerse hombres como sea, incluso estirando muchas veces su juventud de noche de sábado.
   Ellos fueron la primera generación nacida en un barrio situado en el extrarradio de la ciudad de Ferrol, en la que todavía se escuchan las dañinas resonancias de la reconversión naval que, entre otras cosas, se llevó por delante los cubalibres. Un barrio en el que la vía del tren sirve de frontera, aporta perspectivas y hasta permite suicidarse llamando la atención.
   El relato no es la explicación definitiva, la recuperación de las grandes teorías y de las grandes soluciones. Es una novela de recuerdos, extraídos de un pasado cercano, para radiografiar a una generación en la que sus miembros tienen más de antihéroes que de héroes y se ven obligados a habitar en una atmósfera humana grisácea, sin apenas rendijas por donde se cuele una brizna de optimismo. Ellos no se consideran una generación perdida. Esa condición queda para los que viven al otro lado de la vía, seres humanos que no tenían esperanzas, ni las querían, “era algo que les quedaba a contramano” (página 33). Pero saben o creen saber que viven al borde del abismo, sin precipitarse en él, y por eso sus padres no los tienen que enterrar demasiado pronto. Quizás alguno como el Niño Chiste, muere joven, aunque no prematuramente, porque, como tantos jóvenes y no tan jóvenes de esos años 80, reflejados en la novela, optaron por habitar en territorios de carísima, peligrosa y falsa felicidad.
   Son jóvenes que tienen casa, sin bien solamente los acoge por las noches. El centro de sus vidas es la basca, las tabernas o las calles que son solamente cosa de hombres o cosa de mujeres, sin coincidencias afectivas y apenas sexuales, porque su ignorancia del amor era supina (el amor es aquello de lo que hablan las canciones). Y del sexo apenas saben con qué y por dónde, en el fondo, una valentía como robar melocotones. Por eso ellos y las chicas son sustancias inmiscibles y se quedan sorprendidos cuando descubren que las tías tienen una boca con labios, dientes blancos y una lengua viva.
   Retrato mordaz, pero muy realista de la cruda realidad de la vida en un barrio del extrarradio de una ciudad en crisis laboral, humana y social, cuando ese barrio se convierte en la única escuela de vida, la única perspectiva, todo el orbe del grupo de congéneres que forman la basca. Una demarcación vital entregada a la derrota, de la que intentan escapar los que viven en ella aunque no siempre lo consiguen.
   La voz narradora no carece de ánimo crítico, pero huye de reflexiones moralizantes. Son escasas las ráfagas meditativas. El relato, no obstante, es profundamente catártico, no por lo que predica sino por lo que retrata: la vida de un conjunto de jóvenes o adolescentes en su caminar por la vía del tren de la existencia: cómo beben, discuten, crecen sin demasiadas esperanzas. Y algunos de ellos caen derrotados a lo largo del camino y solamente cuando tienen miedo aparece la ética.
   Escritura fragmentaria que avanza alternando secuencias de forma paralela, tal como son los fragmentos existenciales de los personajes. Un discurrir paralelo a cualquier pizca de certezas y de optimismo. La sobriedad de la prosa de Mario Caneiro, alejada de cualquier adorno mistificado, acrecienta el efecto sobrecogedor del mural de este barrio con una vía de tren que ampara y aprisiona las vidas forzadas a crecer y a hacerse adultas en medio del desconcierto y en la ausencia de cualquier horizonte de esperanza.

Francisco Martínez Bouzas

                                                      
Mario Caneiro (en el centro de la imagen)
Fragmentos

“Como ya dije, el Niño Chiste no era de la basca pero tampoco era, aunque acabó por alcanzarlos, de los del otro lado de la vía, aquellos con los que nos juntábamos sin mezclarnos. No, nadie de los que se murieron antes había sido un chupahostias, por lo menos en el barrio, a lo mejor en aquellas visitas al talego, no siempre fugaces, se las hicieron chupar o chuparon algo más. En el barrio se oían cosas, demasiadas como para darles créditos a todas. No, los del otro lado de la vía no eran buenos como nosotros, pero tampoco eran unos pringaos, como le llamaban al Niño Chiste. Los del otro lado de la vía quizás no tenían esperanza, no la querían, era algo que quedaba a contramano, demasiado lejos, ellos querían algo que sirviese para aquella tarde, que les llenase aquella noche, que les divirtiese e cada segundo y no expectativas  de un curroseguro o de esa universidad casi mítica que nos transportaría a un paraíso  de excelencias. No como Carpa, unote los del otro lado de la vía; Carpa siempre decía que no pensaba trabajar en su puta vida, que eso era para puretas aburridos…”

…..

“Hay quien dice que vivir en un barrio es una escuela. No sé, supongo que en cualquier sitio en que se viva se aprende algo, pero que una vía del tren sirva de frontera de tu barrio aporta cuando menos otra perspectiva. Aprendí que no existe el último tren, sino el último tren de un día y que tampoco es bueno obsesionarse con pillar todos los trenes, pero sí tener cuidado de que ningún tren te pille a ti. Aprendí que hay trenes que no se llaman Natalia y que las vías por las que hoy ves alejarse a un tren pueden ser también las del camino de vuelta. He de reconocer, eso sí, que en aquellos años no me había fijado en que hay estaciones de paso y estaciones de término y tampoco sabía qué tipo de estación iba a ser el barrio para mí. Era simplemente mi mundo, nuestro mundo, sin saber aún muy bien cuánta consistencia tenía realmente ese nosotros. El barrio nos había juntado, eso era todo.”

(Mario Caneiro, Nunca quise ser niño, páginas 33, 43)

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