domingo, 22 de febrero de 2015

"SOLITARIOS", DOS NOUVELLES ENSAMBLADAS POR EL AZAR Y LOS NAIPES



SolitarioS

José Manuel de la Huerga

Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2014, 218 páginas



   En SolitarioS José Manuel de la Huerga reúne dos novelas breves, escritas en épocas y situaciones distintas de su proceso creativo. Ambas, tal como revela el autor, estaban guardadas en el “cajón-limbo” de la espera. Cuando el escritor, en el año 2011, percibió que las dos resistían su “núcleo de calor” que las podía salvar del olvido, decidió publicarlas hermanadas en el mismo volumen de Menoscuarto Ediciones. Son “Ultramarinos El Pez de Oro” y “Naipe de señoritas”. El título que las arropa, SolitarioS, un falso palíndromo, connota, ya desde el pórtico del volumen, la pluralidad del material narrativo  en distintos ámbitos: dos novelas breves que soportan cualquier orden de lectura. Y así mismo, pluralidad de personajes que comparten, no obstante, rasgos comunes: personajes provincianos, solitarios, marginados, perdedores, más antihéroes que héroes; las mismas coordenadas espacio temporales: finales de los años 60, en el tardofranquismo, en una ciudad imaginaria, Barrio de Piedra, un lugar que aglutina calles y plazas de varias ciudades castellano-leonesas. También el mismo trasfondo de juego de naipes, la misma columna vertebral en los dos relatos, ilustrada incluso con imágenes cartománticas, si bien con distinta finalidad en cada una de las dos nouvelles.

   La primera de ellas, “Ultramarinos El Pez de Oro” da comienzo con varias escenas que pueden provocar cierta confusión lectora, porque, a primera vista, el relato parece inclinarse por el camino de las aventuras. Tras una prolepsis  en la que el autor nos muestra a los principales personajes, Berta y su hijo Cachelo viajando en tren camino de Lisboa, el relato retrocede a un tiempo anterior. Berta regenta una tienda de ultramarinos. A ella llega un viajero portugués representante de bacalao. Berta se ofrece a echarle las cartas. Intiman, tienen una relación amorosa en una noche presidida por el deseo. Berta queda embarazada. Espera una niña, pero nace un niño, Ricardo, sordo severo, aunque la madre le bautiza Cachelo, la única palabra portuguesa que conoce. En un programa de radio Berta escucha que la cadencia de la lengua portuguesa es muy beneficiosa para que los sordos severos recuperen el oído. Y un día, en el tren de medianoche, se dirigen a Lisboa, porque además la madre está convencida de que cuando padre e hijo se encuentren en Lisboa, el niño hablará.

   Ya en Portugal, con los inesperados amigos, con los libros, con la presencia, aunque no explícita de Fernando Pessoa y su bellísimo Livro do desasosego, el relato adquiere una fuerte tonalidad poética. En Portugal, callejeando por Lisboa, por Chiado, Alfama, Cascais, Belém…, la magia envuelve a la madre y al hijo que se comunican entre si por el tacto. El recitado de textos poéticos que escucha Cachelo, será su gran terapia. La gran verdad: la constatación de que la felicidad del encuentro está al final, cuando nos hayamos pasado la vida buscando (página 133). Un relato pues que nada tiene que ver con los cuentos maravillosos, irreales, sino con ese prodigio que son las capacidades ocultas de los seres humanos y con los toques de la varita mágica de la suerte.

  
Fernando Pessoa (homenajeado en este libro)
También Barrio de Piedra, la vieja ciudad de provincias, es el escenario de la segunda historia, “Naipe de señoritas”. En ella, José Manuel de la Huerga, nos conmueve con la vida del protagonista, Félix el Simpar, un soltero trasnochado y empedernido, pero ligón pertinaz. Vive solo desde la muerte de su madre, acompañado únicamente por un naipe de cuarenta cartas. Ocho de ellas eran de chicas que se iban desvistiendo en cinco posiciones predeterminadas. Trabaja en los juzgados y si algo desea, es triunfar en el amor. Ronda a las menos agraciadas de sus compañeras creyendo que así tendrá más posibilidades, mas sus premios son plantones femeninos. Por eso consume su vida rutinaria entre el trabajo en los juzgados y la mesa camilla de su domicilio, interrumpida por unas manos de naipes de “sus señoritas”, siempre dispuestas y complacientes.

   Hasta que un día, de forma azarosa, el naipe de señoritas desnudas le proporciona una experiencia sexual no rentada con la mujer más deseada de su juventud, un embarazo, un matrimonio y una hija. El regalo de la felicidad de un ser débil que durante muchos años proyecto sus deseos en el azogue de las cartas. Hasta que la casualidad hace que se cumplan y, como escribe el autor, halle su pececillo de oro: el amor de una familia.

   Dos nouvelles pues ensambladas, que efectivamente pueden tener una lectura envolvente, suturadas además por la presencia de los protagonistas de la primera en la segunda, por las provocaciones del azar, por una gran ternura, un finísimo humor y finales optimistas y luminosos. No pocos guiños culturales, especialmente a Fernando Pessoa y a sus heterónimos en la primera historia, prescindibles no obstante para aquellos lectores que buscan la esencia de las historias, cuya fuerza reside en buena medida en la eficaz construcción de los personajes centrales que despiertan de inmediato la empatía del lector y hacen que les acompañemos con placentero interés en sus amables y azarosas experiencias vitales en búsqueda de la felicidad.



Francisco Martínez Bouzas



                                                     
José Manuel de la Huerga  (Foto Eduardo Margareto)

Fragmentos



“Fernando el Portugués le duró una noche a la luz de una vela de vainilla. Aromática y embriagadora, pero una sola noche. Iba a bajar la persiana de la tienda y recibió su visita. Era un caballero venido de muy lejos, elegante, trajeado, con sombrero de ala ancha con cinta de raso y maletín de representación. Soñaría con él muchas noches después, como si viniera sobre el Caballo de Oros, iluminado por un sol nocturno. El amante fugaz contaba con melancolía cómo en su ciudad los paquebotes atravesaban de una orilla a otra la desembocadura del río (…). Gracias al viajante portugués Berta descubrió que había mundo y sintió dentro de ella una rama que se desenganchaba de los juncos junto al Puente de Piedra y las Aceñas, a las afueras, y continuaba viaje hasta ultramar. No lo pudo resistir. Se amaron tras la mesa camilla, entre las estanterías, y el Portugués le trajo al olfato la brisa de la desembocadura del Tajo en Lisboa.”



…..



“Félix se decidía por una chica, por lo general una nueva. La menos agraciada, aunque eso era a veces difícil de precisar. Con la más fea en el ojo de mira, creía que tendría más posibilidades de éxito. Desde primera hora de la mañana estaba atento a acercarle cualquier necesidad, papel de calco o papelillos correctores, un timbre o una aspirina a las de la jaqueca regular. Si no estaba de servicio por la calle, que era lo más habitual, el agente acertaba a estar detrás de la chica elegida para ajustarle la silla a la mesa. Además el resabido funcionario sabía dónde encontrar algún cojín para alojarlo bajo el rotundo pandero femenino, embutido en falda gris perla de tablas. Era momento para el jolgorio general, algún silbido y risa desbocada, hasta que una mirada de autoridad de doña Pilar, la decana, planeaba sobre toda la sección y comprobaba que el martilleo de las Underwood expiaba el nefando pecado de la procacidad juvenil colectiva.”



…..



“Félix se sorprendió de que los vahídos no le hubieran visitado. Tendría que habérselo recordado a Eva María. Quien sabe, quizás sería bueno hacer el amor con frío. Pensó que le apetecía tomar algo. Tenía gracia lo de tomar. Recordaba hacía un par de minutos la frase apoteósica de la amante: «Tómame, Felisín». Por querer tomar, él también querría tomar a Sophia, la rubia de su naipe. Años y embarazos habían pasado factura a la chica diez de su adolescencia. Eva había engordado, le sobresalían michelines sobre la braga, y las fantasías del liguero y medias de seda escamoteaban a duras penas celulitis y varices. Por no hablar de sus pechos, cuando ella misma se desabrochó el sujetador. Se le vinieron al ombligo. Las manos de Félix se quedaron agarrotadas al recogerlos y pretender devolverlos a los cazos turgentes de los diecisiete años, cuando un domingo veraniego de piscina, a la chica se le había salido uno, duro y respingón, y Félix lo había pillado al vuelo, jugando en las toallas. El Simpar había guardado aquella imagen como la mejor travesía por el desierto de su juventud. Y aún la recordaba, cuadrando solitarios con su naipe de señoritas.”



(José Manuel de la Huerga, SolitarioS, páginas 22-23, 155-156, 188)

2 comentarios:

  1. Una reseña abarcadora, que convoca a la lectura de la obra, donde sobre todo en el primer fragmento hay una prosa poética bellísma. Un abrazo, amigo.

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