domingo, 9 de febrero de 2014

EL SEXO COMO ESCONDITE Y VENTANA


Una mujer desnuda

Lola Beccaria

Editorial Anagrama, Barcelona, 209 páginas

(LIBROS DE FONDO)


    
   La ferrolana Lola Beccaria (Ferrol, 1963) es una de los pocos escritores de origen gallego que han logrado ver publicado sus libros en el exclusivo sello editorial  de Anagrama. Con su novela, Una mujer desnuda, la editora de culto por antonomasia cierra su ciclo de títulos con cierta carga erótica en diferentes tonalidades, entre los que sobresalen varios de los títulos de Houellebecq, La vida sexual de Catherine Millet, Falsa identidad y El lustre de la perla de Sarah Waters; El cuarto oscuro de Louise Welsh o Política de Adam Thirwell, otro autor Granta que editó Jorge Herralde, sin que nos olvidemos de que ya en los años setenta había editado a todo Bukowski.

   La novela de Lola Beccaria, lingüista y lexicógrafa de la Real Academia Española, ha sido definida por su editor como “desafiadamente erótica”. Simplemente pornografía en papel, obra procaz, escandalizadora y vulgar, de sex-shop para los críticos de la Cadena COPE. Y la verdad es que cuatro quintas partes de la novela son sexo explícito y sin concesiones a los eufemismos, y las confesiones de la protagonista son equiparables en crudeza a la promiscuidad de Catherine Millet.

   En efecto, esta mujer entra en el sexo por la puerta grande. A los siete años hace eyacular al héroe de su vida; en su adolescencia se convierte en una artista “pajillera”. Y la domesticación sexual le llega de la mano del padre de su mejor amiga. Progresa en la promiscuidad hasta casar con un lelo  en un matrimonio que en el plano sentimental dura menos que cero. Los polvos que tiene con su hombre, escribe Lola Beccaria, “los hubiéramos podido enseñar a nuestras amistades como quien enseña una parte de su casa”.

   La nombran ministra de Interior y se alivia con el ministro de Exteriores y vive duras orgías con sus escoltas. Un personaje femenino que pone a prueba nuestro sentido de la moral, sea cual fuere el que tengamos.

   Sin embargo, reducir la novela a esto, no ir más allá de este erotismo explícito y cercano a la pornografía, no dejaría de ser una lectura muy superficial de la novela de L. Beccaria. La misma autora rechaza el calificativo erótico  para su novela y la define como un texto que habla sobre todo de sentimientos. En mi opinión, un juicio acertado porque el libro es ante todo una constatación, realizada de forma confesional, del lugar que el amor tiene en la vida. Cuando éste nos deja desamparados ya de niños, encontraremos en el sexo una efectiva válvula de escape.

   Es por todo ello que la protagonista, que en su niñez nunca supo lo que era un cariño táctil de su padre, persigue en una sexualidad  socialmente promiscua y compulsiva la recuperación del amante perfecto, del amor soñado. Streptess sexual desde luego, pero sobre todo, streptess emocional en el cuerpo y en la mente de  esta mujer, la protagonista de la historia, ministra de Interior que, horas antes de que los buitres de la prensa amarilla diseccionen su vida sexual, decide desnudarse por completo ella misma e inicia el relato de su existencia erótico-sentimental, bajo la presión de las necesidades afectivas.

   El sexo es sin duda una gran bendición del ser humano, mas cuando lo practica sin amor, con el hambre de una huérfana, la protagonista se siente completamente vacía, porque desvirgar el himen es distinto que desvirgar el amor. El sexo es pues el precio, el substituto del afecto, como puede ser el alcohol o una ludopatía. La crudeza de las palabras de la protagonista en la Introducción de la novela -alter ego en este caso de la autora- reflejan con sagacidad los objetivos de esta pieza narrativa de aprendizaje: “No estamos mal follados solo de cintura para abajo, estamos mal follados de cuerpo entero, porque el deseo humano no es solo sexual, y el deseo no sexual que no se satisface puede producir la misma cara agria que la falta de un buen polvo” (páginas 11-12)


Francisco Martínez Bouzas





Lola Beccaria

Fragmentos


“Esta noche me siento excitada. No en el sentido que se da a la palabra excitación normalmente. No. No estoy excitada desde el punto de vista sexual. En realidad siento una energía que si no saco fuera se me va a pudrir por dentro. ¿Cuántas veces me he sentido así y no he sabido qué hacer con los que se me cocía en el interior, volviéndome entonces, según las circunstancias, un perro rabioso o una frígida cariátide. Es curioso el tópico de que cuando una mujer reacciona desabridamente o de manera seca ante los demás eso significa que «está mal follada». Aunque es un comentario por lo común masculino, yo solía identificarme con esa opinión. Me parecía fundamental estar bien follada, y no me paraba a indagar acerca de otros motivos que pudiesen generar tanta acritud o malhumor como la falta de una vida sexual en condiciones. Ya no pienso así. Hay muchos tipos de energía, y por cada una de ellas, un tipo de frustración diferente, en el caso de que no la saquemos fuera, de que no la empleemos en aquello para lo que ha surgido dentro de nosotros.”


…..


“Sin embargo, cuando estaba a punto de correrme él paró en seco, dejándome al borde del orgasmo. No me lo podía creer. Era una pesadilla inexplicable (…) Aproximé mi mano al coño para terminar de una vez por todas con aquel sufrimiento. Hernán me la arrancó de allí de cuajo, impidiéndome la culminación de una corrida que ya no podía esperar más. Me ordenó que esperara y entonces se bajó la bragueta y sacó un bicho enorme, bellísimo, rumboso, tieso y elegante, ancho y largo. Quedé fascinada por la visión y se me olvidó de un plumazo la meta que hasta el momento había perseguido con tanto ahínco. Él se acarició el miembro mientras yo lo observaba fijamente. Se recreaba en su meneo delante de mí. Adoro que los hombres se la meneen. Lo siento como una llamada, un homenaje, el cortejo de la hembra, una exhibición de hombría solo para mis ojos. Y Hernán se meneaba ese pedazo de belleza con el taimado gesto de un artista, como si me toreara mostrándome el capote a golpes de cadera, incitándome al ataque, provocándome y al mismo tiempo avisándome del calibre de su arma (…)

Y entonces me acerqué y cogí aquel rabo con mi mano, como quien acaricia a un doberman que ha bajado la guardia por un momento. Comencé a juguetear, a sentir su tacto terso y mullido y suave, su carne firme y delicada, su reventota lujuria. Me gusta esa sensación de poder: el doberman se deja acariciar por mí, agacha la cerviz y se me da confiado. Le doy placer a la fiera y se convierte en una mascota tierna, entregada, agradecida y ronroneante. Come en la palma de mi mano mientras yo la masturbo amorosamente. Y en ese instante vuelvo apercibir que no hay mejor camino hacia el sentimiento que encamino sin mentiras del sexo, el instinto alegre y desinteresado de la cercanía erótica. Aunque no dure, no permanezca, aunque sea cronometrado.”


(Lola Beccaria, Una mujer desnuda, páginas 19, 136-137)

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